PARTE 2: La Bodega 108

Mateo volvió a leer la carta.

Tres veces.

Cada palabra parecía más imposible que la anterior.

“Bruno sabe que eres inocente…”

“Él puso tu firma…”

Levantó lentamente la vista hacia don Eusebio.

—¿Mi padre estuvo aquí hace ocho meses?

El anciano asintió.

—Caminaba despacio, pero estaba perfectamente consciente.

Me pidió que no dijera nada hasta que usted apareciera.

Mateo sintió que el mundo entero se desmoronaba.

—Entonces…

¿No está muerto?

Don Eusebio guardó silencio unos segundos.

—No me dijo dónde viviría después.

Solo repitió muchas veces que ya no podía confiar en la gente de su propia casa.

Miró la llave de latón que todavía descansaba en la palma de Mateo.

—También insistió en que usted abriera primero la Bodega 108.

No la policía.

No un abogado.

Solo usted.

Quince minutos después llegaron al viejo edificio de bodegas que pertenecía al cementerio.

El encargado revisó la placa.

—La ciento ocho…

Hace meses que nadie entra.

Introdujo la llave.

La cerradura giró lentamente.

Cuando la puerta metálica se abrió, un olor a papel viejo y humedad escapó hacia el pasillo.

La luz reveló decenas de cajas perfectamente etiquetadas.

“Estados financieros.”

“Contratos originales.”

“Grabaciones.”

“Correspondencia privada.”

Y en el centro de todo…

Una caja de madera con el nombre de Mateo.

La abrió con manos temblorosas.

Dentro había fotografías.

Memorias USB.

Un teléfono antiguo.

Y otra carta.

Esta vez mucho más larga.

“Hijo…”

“Si llegaste hasta aquí significa que no pudieron destruirte.”

“Nunca estuve enfermo.”

“Hace un año descubrí que Verónica y Bruno llevaban meses vaciando la empresa.”

“Cuando intenté denunciarlos, comenzaron a decir que estaba perdiendo la memoria.”

Mateo dejó de respirar.

Continuó leyendo.

“Después comprendí algo peor.”

“Ellos también fueron quienes fabricaron las pruebas que te enviaron a prisión.”

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

Toda su condena.

Toda su vida destruida.

Había sido parte del mismo plan.

La carta continuaba.

“No podía enfrentarlos directamente.”

“Controlaban abogados, contadores y varios empleados de confianza.”

“Por eso fingí aceptar todo.”

“Vendí en secreto mis acciones a un viejo amigo y desaparecí antes de que pudieran declararme incapaz.”

Mateo levantó la vista.

—¿Desapareció voluntariamente?

Don Eusebio asintió lentamente.

—Eso parece.

Entonces sonó el viejo teléfono que había dentro de la caja.

Mateo dio un salto.

La pantalla se iluminó.

Solo aparecía un mensaje nuevo.

No tenía número.

No tenía nombre.

Solo una frase.

“No abras todavía la memoria USB.”

“Primero sal del edificio.”

Él y don Eusebio se miraron confundidos.

Salieron inmediatamente.

Apenas cruzaron la puerta metálica, una camioneta negra pasó lentamente frente a ellos.

No llevaba placas.

Las ventanas estaban completamente polarizadas.

No se detuvo.

Solo redujo la velocidad unos segundos.

Como si confirmara que Mateo había encontrado la bodega.

El teléfono vibró otra vez.

Un segundo mensaje apareció en pantalla.

“Te están siguiendo desde que saliste de la casa.”

“Y si Verónica descubre que ya tienes esas pruebas…”

*”Esta vez no intentarán enviarte a prisión.”

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