Salí cinco días después.
Elliot estaba esperándome frente a la comisaría.
Llevaba la misma expresión tranquila de siempre.
—Sube al auto.
Pasé de largo.
—Tengo que ver a mi padre.
—Ya te dije que contraté una enfermera.
Me detuve.
—Y yo te dije que quiero el divorcio.
Esta vez Elliot frunció el ceño.
—¿Todavía estás con eso?
Lo miré.
Cinco días detenida por una mentira suya.
Y para él nuestro divorcio seguía siendo un berrinche.
—Sí.
Saqué los documentos que mi abogado había preparado.
—Firma.
Elliot no los tomó.
—Camila tenía una competición importante. Una detención habría destruido su carrera.
—Así que decidiste que cinco días de mi vida valían menos.
—No exageres.
Sonreí.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Cada vez haces más fácil dejarte.
Me marché.
Cuando llegué al hospital, encontré a mi padre despierto.
Y junto a su cama estaba mi madre.
Me abrazó llorando.
—Encontramos algo.
Sacó su teléfono.
Era un video.
—¿De dónde salió?
—De la farmacia frente a la tienda.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
Yo no tenía cámaras.
Pero la calle sí.
En la grabación se veía claramente a Camila acercándose a mi tienda.
También se veía algo más.
Antes de entrar, abrió el vaso que llevaba en la mano.
Metió algo dentro.
Luego entró.
Minutos después salió furiosa.
Yo aparecí detrás.
Camila me empujó primero.
La imagen era perfecta.
Pero entonces vi la esquina inferior del video.
Un automóvil negro estaba estacionado al otro lado de la calle.
El de Elliot.
Me quedé helada.
—Mamá…
Amplié la imagen.
Elliot estaba allí.
Había visto todo.
No había llegado después.
No había confundido lo ocurrido.
Había visto a Camila preparar la trampa.
Y aun así mintió.
Mi abogado entregó el video a las autoridades.
Esta vez me llamaron para ampliar mi declaración.
También llamaron a Elliot.
Cuando salió, me encontró esperando en el pasillo.
Por primera vez parecía nervioso.
—¿De dónde sacaste ese video?
No respondí a la pregunta.
—Lo viste.
Elliot guardó silencio.
—Viste lo que hizo Camila.
—Escúchame…
—Y después mentiste.
—Ella estaba bajo mucha presión.
Lo miré incrédula.
Incluso entonces seguía justificándola.
—¿Por qué?
Elliot apretó la mandíbula.
—Porque si Camila quedaba detenida, perdía la clasificación para el torneo nacional.
—¿Y yo?
No contestó.
—Mi padre estaba hospitalizado. Mi negocio acababa de abrir. Tú sabías que yo decía la verdad.
Mi voz se quebró apenas.
—¿Qué podía perder yo que te importara?
Elliot abrió la boca.
Pero no salió ninguna palabra.
Entonces comprendió.
La respuesta era demasiado cruel para pronunciarla.
Para él, Camila tenía un futuro que proteger.
Yo solo era su esposa.
La mujer que siempre estaría allí.
—Firma el divorcio —dije.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—Fue una decisión equivocada.
Negué con la cabeza.
—Fue una decisión muy clara.
Lo miré por última vez.
—Solo elegiste a la persona equivocada.
El video destruyó la versión de Camila.
La asociación abrió una investigación interna cuando se conocieron las acusaciones relacionadas con su conducta.
Pero la caída más dolorosa fue la de Elliot.
Su prestigio se había construido sobre disciplina, integridad y respeto por las reglas.
Ahora debía explicar por qué había dado una versión falsa para favorecer a su alumna estrella.
Camila lo llamó desesperada.
Yo estaba presente cuando ocurrió.
—Profesor, tiene que ayudarme.
Elliot cerró los ojos.
—Ya te ayudé demasiado.
—¡Usted dijo que siempre me protegería!
Aquella frase cayó entre nosotros.
Lo miré.
Camila también comprendió lo que acababa de revelar.
Elliot colgó.
—No significa lo que piensas.
Solté una risa cansada.
—Ya no me interesa lo que significa.
Le puse un bolígrafo delante.
—Firma.
Esta vez lo hizo.
Tres meses después, mi padre salió del hospital.
También instalé cuatro cámaras nuevas en Soya Chen.
La tienda empezó a recuperarse.
Una mañana apareció Elliot.
Se sentó en la mesa junto a la ventana.
—Una leche de soya —pidió.
Preparé el vaso y lo dejé frente a él.
—Son cuatro dólares.
Me miró sorprendido.
Durante diez años nunca le había cobrado nada.
Pagó.
Pero no se marchó.
—Camila dejó el equipo.
—Entiendo.
—Yo también renuncié temporalmente a la presidencia.
—Entiendo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
Lo miré.

—¿Qué quieres escuchar?
Sus dedos rodearon el vaso.
—Que todavía existe alguna posibilidad.
Durante unos segundos recordé al hombre del que me había enamorado.
El joven que me enseñó las reglas del go.
El hombre con quien imaginé envejecer.
Después recordé aquel banco metálico de la comisaría.
Y su voz diciendo una mentira que sabía que podía encerrarme.
—En el go —dije—, siempre me decías que algunas piedras deben abandonarse para salvar la partida.
Elliot levantó lentamente los ojos.
—Sí.
Sonreí.
—Por fin aprendí.
Tomé el vaso vacío de la mesa.
—Solo que la piedra que debía dejar atrás eras tú.
Su rostro se quedó inmóvil.
Yo regresé detrás del mostrador.
No miré cuando salió.
Porque cinco días encerrada me habían costado demasiado.
Pero también me habían enseñado algo que diez años de matrimonio no pudieron enseñarme:
El amor puede sobrevivir a muchas cosas.
A la distancia.
A las discusiones.
Incluso al desencanto.
Pero cuando la persona que prometió protegerte conoce la verdad y decide convertirte en culpable para salvar a otra…
ya no queda matrimonio que defender.