PARTE 2: LA APUESTA QUE PERDIERON

Miré la mano de Marcus dentro de su chaqueta y sentí que algo estaba a punto de salir terriblemente mal.

Me puse delante de él.

—Marcus, no hagas ninguna tontería.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Dónde está Vanessa?

—Te lo mostraré. Pero primero dame lo que llevas en el bolsillo.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Finalmente sacó la mano y se apartó de la entrada.

—Solo quiero saber la verdad.

—Entonces ven conmigo.

Abrí la puerta de la sala.

Las risas murieron inmediatamente.

Vanessa seguía junto a Ethan.

Cuando vio a su esposo, se puso de pie de golpe.

—Marcus…

Él no gritó.

—¿Cuánto tiempo?

Vanessa miró a Ethan buscando ayuda.

Ese gesto respondió por ella.

Ethan se levantó.

—Esto no tiene nada que ver contigo, Hale.

Marcus soltó una risa amarga.

—Mi esposa está con la tuya y dices que no tiene nada que ver conmigo.

Nadie volvió a reír.

Entonces saqué mi teléfono.

—Hay algo que ustedes tampoco saben.

Miré a todos los presentes.

—Llevo varios minutos grabando desde el pasillo.

Los rostros cambiaron.

Uno de nuestros “amigos” dejó inmediatamente su copa.

Otro murmuró:

—Claire, esto era solo una broma.

—¿Una apuesta sobre mi matrimonio era una broma?

Silencio.

Ethan intentó recuperar su arrogancia.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Divorciarte de mí?

Lo miré.

—Sí.

Su sonrisa desapareció.

—No tienes ingresos suficientes para mantener tu estilo de vida.

Aquello provocó algunas miradas incómodas.

Yo casi sonreí.

Ethan todavía creía que dependía completamente de él.

Nunca se había interesado por las inversiones que heredé de mi madre.

Tampoco sabía que la casa donde vivíamos estaba protegida a mi nombre desde antes del matrimonio.

—Eso será problema mío —respondí.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

Vanessa palideció.

—Claire, espera. Podemos hablar.

La miré.

—Tú tuviste meses para hablar.

Después miré al resto.

—Y ustedes tuvieron meses para advertirme.

Nadie pudo sostenerme la mirada.

Marcus salió conmigo.

A la mañana siguiente, ambos contactamos abogados.

No hubo escándalos.

No hubo venganzas.

Solo documentos, pruebas y dos procesos de divorcio que Ethan y Vanessa jamás creyeron que nos atreveríamos a iniciar.

Tres días después, Ethan apareció frente a mi puerta.

—Claire, abre.

No lo hice.

—Vanessa no significa nada.

Respondí desde dentro:

—Eso no mejora las cosas, Ethan. Las empeora.

—¡Fueron meses de estupidez!

—Y siete años conmigo no fueron suficientes para detenerte.

Se quedó callado.

Entonces pronunció la frase que confirmó que todavía no entendía nada.

—¿Vas a tirar nuestro matrimonio por un error?

Abrí finalmente la puerta.

—No.

Lo miré directamente.

—Estoy terminando un matrimonio que tú convertiste en entretenimiento para tus amigos.

Cerré.

Semanas después supe que el famoso grupo también se había desmoronado.

Cuando la traición dejó de ser divertida y empezaron las consecuencias, todos comenzaron a culparse.

La apuesta que habían hecho aquella noche tenía una pregunta sencilla:

“¿Claire será capaz de abandonar a Ethan?”

La respuesta terminó costándole dinero a uno de ellos.

Había apostado que jamás tendría el valor.

Se equivocó.

Porque aquella noche sí fui cobarde durante unos minutos.

No abrí aquella puerta.

No los enfrenté.

Pero después comprendí algo:

El valor no siempre consiste en entrar gritando.

A veces consiste simplemente en salir…

y no regresar jamás.

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