PARTE 2: LA BENEFICIARIA NO ERA EL MAYOR PROBLEMA

Mariana volvió a guardar la póliza exactamente donde la había encontrado.

Usó guantes.

Tomó fotografías del sobre, de la posición de los documentos y hasta del cajón antes de cerrarlo.

No quería que nadie pudiera decir después que había manipulado una sola hoja.

Cinco minutos más tarde, Renata llegó a la casa.

Las dos hermanas se encerraron en el despacho.

—¿Trajiste las fotos? —preguntó la abogada.

Mariana deslizó el teléfono sobre la mesa.

Renata revisó una por una.

Su expresión cambió al llegar a la última página.

—Aquí está.

—¿Qué viste?

Renata amplió una cláusula casi ilegible.

—Esto.

Mariana leyó en silencio.

“Cobertura adicional por fallecimiento accidental durante actividades profesionales certificadas.”

No entendió.

—¿Y?

Renata levantó la vista.

—No me preocupa que Valeria sea la beneficiaria.

Me preocupa la fecha.

Mariana volvió a mirar el documento.

La póliza había sido modificada apenas diecisiete días antes.

—¿Eso es raro?

—Mucho.

Normalmente una persona cambia de beneficiario después de un divorcio o de un matrimonio.

No antes.

Y mucho menos poniendo como beneficiaria a una “amiga”.

Aquella misma tarde, Alejandro llegó vestido de civil.

No traía escolta.

Solo una carpeta.

—La inspección terminó hace una hora.

Mariana respiró hondo.

—¿Encontraron algo?

Su hermano dejó la carpeta sobre la mesa.

—Sí.

Abrió la primera hoja.

Registro de ingresos.

Valeria Robles había entrado a la base militar dieciocho veces en los últimos dos meses.

Mariana frunció el ceño.

—Diego dijo que solo era un proyecto.

Alejandro pasó otra página.

—Entonces alguien mintió.

Porque el proyecto terminó hace seis semanas.

El silencio se hizo pesado.

—Hay algo más.

Alejandro parecía incómodo.

—La mayoría de esas visitas ocurrieron fuera del horario oficial.

Mariana sintió un vacío en el estómago.

Pero no dijo nada.

Ya no quería sacar conclusiones apresuradas.

Necesitaba pruebas.

No sospechas.

Esa noche sonó el timbre.

Era Beatriz.

Su suegra entró sin pedir permiso.

—¿Ya terminaste tu berrinche?

Mariana permaneció de pie.

—¿Qué necesita?

—Que le digas a tu hermano que libere los pagos.

Hay cientos de empleados esperando.

—Habla con Diego.

—¡Diego no puede resolver esto!

La respuesta salió demasiado rápido.

Demasiado desesperada.

Mariana la observó con atención.

—¿Por qué no?

Beatriz tardó unos segundos en responder.

—Porque… porque esas decisiones siempre las veía tu familia.

Aquella frase confirmó algo que Mariana ya intuía.

Los Aranda dependían mucho más de los Santillán de lo que habían admitido durante años.

—Mira, hija…

La mujer intentó suavizar la voz.

—Los hombres cometen errores.

No vas a destruir dos familias por una amistad mal entendida.

Mariana sonrió con tristeza.

—No fui yo quien puso a otra mujer como beneficiaria de treinta y ocho millones de pesos.

Beatriz palideció.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

—¿Cómo sabes eso?

Mariana no respondió.

La suegra comprendió enseguida que había hablado de más.

Después de que Beatriz se marchó, Renata volvió a llamar.

—Acabo de hablar con una amiga que trabaja en una aseguradora.

—¿Y?

—La póliza fue emitida por una cantidad inusualmente alta.

—Treinta y ocho millones.

—No.

No hablo del monto.

Hablo de la rapidez.

Todo el trámite se aprobó en menos de cuarenta y ocho horas.

Mariana guardó silencio.

—Eso casi nunca ocurre.

Salvo que exista una solicitud especial.

O alguien con mucho interés en que la cobertura entre en vigor cuanto antes.

Al día siguiente, Nicolás pidió una auditoría inmediata sobre todos los contratos entre Grupo Santillán y la empresa Aranda.

Los primeros resultados llegaron antes del mediodía.

Doce contratos.

Todo parecía normal.

Hasta que el auditor llamó personalmente.

—Señor Santillán…

—Dime.

—Encontramos algo extraño.

—¿Qué cosa?

—Hay cuatro facturas por maquinaria pesada que nunca existió.

Nicolás frunció el ceño.

—¿Cuánto dinero?

El hombre respiró profundamente antes de responder.

—Doscientos ochenta y seis millones de pesos.

Cuando Mariana recibió la noticia sintió un escalofrío.

La póliza.

Las visitas constantes de Valeria.

La desesperación de Beatriz.

Las facturas falsas.

Todo empezaba a formar parte del mismo rompecabezas.

Pero todavía faltaba la pieza principal.

Esa misma tarde, Alejandro volvió a llamarla.

Su voz sonaba mucho más seria que de costumbre.

—Necesito que vengas a mi oficina.

—¿Pasó algo?

—Sí.

Y quiero que lo veas tú misma.

Una hora después, Mariana entró en el despacho de su hermano.

Sobre el escritorio había varias fotografías aéreas.

Todas mostraban una misma nave industrial dentro de un complejo militar.

Alejandro señaló una de ellas.

—Esa bodega debía estar vacía desde hace tres meses.

Mariana observó la imagen.

Había varios camiones entrando durante la madrugada.

—¿Qué transportan?

Su hermano negó lentamente con la cabeza.

—Eso es precisamente lo que nadie puede explicar.

Después deslizó una última fotografía.

En ella aparecían claramente dos personas descendiendo del mismo vehículo.

Diego.

Y Valeria.

Pero no era eso lo que hizo que Mariana dejara de respirar.

Entre ambos cargaban un maletín metálico con un sello rojo de material restringido.

Y, al fondo de la imagen, casi oculto entre las sombras, aparecía un tercer hombre.

Alejandro apoyó lentamente un dedo sobre aquella figura y dijo en voz baja:

—Ese hombre… no debería estar vivo desde hace dos años.

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