PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVÍ

Adrian cumplió años al día siguiente.

Durante siete años, yo había sido la primera persona en felicitarlo.

A medianoche exacta.

Siempre.

Incluso cuando estábamos peleados.

Incluso cuando él me ignoraba.

A las 12:03 llegó otro mensaje desde un número desconocido.

“Ya pasó medianoche.”

A las 12:16:

“¿En serio vas a seguir con esto?”

A las 12:41:

“Elena, contesta.”

No respondí.

A la mañana siguiente bloqueé también ese número.

Pero Adrian todavía estaba convencido de que aquello era parte de nuestro viejo juego.

Según me contó mi antigua compañera, llegó a su fiesta de cumpleaños mirando constantemente la puerta.

A la una preguntó si alguien había sabido de mí.

A las tres empezó a llamar a amigos en común.

A las cinco ya no fingía indiferencia.

Y la mujer que había publicado aquella noche estaba sentada junto a él.

Finalmente ella preguntó:

—¿Por qué sigues esperando a Elena?

Adrian respondió:

—Porque siempre vuelve.

Pero esa noche terminó sin mí.

Una semana después llamó a mi madre.

Después a antiguos compañeros.

Incluso fue al apartamento donde habíamos vivido.

La casera solo le dijo:

—La señorita Elena entregó las llaves hace días.

—¿Adónde se mudó?

—No me lo dijo.

—Yo pagaba este apartamento.

La mujer lo miró con calma.

—Pero quien vivía aquí era ella.

Mientras Adrian empezaba a descubrir cuánto desconocía de mi vida, yo estaba aprendiendo a construir una nueva.

Conseguí trabajo.

No era mejor que el anterior.

Tampoco pagaba más.

Pero era mío.

Compré una mesa usada.

Dos sillas.

Una cafetera barata.

Y una planta que casi maté durante la primera semana.

Ethan seguía apareciendo ocasionalmente.

A veces coincidíamos en las escaleras.

A veces dejaba algún paquete frente a mi puerta cuando el repartidor se equivocaba.

Nunca preguntaba por qué había llegado sola.

Nunca intentaba convertirse en mi salvador.

Y eso me gustaba.

Tres meses después, una tarde regresé del trabajo y encontré a Adrian frente al edificio.

Mi cuerpo se congeló.

Él también me vio.

Estaba más delgado.

Su cabello, normalmente impecable, estaba desordenado.

—Por fin.

Caminó hacia mí.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote?

Retrocedí.

—No deberías estar aquí.

Su expresión cambió.

Parecía genuinamente confundido.

—Elena, ya basta.

—¿Basta de qué?

—De castigarme.

Entonces entendí que todavía seguía sin comprender nada.

—Adrian, yo no te estoy castigando.

—¿Entonces qué demonios haces?

—Viviendo.

Se quedó inmóvil.

—Cometí un error.

—No.

Negué.

—Cometiste muchos. Solo que estabas convencido de que ninguno tendría consecuencias.

Apretó la mandíbula.

—Aquella chica no significaba nada.

Casi me dio risa.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Qué?

—Humillaste siete años de relación por alguien que, según tú, ni siquiera significaba nada.

Adrian extendió la mano.

—Vuelve conmigo.

No la tomé.

—No.

Una palabra.

La misma que durante años había tenido miedo de pronunciar.

Su rostro se endureció.

—¿Hay otro hombre?

En ese momento se abrió la puerta del edificio.

Ethan salió cargando una caja.

Nos vio.

Se detuvo.

—¿Todo bien, Elena?

—Sí.

Adrian lo miró inmediatamente.

Después me miró a mí.

—¿Es él?

—Esto no tiene nada que ver con Ethan.

—¿Entonces por qué sabe tu nombre?

Lo observé durante varios segundos.

—Porque es mi vecino.

Adrian soltó una risa amarga.

—Claro.

Ethan dejó la caja junto a la entrada.

—Elena, ¿quieres que me quede?

Negué.

—Estoy bien.

Él asintió.

Y entró nuevamente sin discutir.

Adrian pareció desconcertado.

Quizá esperaba competencia.

Celos.

Una pelea.

Pero Ethan acababa de hacer algo que Adrian jamás había aprendido durante siete años.

Respetar una respuesta.

Adrian volvió a mirarme.

—Puedo cambiar.

—Quizá.

—Entonces dame otra oportunidad.

—No.

—¡Te amo!

Aquella frase habría destruido todas mis defensas meses atrás.

Ahora solo me produjo cansancio.

—Adrian, tú no tenías miedo de perderme.

Lo miré directamente.

—Tenías la certeza de que nunca sería capaz de irme.

No respondió.

—Por eso publicaste aquella fotografía.

—Por eso te reíste con tus amigos.

—Por eso dijiste que aparecería llorando en tu cumpleaños.

Su rostro palideció.

No sabía que había leído los comentarios.

—Elena…

—Me convertiste en una apuesta.

Hice una pausa.

—Y perdiste.

Pasé junto a él.

Adrian me sujetó suavemente del brazo.

Me detuve.

Él retiró inmediatamente la mano.

—¿De verdad terminamos?

Lo miré.

Por primera vez no vi al hombre alrededor del cual había construido mi vida.

Vi simplemente a un hombre que había confundido mi amor con garantía.

—Terminamos aquella noche a la 1:17.

Entré al edificio.

Adrian no me siguió.

Meses después supe que había borrado aquella publicación.

También que su nueva relación había terminado.

Nada de eso cambió mi decisión.

Porque mi historia no terminó cuando Adrian comprendió que me había perdido.

Empezó cuando yo comprendí que perderlo no significaba perderme a mí.

Una noche encontré a Ethan sentado en las escaleras con dos cafés.

Levantó uno.

—Compré uno de más.

Sonreí.

—Qué conveniente.

Me senté a su lado.

No sabía qué iba a ocurrir entre nosotros.

Y, por primera vez, tampoco necesitaba saberlo.

Porque ya no buscaba a alguien que llenara el lugar que Adrian había dejado.

Estaba aprendiendo que aquel lugar nunca le había pertenecido.

Era mío.

Y esta vez, nadie tendría que abandonarme para que yo recordara cómo elegir mi propia vida.

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