PARTE 2: LA ACTRIZ CAMBIÓ EL GUION

Entré al hotel a las ocho y veinte.

Teresa estaba junto a una torre de champán. Rodrigo sostenía una cajita de terciopelo frente a Camila, cuyo vestido verde dejaba ver el vientre redondeado que ambos habían confundido con una promesa.

Mi aparición apagó varias conversaciones.

—¿Quién la dejó entrar? —preguntó Teresa.

Caminé hasta la mesa principal y deposité el sobre frente a Camila.

—El espectáculo terminó.

Ella me miró antes de abrirlo.

Dentro estaban su contrato, el comprobante del último pago y una fotografía tomada en el estudio donde habíamos ensayado su personaje.

Rodrigo alcanzó a leer el nombre.

Camila Robles.

El anillo cayó de sus dedos y golpeó una copa.

—¿Qué es esto?

Camila dejó los papeles sobre la mesa.

—Me llamo Camila. No soy hija de ningún empresario. No estoy embarazada.

Teresa se aferró al respaldo de una silla.

—No. Rodrigo vio los estudios.

—Eran utilería.

Hubo un murmullo que creció hasta llenar el salón.

Rodrigo se volvió hacia mí.

—¿Tú hiciste esto?

—Yo la contraté.

No sonreí al decirlo.

Había imaginado aquel momento con una satisfacción feroz. Ahora, rodeada de desconocidos mirando nuestros restos, solo sentía cansancio.

—Quería saber si elegirías nuestro matrimonio cuando apareciera algo que pareciera más conveniente.

Él abrió los brazos.

—¡Me tendiste una trampa!

—Sí —respondí—. Y tú decidiste divorciarte, humillarme y prometerle matrimonio a una mujer que apenas conocías.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Los ochocientos mil pesos! ¡Mi casa!

Camila dio un paso atrás.

—Yo no les pedí que organizaran este banquete.

—¡Nos hablaste de tu padre! —gritó Rodrigo.

—Interpreté a una mujer rica —admitió—. Pero nunca te pedí que echaras a Mariana. Eso lo decidiste tú.

Una invitada se levantó para marcharse.

Después otra.

La fiesta empezó a deshacerse sin que nadie necesitara ordenar que terminara.

Rodrigo me sujetó del brazo.

—Vamos a hablar afuera.

Me solté.

—Puedes hablar aquí. Fue aquí donde quisiste presentar tu nueva vida.

Se acercó a mi oído.

—Podemos arreglarlo. Me confundí.

Miré la cajita vacía sobre el mantel.

—Esta mañana me dijiste que tenías que pensar en tu futuro. Ahora tendrás que hacerlo.

Recogí mi bolso y caminé hacia la salida.

Camila me siguió.

La escuché llamarme en el vestíbulo.

—Mariana, falta algo.

Me detuve.

Traía otro sobre.

—¿Qué es?

—Lo que no estaba en nuestro contrato.

Sacó un cheque y una impresión de mensajes.

Rodrigo le había transferido doscientos cincuenta mil pesos para una supuesta inversión que, según él, impresionaría a su futuro suegro.

Camila nunca me lo había contado.

Sentí que el suelo se inclinaba.

—¿Aceptaste dinero suyo?

—Sí.

Mi primera reacción fue pensar que también ella me había traicionado.

Luego vi el cheque a su nombre y escuché lo que dijo:

—Lo voy a devolver. Todo. Pero necesitaba que supieras que, mientras te ofrecía cien mil pesos para irte, buscaba préstamos para dármelos a mí.

Me apoyé en una columna.

Había contratado una mentira para descubrir otra.

Y ninguna de las dos me dejaba limpia.

—Debiste avisarme.

—Sí —respondió—. Debí hacerlo.

Por primera vez aquella noche, alguien reconocía su responsabilidad sin añadir una excusa.

A la mañana siguiente llevé todos los documentos a mi abogada.

Le conté la operación completa, incluido lo que yo había organizado.

No quería esconderme detrás de la infidelidad de Rodrigo para fingir que mi plan no podía tener consecuencias.

Camila devolvió el dinero con asesoramiento y constancia escrita. Yo conservé los mensajes necesarios y dejé de dirigir escenas.

La herencia permaneció separada de aquel desastre.

No la anuncié a Rodrigo.

No necesitaba verla para comprender que yo podía vivir sin él.

Teresa intentó cobrarme el banquete.

Rodrigo pidió otra oportunidad.

Su argumento cambió varias veces: primero había sido víctima, después seguía enamorado y finalmente dijo que yo le debía ayudar porque él había perdido mucho.

Mi respuesta no cambió.

El divorcio ya estaba resuelto.

Meses después abrí un pequeño taller de cerámica. Me gustaba trabajar con las manos y empezar algo cuyo resultado no dependiera de que otro me eligiera.

Una tarde llegó un sobre de Camila.

Dentro había una fotografía de su primer estreno teatral y una nota.

«Esta vez mi nombre aparece en el programa».

La coloqué sobre una repisa.

No nos convertimos en amigas de inmediato. Había demasiado que reconocer antes de llegar a eso.

Pero le escribí para felicitarla.

Aquella noche, al cerrar el taller, encontré un mensaje de Rodrigo.

«Si me hubieras dicho que tenías dinero, nada de esto habría pasado».

Lo leí una vez.

Después lo borré.

Era la respuesta que había buscado desde el principio.

Y ya no necesitaba pagar a nadie para escucharla.

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