Alejandro no apartó la vista del anillo.
Sus labios comenzaron a temblar.
—No…
Tomó mi mano sin permiso para leer el grabado otra vez.
Javier.
Retrocedió un paso.
—Eso es imposible.
Lo solté con calma.
—¿Qué parte? ¿Que me casé o que no te esperé?
Él negó con la cabeza.
—Javier jamás habría hecho algo así.
Sonreí apenas.
—Parece que nunca lo conociste de verdad.
En ese momento la puerta de mi oficina volvió a abrirse.
Javier entró con una carpeta bajo el brazo.
Traía la misma serenidad que había tenido desde el día en que nos conocimos en el hospital, cuando yo desperté con fiebre después de que Alejandro me abandonara bajo la lluvia.
Se detuvo a mi lado.
—¿Interrumpo algo?
Alejandro apretó los puños.
—¿Tú?
Javier lo saludó con un movimiento de cabeza.
—Hace mucho tiempo que no nos vemos.
El ambiente se volvió helado.
Alejandro soltó una risa burlona.
—Siempre fuiste un resentido.
Javier no respondió.
Simplemente dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Lucía, ya llegaron todos los documentos que necesitabas.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
Javier lo miró fijamente.
—Los relacionados con tu empresa.
Por primera vez apareció una sombra de preocupación en el rostro de Alejandro.
—No sé de qué hablas.
Javier abrió la carpeta.
Sacó varias hojas.
Contratos.
Transferencias.
Facturas.
Todas con la misma firma.
—Durante cuatro años inflaste los gastos de representación utilizando proveedores que pertenecen a Carmen.
Alejandro quedó inmóvil.
—Eso es mentira.
—No.
Javier deslizó otra hoja.
—Aquí están las transferencias.
Otra.
—Las empresas.
Otra más.
—Y los pagos que autorizaste personalmente.
Yo observaba en silencio.
Aquella era la verdadera razón por la que Javier llevaba meses investigando.
No era por venganza.
Era porque trabajaba como auditor externo del grupo donde Alejandro era director comercial.
Alejandro comenzó a sudar.
—¿De dónde sacaste eso?
Javier respondió con absoluta calma.
—De la contabilidad.
El silencio fue total.
Entonces Javier dijo la frase que terminó de destruirlo.
—¿Sabes cuál fue tu mayor error?
Alejandro no contestó.
—Pensar que Carmen era el secreto que iba a hundirte.
Hizo una pausa.
—En realidad, quien llevaba años construyendo las pruebas contra ti eras tú mismo, cada vez que firmabas un documento creyendo que nadie los revisaría.
En ese instante sonó el teléfono de la oficina.
Era recepción.
Contesté.
—Señora Martín…
Miré a Javier.
La recepcionista continuó.
—Hay dos agentes de la Unidad de Delitos Financieros preguntando por el señor Alejandro Rivas.
Javier cerró lentamente la carpeta.
—Hazlos pasar.
Alejandro dio un paso hacia la puerta.
Pero ya era tarde.
Dos investigadores entraron mostrando sus credenciales.
—Señor Alejandro Rivas.
Uno de ellos levantó una orden.
—Necesitamos que nos acompañe para responder por una investigación relacionada con fraude corporativo, administración desleal y desvío de recursos.
Alejandro giró desesperado hacia mí.
—Lucía… dime que tú no hiciste esto.
Lo miré con la misma tranquilidad con la que, años atrás, lo había visto alejarse bajo la lluvia.
—No, Alejandro.
Negué despacio.
—Tú empezaste a destruir tu vida mucho antes de aquel caramelo.
Los agentes lo escoltaron hacia la salida.
Antes de desaparecer por el pasillo, volvió la cabeza una última vez.
Yo ya no lo estaba mirando.

Javier tomó mi mano.
Y por primera vez entendí que el día en que me abandonaron por un simple caramelo de fresa no había perdido al hombre con quien iba a casarme.
Había escapado del hombre que habría arruinado toda mi vida.