PARTE 2: La Caja Prohibida

Me incorporé despacio.

No quería asustarlo.

Ethan seguía abrazando la almohada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Tenía los ojos llenos de miedo.

No de rabia.

De miedo.

Le hice un gesto hacia la cama.

—Ven.

Subió con movimientos inseguros y se quedó sentado sobre el borde del colchón, sin acercarse demasiado.

Richard seguía profundamente dormido.

El niño miró a su padre durante unos segundos.

Luego volvió la vista hacia mí.

—¿Tú también te vas a ir?

Sentí un nudo en la garganta.

—No pienso hacerlo.

Él bajó la cabeza.

—Ella también dijo eso.

No pregunté quién.

Ya conocía la respuesta.

Su madre.

La mujer que desapareció cuando él tenía apenas cinco años.

Richard siempre decía que simplemente había decidido empezar una nueva vida en California.

Nunca hablaba de ella.

Y Ethan tampoco.

Hasta esa noche.

—¿Quieres contarme qué pasó?

El niño permaneció callado durante casi un minuto.

Finalmente habló.

—Un día hizo las maletas.

Me dijo que volvería después del fin de semana.

Esperé en la ventana.

El domingo.

El lunes.

El martes.

Después dejé de esperar.

Cada palabra era un cuchillo.

Comprendí entonces por qué aquella maleta nunca significó una despedida.

Era una pregunta.

“¿Tú también vas a dejarme?”

Le acaricié suavemente el cabello.

—Lo siento mucho.

Él negó con la cabeza.

—Papá dice que no fue culpa mía.

Pero creo que sí.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque siempre me portaba mal.

Siempre gritaba.

Siempre rompía cosas.

Si hubiera sido un niño mejor…

Su voz se quebró.

—…ella se habría quedado.

Lo abracé sin decir una sola palabra.

Ningún niño debería cargar con una culpa que pertenecía a un adulto.

Después de unos minutos se quedó dormido entre nosotros.

A la mañana siguiente, desapareció antes del desayuno.

Richard recorrió toda la casa.

—¿Ethan?

No respondió.

Salimos al jardín.

Tampoco estaba.

Mi corazón empezó a acelerarse.

La imagen de Noah apareció en mi mente como un relámpago.

No.

Otra vez no.

Richard tomó las llaves del coche.

—Voy a buscarlo.

Entonces lo vi.

El cobertizo del fondo estaba entreabierto.

Me acerqué despacio.

Dentro, Ethan permanecía sentado sobre una vieja caja de herramientas.

Tenía una fotografía en las manos.

Al verme, intentó esconderla.

—¿Puedo verla?

Negó rápidamente.

Pero la fotografía cayó al suelo.

La recogí.

Era una imagen antigua.

Richard.

Una mujer rubia.

Y un Ethan mucho más pequeño.

Los tres sonreían frente a un lago.

En la esquina inferior había una fecha.

Cinco años atrás.

Pero lo que realmente llamó mi atención fue una frase escrita detrás con tinta azul.

“Siempre seremos una familia.”

Ethan rompió a llorar.

—La encontré en la caja de papá.

Dice que mamá nos quería.

Entonces…

¿por qué nunca volvió?

No tuve respuesta.

Aquella noche esperé a que Ethan se durmiera.

Después bajé al despacho.

Richard estaba revisando unos documentos.

Coloqué la fotografía sobre el escritorio.

—Necesitamos hablar de su madre.

Él levantó la vista.

Su rostro perdió inmediatamente el color.

—¿Dónde encontraste eso?

—En el cobertizo.

Richard cerró lentamente la carpeta que tenía delante.

Permaneció en silencio durante varios segundos.

Finalmente abrió un cajón con una llave.

Sacó una caja metálica negra.

Nunca antes la había visto.

La colocó sobre el escritorio sin abrirla.

—Hay una razón por la que Ethan cree que su madre lo abandonó.

Lo miré fijamente.

—¿Y cuál es?

Richard cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, tenía lágrimas contenidas.

—Porque hace cinco años… alguien hizo todo lo posible para que mi propio hijo jamás descubriera que su madre llevaba años intentando regresar a buscarlo.

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