Parte 2: La ambulancia que Adrian no quiso llamar

Abrí la puerta.

No por Adrian.

Por su madre.

La señora Walker tenía los labios pálidos y respiraba de manera extraña.

—Déjala en el sofá —dije.

Adrian entró inmediatamente.

—Sabía que no nos abandonarías.

Lo miré.

—No he dicho eso.

Saqué el teléfono.

—Voy a llamar a una ambulancia.

Clara reaccionó como si hubiera pronunciado una amenaza.

—¡No!

Me detuve.

—¿Qué?

Adrian intercambió una mirada con ella.

Fue rápida.

Demasiado rápida.

—No hace falta —dijo—. Tú sabes cuidarla.

Sentí frío.

—Tiene antecedentes de derrame cerebral y ahora apenas responde. Necesita un hospital.

—Natalie, conoces su situación mejor que cualquier médico.

—No soy médica.

—Pero durante tres años…

—Durante tres años seguí las instrucciones de sus médicos.

Marqué emergencias.

Adrian intentó quitarme el teléfono.

Retrocedí.

—No vuelvas a hacer eso.

Entonces Clara comenzó a llorar.

—Adrian, déjala llamar.

Él se giró.

—Cállate.

La expresión de Clara cambió.

Y comprendí que aquella noche escondía algo.


La ambulancia llegó minutos después.

Los paramédicos hicieron preguntas.

¿Cuándo comenzó la fiebre?

¿Qué medicamentos había tomado?

¿Había comido?

¿Había sufrido una caída?

Adrian no sabía responder.

Clara tampoco.

Finalmente uno de los paramédicos preguntó:

—¿Quién administra normalmente su medicación?

Los dos me miraron.

Solté una risa sin humor.

—Hasta ayer, una cuidadora profesional.

—Natalie —murmuró Adrian.

—¿Qué?

—No es necesario.

—Sí lo es.

Miré al paramédico.

—Mi exmarido despidió a la cuidadora temprano porque decidió que yo la reemplazaría sin preguntarme.

El hombre anotó algo.

Adrian apretó la mandíbula.


Fui al hospital.

Otra vez, no por ellos.

Por ella.

Durante diez años aquella mujer también había formado parte de mi vida.

Eso no desaparecía porque su hijo hubiera decidido reemplazarme.

Pero cuando el médico preguntó qué había ocurrido durante las últimas veinticuatro horas, sucedió algo inesperado.

—Encontramos una posible irregularidad con su medicación.

Adrian se puso rígido.

—¿Qué irregularidad?

—Necesitamos revisar exactamente qué tomó y a qué hora.

Yo conocía aquella caja de medicamentos de memoria.

—Está organizada por días —dije—. Mañana, tarde y noche.

Clara comenzó a retorcerse las manos.

—Yo… quizá me confundí.

La miré.

—¿Qué hiciste?

—Adrian me pidió que le diera las pastillas.

—¿Cuáles?

—No sé.

—¿No leíste las etiquetas?

Empezó a llorar.

Adrian inmediatamente se interpuso.

—Fue un accidente.

Ahí estaba otra vez.

Protegiéndola.

—¿Qué le diste?

Clara susurró:

—Todo lo que estaba en el compartimento.

Cerré los ojos.

—¿De qué día?

No respondió.

El médico intervino.

—Necesitamos la caja.


Adrian fue a buscarla.

Yo permanecí en el pasillo.

Clara se sentó a tres sillas de distancia.

Después de varios minutos habló.

—Él dijo que tú vendrías.

No respondí.

—Natalie, yo nunca quise hacerte daño.

La miré.

—Te casaste con mi exmarido. Eso no me importa.

Ella parpadeó.

—Pero ahora eres su esposa.

Me incliné ligeramente hacia ella.

—Eso significa que cuando su madre necesite ayuda, cuando Adrian desaparezca por trabajo, cuando haya que organizar médicos, medicinas, comida y cuidadores, ya no puede llamarme a mí.

Clara palideció.

—Yo no sé hacer esas cosas.

—Yo tampoco sabía.

Me levanté.

—Aprendí porque nadie más quiso hacerlo.


La señora Walker quedó hospitalizada.

Afortunadamente, estaba estable.

Cuando el médico confirmó que permanecería en observación, tomé mi bolso.

Adrian apareció.

—¿Adónde vas?

—A casa.

—¿Y mi mamá?

—Está en un hospital.

—Necesitará cosas.

—Entonces llévaselas.

Me miró como si hablara otro idioma.

—Natalie, mañana trabajo.

Señalé a Clara.

—Tu esposa está ahí.

Clara bajó la cabeza.

—Ella también trabaja.

Sonreí.

—Qué curioso.

Durante tres años yo también trabajé.

Nadie lo consideró un impedimento.


A la mañana siguiente recibí una llamada de un número desconocido.

Era la antigua cuidadora.

—Señora Natalie, necesito hablar con usted.

—¿Qué ocurrió?

—El señor Adrian no me dejó ir temprano ayer.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Me despidió.

Silencio.

—¿Por qué?

—Dijo que ya no podía pagarme.

Eso no tenía sentido.

Adrian ganaba mucho más que yo.

—¿Cuándo?

—Después de que pregunté por los tres meses que me debe.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Tres meses?

—Pensé que usted lo sabía.

No.

Yo no sabía nada.

Y ella todavía no había terminado.

—También me pidió que no le dijera que dejaron de pagar el seguro médico privado de la señora Walker.

Me quedé inmóvil.

—¿Cuándo dejaron de pagarlo?

—Hace cuatro meses.

Exactamente cuando Adrian empezó a preparar nuestra separación.


Llamé a mi abogado.

Le pedí revisar todos los documentos del divorcio.

Dos horas después me devolvió la llamada.

—Natalie, tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Los dos mil yuanes mensuales que Adrian acordó pagarte…

—¿Qué pasa con ellos?

—No salen de su salario.

Fruncí el ceño.

—Entonces ¿de dónde?

—De una cuenta que aparece en el convenio como fondo familiar.

—¿Y?

Mi abogado guardó silencio.

—La cuenta está a nombre de su madre.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

Adrian no me estaba pagando una compensación.

Estaba utilizando el dinero de su madre.

—¿Ella autorizó eso?

—Eso es precisamente lo que no puedo confirmar.

Había más.

Durante el último año, grandes cantidades habían salido de las cuentas de la señora Walker.

Pagos de tarjeta.

Un automóvil.

Un viaje.

Joyas.

Y un anticipo considerable para un apartamento nuevo.

Todos realizados después del derrame cerebral.

—¿Quién recibió el apartamento? —pregunté.

Mi abogado tardó unos segundos.

—Clara.

Me quedé mirando la pared.

Entonces entendí por qué Adrian no quería llevar a su madre al hospital.

No era solo por el error con las medicinas.

Un ingreso hospitalario significaba revisar expedientes.

Seguro.

Pagos.

Responsables legales.

Cuentas.

Y quizá capacidad para autorizar movimientos financieros.

Mi abogado habló otra vez.

—Natalie, hay algo más extraño.

—¿Qué?

—Tres semanas antes de tu divorcio, alguien presentó un poder firmado supuestamente por la señora Walker.

—¿A favor de Adrian?

—No.

Me puse de pie.

—¿Entonces de quién?

Escuché papeles al otro lado.

—De ti.

Dejé de respirar.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque yo nunca acepté ningún poder.

Silencio.

—Entonces tenemos un documento con tu firma que tú dices no haber firmado.

Miré mi mano.

La misma mano que durante tres años había dado medicinas, cambiado sábanas y firmado recibos de farmacia.

De pronto comprendí algo mucho peor.

Si alguien había falsificado mi aceptación…

yo no era simplemente la exesposa a la que Adrian esperaba seguir utilizando.

Podía ser la persona a la que planeaba culpar cuando su familia descubriera que el dinero de su madre había desaparecido.

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