PARTE 2: LA BODA QUE NUNCA EXISTIÓ

Adrian no retiró el vestido.

—¿Por qué no vas?

—Porque tengo cosas más importantes que hacer.

Su expresión se endureció.

—¿Más importantes que acompañar a tu prometido?

—Sí.

Tomé uno de mis libros.

—Mi futuro.

Por primera vez, Adrian no tuvo respuesta.

Esa noche fui a la biblioteca.

Él fue a la gala con Valeria.

A la mañana siguiente, las fotografías ya estaban por todas partes.

Valeria con un vestido rojo.

Adrian colocando su chaqueta sobre sus hombros.

Valeria sosteniendo su brazo.

Debajo de una fotografía alguien había escrito:

“Si estos dos no terminan juntos, dejaré de creer en el amor.”

En mi vida anterior, aquella frase me hizo llorar.

Esta vez simplemente cerré la página.

Tenía un examen que preparar.

Durante los siguientes meses, mi mundo se volvió pequeño.

Biblioteca.

Clases.

Apuntes.

Simulacros.

Mientras Valeria avanzaba dentro de la unidad y Adrian acumulaba reconocimientos, yo reconstruía silenciosamente la vida que había abandonado por ellos.

Pero Adrian comenzó a aparecer cada vez más.

—¿Por qué no contestaste?

—Estaba estudiando.

—¿Por qué ya no vienes a cenar?

—Estaba estudiando.

—¿Por qué cancelaste la prueba del vestido de novia?

Levanté la vista.

—Porque no habrá boda.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Qué?

Saqué de un cajón el anillo de compromiso.

Lo puse delante de él.

—No quiero casarme contigo.

Su rostro cambió completamente.

—¿Es por Valeria?

Casi resultaba irónico.

Cuando yo estaba celosa, decía que imaginaba cosas.

Ahora que ya no me importaba, él mismo pronunciaba su nombre.

—No.

—Entonces dame una razón.

—Ya no te quiero.

Adrian soltó una risa incrédula.

—Hace unos meses estabas desesperada por casarte conmigo.

—La gente cambia.

Tomó el anillo.

—No acepto.

—No necesitas aceptar.

Lo dejé solo.


Dos meses después recibí los resultados.

Había aprobado.

No con una nota mediocre.

Quedé entre las mejores aspirantes.

Cuando vi mi nombre en la lista, permanecí frente a la pantalla varios segundos.

En mi vida anterior jamás había llegado hasta allí.

Había cambiado libros por delantales.

Exámenes por cenas para Adrian.

Mis planes por los suyos.

Esta vez, mi nombre estaba allí porque me pertenecía.

Mi madre lloró.

Mi padre compró una botella para celebrarlo.

Y Adrian apareció esa misma noche.

Pero no venía solo.

Valeria estaba detrás.

—Felicidades —dijo ella.

Sonreía.

Pero sus dedos estaban cerrados con demasiada fuerza.

Adrian dejó una caja sobre la mesa.

—Te traje un regalo.

No la abrí.

Valeria observó el sobre de admisión.

—¿De verdad vas a continuar?

—Sí.

—Entonces quizá tengas que marcharte de la ciudad.

—Probablemente.

Adrian me miró.

—¿Y nuestra boda?

—No existe ninguna boda.

Valeria bajó inmediatamente la cabeza.

—Iris, si estás haciendo esto porque crees que Adrian y yo…

—No.

La interrumpí.

—Precisamente ya no me importa lo que hagan ustedes dos.

Eso pareció herir a Adrian mucho más que cualquier acusación.


Las semanas siguientes fueron extrañas.

Adrian empezó a mantener distancia con Valeria delante de mí.

Si ella le pedía que la llevara, se negaba.

Si intentaba tomarlo del brazo, retrocedía.

Si alguien bromeaba diciendo que parecían pareja, él corregía inmediatamente:

—Iris es mi prometida.

Demasiado tarde.

Yo conocía el final de aquella historia.

Y no pensaba vivirlo dos veces.

Entonces ocurrió algo que no había sucedido en mi vida anterior.

Valeria vino a verme sola.

—¿De verdad vas a dejarlo?

—Sí.

—¿Aunque él te busque?

—Sí.

Su expresión cambió.

Por primera vez desapareció aquella máscara de amiga preocupada.

—Entonces nunca lo quisiste realmente.

La miré.

—¿Y tú?

Valeria palideció.

—¿Qué quieres decir?

Me acerqué.

—Si tanto te preocupa mi relación con Adrian, puedes quedártelo.

Sus ojos se abrieron.

No esperaba escuchar eso.

—Yo jamás…

—No tienes que explicarme nada.

Abrí la puerta.

—Solo recuerda algo: si algún día consigues exactamente lo que quieres, quizá descubras que no valía tanto como pensabas.

Valeria salió sin despedirse.


El día que debía haber sido nuestra boda llegó seis meses después.

Yo estaba en otra ciudad.

Sentada en un aula.

Presentando la última fase de selección para una plaza pública.

Mi teléfono permaneció apagado durante horas.

Cuando finalmente salí, tenía treinta y siete llamadas perdidas.

Veintinueve eran de Adrian.

Una de Valeria.

El resto, de conocidos.

No devolví ninguna.

Horas después llegó un mensaje suyo.

“Estoy en el registro civil.”

Después otro.

“Todavía puedo esperar.”

Y finalmente:

“Iris, dime qué tengo que hacer para que vuelvas.”

Miré aquellas palabras durante mucho tiempo.

En mi vida anterior yo había esperado a Adrian.

Esperé que me defendiera.

Que me eligiera.

Que pusiera límites a Valeria.

Que entendiera cuánto había sacrificado.

Esperé hasta descubrirlos juntos.

Esta vez era él quien esperaba.

Apagué nuevamente el teléfono.

Tres semanas después recibí la noticia.

Había conseguido la plaza.

Lloré.

Pero aquellas lágrimas no tenían nada que ver con Adrian.

Eran por la mujer que había sido.

Por la joven que una vez creyó que su mayor logro sería convertirse en la señora Cole.

Y por la mujer que ahora tenía su propio nombre escrito en un nombramiento oficial.

Adrian volvió a buscarme meses después.

Parecía cansado.

—Valeria y yo nunca tuvimos nada —dijo.

Lo miré tranquilamente.

Quizá en esta vida todavía fuera cierto.

Pero yo había vivido otra.

Había visto hasta dónde podían llegar ambos cuando yo seguía apartándome para dejarles espacio.

—Entonces mejor —respondí—. No tendrás que perder otra relación por ella.

—¿De verdad no podemos empezar otra vez?

Negué.

—Tú quieres empezar otra vez, Adrian.

Sonreí.

—Yo ya lo hice.

Pasé junto a él sin mirar atrás.

En mi primera vida morí camino a terminar un matrimonio.

En la segunda comprendí que había una forma mucho mejor de salvarme:

no casarme con él jamás.

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