Adrián permaneció inmóvil.
Su teléfono seguía en la mano.
Parecía incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.
—Eso… eso es imposible.
Lo miré con calma.
—Nunca preguntaste quién financió realmente la operación.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Tú eres accionista?
Abrí la carpeta que estaba sobre la mesa.
Saqué un documento.
Lo dejé frente a él.
—Mi familia no entregó dinero como un regalo.
—Hace cuatro años creó un vehículo de inversión para apoyar empresas tecnológicas.
—A cambio recibió participación accionaria.
Adrián tomó el documento.
Sus manos empezaron a temblar.
Mi nombre aparecía como beneficiaria del fideicomiso familiar.
Y, por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico miedo en sus ojos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Sonreí sin alegría.
—Porque quería que construyeras tu empresa creyendo que el mérito era suficiente.
—No quería que fueras “el yerno de los Lin”.
Él dejó caer los papeles.
—Elena… podemos arreglar esto.
Negué lentamente.
—Hace una hora ordenaste que me dejaran fuera de una celebración organizada con dinero que también representaba a mi familia.
En ese momento sonó otro teléfono.
No era el suyo.
Era el mío.
Víctor.
Contesté.
—¿Ya terminó la reunión del comité? —pregunté.
—Sí.
Su voz era tranquila.
—El desembolso queda suspendido.
—También congelamos cualquier negociación futura hasta terminar la auditoría.
Adrián dio un paso hacia mí.
—Presidente Chen…
Intentó hablar.
Víctor lo interrumpió.
—Señor Jiang, ya no soy el presidente Chen para usted.
—Desde este momento todas las comunicaciones deberán hacerse mediante nuestros abogados.
La llamada terminó.
El silencio llenó la sala.
Cinco minutos después comenzaron a llegar mensajes.
El director financiero.
El jefe jurídico.
El responsable de relaciones con inversores.
Todos hacían la misma pregunta.
“¿Qué ocurrió?”
Entonces sonó el teléfono de Adrián otra vez.
Era Bianca.
Contestó automáticamente.
Su voz salió entre lágrimas.
—Adrián…
—Los periodistas están aquí.
—Alguien publicó fotografías nuestras entrando juntos al hotel.
—También preguntan por el vestido.
Él cerró los ojos.
—No hables con nadie.
—Es demasiado tarde.
—Acaban de decir que la inversión de cincuenta mil millones fue suspendida.
—Todos creen que fue por nosotros.
La llamada se cortó.
Adrián parecía haber envejecido diez años.
Se acercó lentamente.
—Elena…
—Despediré a Bianca.
—Renunciaré si hace falta.
—Haré lo que quieras.
Lo observé durante varios segundos.
—Sigues sin entender.
Frunció el ceño.
—¿Qué más quieres?
Abrí otra carpeta.
Dentro había estados financieros, facturas y autorizaciones de gastos.
—Durante dos años la empresa pagó hoteles, vuelos, joyas y restaurantes utilizados por Bianca.
—Todo salió de cuentas corporativas.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Cómo conseguiste eso?
—Yo presidía el comité interno de cumplimiento.
—Nunca dejé de revisar los informes.
Empujé hacia él el último documento.
Era una solicitud firmada esa misma tarde.
Auditoría forense independiente.
Fecha.
Hora.
Mi firma.
Y la de tres miembros del consejo.
Adrián levantó la vista lentamente.
—¿La auditoría empezó antes de la fiesta?
Asentí.
—Sí.
—El vestido solo aceleró una decisión que ya estaba tomada.
En ese instante alguien llamó con fuerza a la puerta.
Era el secretario del consejo de administración.
Entró sin esperar permiso.
Traía el rostro completamente pálido.
—Director Jiang…
Respiró hondo.

—Acaba de convocarse una reunión extraordinaria.
—El consejo votará esta misma noche su suspensión como director ejecutivo mientras dure la investigación.
Adrián dejó caer el teléfono.
El hombre que una hora antes me había impedido entrar a su celebración comprendió finalmente que no había perdido solo una inversión.
Había perdido la confianza del consejo, el respaldo de los inversores… y el único matrimonio que durante cinco años sostuvo en silencio el imperio que ahora se derrumbaba frente a él.