PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVÍ

—Tú sí que me entiendes.

Gu Cheng’an apretó suavemente la mano de Su Qiao.

Ella bajó la cabeza.

Una tenue sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

Pero solo duró un instante.

—Señor Cheng’an, la hermana Wen Lai seguramente regresará.

—Después de tantos años a su lado, ¿cómo podría abandonarlo de verdad?

Gu Cheng’an soltó una risa fría.

—Exactamente.

Se dejó caer en el sofá.

—Está acostumbrada a amenazarme con marcharse cuando se enfada.

—Esta vez solo ha exagerado un poco más.

Miró el acuerdo de divorcio.

Ni siquiera se molestó en leer todas las cláusulas.

Lo dobló por la mitad y lo arrojó dentro de un cajón.

—Cuando vuelva, hablaré con ella.

Su Qiao parpadeó.

—¿Y si… no vuelve?

Gu Cheng’an levantó la vista.

Su expresión estaba llena de absoluta seguridad.

—Volverá.

—¿Adónde puede ir?


En aquel mismo momento…

Yo ya estaba a cientos de kilómetros de él.

El barco avanzaba lentamente sobre un océano interminable.

Al amanecer, abrí los ojos y salí a cubierta.

No se veía tierra.

Solo agua.

Cielo.

Y una línea de horizonte que parecía no terminar nunca.

Durante muchos años había pensado que una vida sin Gu Cheng’an sería un vacío.

Pero aquella mañana descubrí que estaba equivocada.

El mundo era enorme.

Solo que yo había vivido demasiado tiempo encerrada dentro de su órbita.

Una compañera de viaje se acercó.

—¿Primera vez en una travesía larga?

Asentí.

—Sí.

—¿Vienes por trabajo?

—También.

Sonreí.

—Pero principalmente vengo a empezar de nuevo.

Ella no hizo preguntas.

Simplemente señaló el amanecer.

—Entonces has elegido un buen lugar.

Miré hacia el horizonte.

Por primera vez en años…

No tenía que esperar a que nadie regresara a casa.


El tercer día después de mi partida, Gu Cheng’an empezó a impacientarse.

Volvió a llamar a mi antiguo número.

Seguía sin existir.

Me escribió correos.

Ninguno recibió respuesta.

Fue a mi antigua empresa.

La recepcionista le informó:

—La señora Wen ya presentó su renuncia.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

—Hace casi un mes.

Gu Cheng’an permaneció inmóvil.

—¿Un mes?

—Sí.

—¿Dejó alguna dirección de contacto?

—No podemos proporcionar información personal.

Salió de allí con el rostro sombrío.

Por primera vez, una duda comenzó a crecer dentro de él.

Yo no había decidido marcharme aquella noche.

Lo había preparado con antelación.


Cuando regresó a la mansión, encontró a Su Qiao probándose un par de zapatillas junto a la entrada.

Ella sonrió.

—Señor Cheng’an, como me dijo que podía venir cuando necesitara entregar documentos…

Él miró la cerradura.

De repente recordó algo.

—Pon el dedo.

Su Qiao se quedó confundida.

—¿Qué?

—En la cerradura.

Ella obedeció.

Bip.

La puerta se abrió.

Gu Cheng’an observó el panel durante varios segundos.

Después introdujo el código de administrador.

Revisó las huellas registradas.

Número uno.

Su Qiao.

Número dos.

La suya.

No había ninguna más.

Su expresión cambió lentamente.

La semana anterior a mi viaje de trabajo, él me había dicho:

«La posición de mi esposa siempre será la número uno.»

Pero ni siquiera había registrado mi huella.

No la había olvidado por accidente.

Simplemente nunca lo había hecho.

Porque Su Qiao había llegado antes.


—Señor Cheng’an…

La voz de ella lo sacó de sus pensamientos.

—¿Está bien?

Él se giró.

Por primera vez, la presencia de Su Qiao dentro de aquella casa le pareció extraña.

—¿Por qué registré tu huella?

Ella se quedó inmóvil.

—Porque dijo que necesitaba traer documentos…

—No.

La interrumpió.

—¿Cuándo fue?

Su Qiao dudó.

—Hace unas tres semanas.

Tres semanas.

Gu Cheng’an recordó aquella fecha.

Era el día de nuestro aniversario de boda.

Aquella noche yo había preparado la cena.

Él había regresado casi a medianoche.

Le dijo que había tenido una reunión urgente.

En realidad…

Había estado instalando la nueva cerradura con Su Qiao.

Su rostro se endureció.

—¿Wen Lai lo sabía?

—Yo…

—Te estoy preguntando si lo sabía.

Su Qiao bajó la cabeza.

—No.

Gu Cheng’an sintió por primera vez una molestia difícil de explicar.

No hacia ella.

Hacia sí mismo.


Al quinto día llegó otra mensajería.

Era un sobre enviado por mi abogado.

Dentro había una notificación formal.

Gu Cheng’an la leyó una vez.

Después otra.

Procedimiento de divorcio.

Separación de bienes.

Revocación de autorizaciones personales.

Y una última cláusula.

Todas mis pertenencias habían sido retiradas legalmente de la mansión antes de mi partida.

Gu Cheng’an subió corriendo al dormitorio.

Abrió el vestidor.

Por primera vez lo miró realmente.

La mitad izquierda estaba vacía.

Mis vestidos habían desaparecido.

Los zapatos.

Los bolsos.

Los libros que siempre dejaba junto a la cama.

Incluso la pequeña caja donde guardaba fotografías antiguas.

No había dejado prácticamente nada.

Solo una cosa permanecía en el fondo de un cajón.

Nuestro anillo de boda.

Gu Cheng’an lo tomó.

Sus dedos comenzaron a temblar.


Esa noche llamó a todos nuestros conocidos.

—¿Wen Lai está contigo?

—No.

—¿Sabes dónde está?

—No.

—¿Te ha llamado?

—Tampoco.

Una amiga mía finalmente perdió la paciencia.

—Gu Cheng’an, ¿ahora te preocupa dónde está?

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando todavía estaba contigo nunca preguntabas dónde estaba.

La llamada terminó.

Gu Cheng’an permaneció con el teléfono en la mano.

Por primera vez…

No tuvo nada que responder.


Mientras tanto, yo llegué a mi primer destino.

Una ciudad portuaria donde nadie conocía a Gu Cheng’an.

Había aceptado un puesto temporal en una empresa internacional relacionada con logística marítima.

No era el trabajo más prestigioso que había tenido.

Pero lo había elegido yo.

Alquilé un pequeño apartamento.

Compré unas plantas.

Una cafetera.

Dos juegos de sábanas.

La primera noche me senté en el suelo porque todavía no había llegado el sofá.

Pedí comida.

Abrí la ventana.

Se escuchaba el ruido lejano del puerto.

Y de repente empecé a reír.

No tenía una mansión de treinta millones.

Pero tenía una puerta que solo yo podía abrir.


Un mes después, Gu Cheng’an finalmente firmó el recibo de la citación.

No porque hubiera aceptado el divorcio.

Sino porque ya no podía seguir fingiendo que aquello era un juego.

Fue al bufete del abogado.

—Quiero saber dónde está mi esposa.

El abogado levantó la vista.

—Señor Gu, la señora Wen ha solicitado que toda comunicación relacionada con el divorcio se realice exclusivamente a través de nosotros.

—Soy su esposo.

—Legalmente, todavía.

—Entonces tengo derecho a saber dónde vive.

—No.

El abogado cerró la carpeta.

—No lo tiene.

Gu Cheng’an apretó los dientes.

—Dígale que vuelva.

—Ella no regresará.

Aquella frase hizo que su rostro cambiara.

—¿Qué ha dicho?

—La señora Wen dejó instrucciones muy claras.

El abogado sacó una hoja.

—No quiere la mansión.

—No quiere el automóvil.

—No reclama ninguno de sus regalos personales.

—Solo solicita la disolución legal del matrimonio y la devolución de ciertos bienes que le pertenecen exclusivamente.

Gu Cheng’an se quedó inmóvil.

—¿No quiere nada?

—Nada suyo.

Aquellas dos palabras parecieron golpearlo.

Porque hasta aquel momento seguía creyendo que yo terminaría regresando por comodidad.

Por dinero.

Por costumbre.

Pero yo ni siquiera quería llevarme nada que pudiera recordarme que alguna vez había dependido de él.


Pasaron tres meses.

Gu Cheng’an empezó a regresar cada vez más temprano a la mansión.

La casa seguía impecable.

Grande.

Silenciosa.

Su Qiao aparecía con frecuencia.

Al principio él lo agradecía.

Después comenzó a sentirse incómodo.

Una noche ella preparó la cena.

—Señor Cheng’an, pruebe esto. Aprendí especialmente a cocinarlo para usted.

Él tomó un bocado.

Dejó inmediatamente los palillos.

—Demasiado salado.

Su Qiao se quedó rígida.

—Entonces preparo otra cosa.

—No hace falta.

Gu Cheng’an miró el plato.

De repente recordó que yo sabía exactamente cuánto sodio debía consumir por sus problemas de presión arterial.

Recordó que nunca ponía cilantro en sus platos.

Que calentaba el agua antes de que llegara.

Que preparaba su ropa para los viajes.

Que podía saber por el sonido de sus pasos si había tenido un mal día.

Durante años había creído que todas aquellas cosas aparecían por sí solas.

Hasta que dejaron de existir.


—Señor Cheng’an.

Su Qiao habló suavemente.

—Ahora que la hermana Wen Lai se ha ido…

Se acercó un poco más.

—Quizá debería pensar en su propia felicidad.

Gu Cheng’an levantó la cabeza.

Por primera vez comprendió la intención que se escondía detrás de aquella dulzura.

La miró durante varios segundos.

—Borra tu huella.

La sonrisa de Su Qiao desapareció.

—¿Qué?

—De la cerradura.

—Pero yo…

—Ahora.

Ella palideció.

—¿Es porque la hermana Wen Lai se enfadó?

Gu Cheng’an soltó una risa amarga.

—No.

Miró la puerta.

—Es porque finalmente entendí que nunca debiste tenerla.


Medio año después, el divorcio quedó formalmente resuelto.

Yo no regresé personalmente.

Mi abogado se encargó de todos los trámites que podían realizarse mediante representación legal.

El día en que recibió la confirmación final, Gu Cheng’an permaneció dentro de aquella mansión durante toda la tarde.

Frente a él había dos cosas.

El certificado del final del matrimonio.

Y mi anillo.

Nada más.

La puerta se abrió.

Pero no era yo.

Nunca volvió a ser yo.


Un año después, Gu Cheng’an me vio por casualidad.

No fue en casa.

Ni en la empresa.

Ni en alguno de los restaurantes donde solíamos ir.

Fue en un reportaje sobre una expedición marítima internacional.

La cámara recorrió la cubierta de un barco.

Y allí estaba yo.

Llevaba el cabello mucho más corto.

Una chaqueta azul oscuro.

El viento me golpeaba el rostro mientras hablaba con varias personas alrededor de una mesa llena de mapas.

Yo sonreía.

No era la sonrisa cautelosa que utilizaba cuando esperaba su aprobación.

Era amplia.

Libre.

Completamente desconocida para él.

Gu Cheng’an se levantó de golpe.

Se acercó al televisor.

En la parte inferior apareció mi nombre.

Wen Lai — Coordinadora de proyecto internacional.

Debajo figuraba otro dato.

La expedición continuaría durante los siguientes dieciocho meses.

Gu Cheng’an miró la pantalla.

Entonces comprendió finalmente lo que nunca había querido aceptar.

No me había marchado para que me persiguiera.

No había eliminado mis huellas para castigarlo.

No había roto mi tarjeta SIM para asustarlo.

Yo realmente había elegido una vida donde él ya no existía.


En la pantalla, alguien me preguntó:

—¿Qué es lo que más le gusta de trabajar en el mar?

Pensé unos segundos.

Después respondí sonriendo:

—Que aquí uno comprende lo grande que es el mundo.

—Y que ningún puerto debería convertirse en una prisión.

Gu Cheng’an permaneció inmóvil.

La imagen cambió.

El barco se alejó lentamente hacia el horizonte.

Y esta vez…

Él ni siquiera sabía en qué dirección buscarme.

Durante años había creído que yo sería siempre el puerto al que podría regresar cuando quisiera.

Pero había olvidado algo.

Los puertos también pueden cerrar.

Y yo…

ya me había convertido en el océano.

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