PARTE 2: LA AUDITORÍA

El salón quedó en silencio.

Sebastián fijó la vista en la portada del informe.

—Eso es imposible.

El abogado pasó la primera página.

—Durante los últimos tres años se desviaron ciento ochenta y siete millones de yuanes mediante empresas pantalla y contratos ficticios.

Camila dio un paso atrás.

—Sebastián… ¿qué significa eso?

Él negó con la cabeza.

—No la escuches, Elena. Es una auditoría manipulada.

Sonreí por primera vez en semanas.

—No la encargué yo.

Señalé el sello oficial.

—La solicitó el principal accionista de la empresa hace seis meses.

El rostro de Sebastián perdió el color.

—No puede ser…

El tío Robert cerró el maletín.

—Sí puede. Y ese accionista era tu suegra.

Todos quedaron inmóviles.

—¿Mi madre? —susurró Sebastián.

—Cuando enfermó, revisó las cuentas y descubrió movimientos que no podía justificar. Antes de fallecer, dejó instrucciones para que la auditoría solo se entregara a Elena.

Camila comenzó a temblar.

—Yo solo firmé algunos documentos…

El abogado abrió otra carpeta.

—Exactamente treinta y ocho.

Sacó varias transferencias bancarias.

—Cada una autorizada por usted.

Camila rompió a llorar.

—Sebastián me dijo que eran pagos legales.

Él la miró con desesperación.

—¡Cállate!

—¿Por qué? —gritó ella—. ¡Me prometiste que todo estaba limpio!

Los guardias intercambiaron una mirada.

En ese instante sonó el teléfono del abogado.

Escuchó unos segundos y colgó.

—La junta directiva acaba de votar.

Miró a Sebastián.

—Ha sido destituido como director ejecutivo con efecto inmediato.

Sebastián dejó caer las llaves del coche.

—No pueden hacer eso.

—Ya lo hicieron.

El administrador del edificio entregó un sobre.

—Y este es el cambio oficial de acceso. Desde este momento, todas las tarjetas de entrada a la empresa y a este edificio quedan anuladas.

Sebastián intentó sacar su tarjeta del bolsillo.

El administrador la tomó y la partió por la mitad.

Camila sintió un mareo y tuvo que sentarse.

—¿Qué vamos a hacer?

Nadie respondió.

Entonces sonó el timbre otra vez.

Dos agentes de la policía económica mostraron sus credenciales.

—Señor Sebastián Torres, señora Camila Fuentes, deben acompañarnos para prestar declaración sobre presuntos delitos financieros.

Sebastián dio un paso hacia mí.

—Elena… podemos hablar.

Negué con calma.

—Durante ocho años hablé yo sola.

Los agentes le colocaron una mano en el hombro.

—Es hora de irnos.

Antes de cruzar la puerta, Sebastián volvió la cabeza.

—¿Nunca me quisiste?

Respiré hondo.

—Te quise cuando no tenías nada.

Hice una pausa.

—Fuiste tú quien dejó de querer a la persona que estuvo contigo desde el principio.

Bajó la mirada.

No volvió a decir una palabra.

La puerta se cerró.

El apartamento quedó en silencio por primera vez en mucho tiempo.

Me acerqué a la ventana.

Vi cómo el coche policial se alejaba lentamente.

El tío Robert colocó una pequeña caja sobre la mesa.

—Tu madre también pidió que te entregara esto.

La abrí con cuidado.

Dentro estaba el anillo de bodas de mis padres y una carta escrita con su puño y letra.

“Hija, una casa puede perderse y volver a comprarse. El dinero puede desaparecer y recuperarse. Pero la dignidad solo se conserva cuando tienes el valor de marcharte de quien deja de respetarte. Si algún día lees esta carta, significa que elegiste por fin tu propia felicidad. Estoy orgullosa de ti.”

Las lágrimas rodaron por mis mejillas.

No eran lágrimas de derrota.

Eran las de una mujer que comprendía que no había perdido un matrimonio.

Había recuperado su libertad.

Cerré la puerta del apartamento, respiré profundamente y sonreí.

Por primera vez en ocho años, aquella casa volvía a sentirse verdaderamente como mi hogar.

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