PARTE 2: ESTA VEZ, NO TE ESPERÉ

Cuando llegué al edificio donde vivíamos, la lluvia seguía cayendo.

Aparqué la pequeña moto blanca bajo el techo de la entrada y me quité el casco.

Tenía el cabello húmedo, las manos heladas y los pantalones salpicados de agua.

Pero, extrañamente, me sentía ligera.

Saqué el teléfono.

Doce mensajes de Shen Yan.

【¿Dónde estás?】

【¿Por qué no respondes?】

【Suìsuì, dime cuando llegues.】

El último había llegado hacía dos minutos.

【Ya voy para casa.】

Miré aquellas palabras durante unos segundos.

Antes, ese mensaje habría sido suficiente para tranquilizarme.

Ahora solo bloqueé la pantalla.

Subí.

Me di una ducha caliente, sequé mi cabello y preparé una taza de leche.

No lo esperé.

A las diez y cuarenta y siete, escuché la puerta abrirse.

Shen Yan entró apresuradamente.

—Suìsuì.

Levanté los ojos.

Estaba empapado.

—¿Por qué no respondiste?

—Estaba conduciendo.

Él se quedó desconcertado.

—¿Conduciendo qué?

Señalé con la mirada hacia el balcón.

Desde allí podía verse parte del estacionamiento.

—Compré una moto eléctrica.

Shen Yan tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Por qué compraste eso de repente?

Bebí un sorbo de leche.

—Para volver del trabajo.

—Yo puedo recogerte.

Aquella frase me hizo sonreír.

—Hoy tampoco pudiste.

Su expresión cambió.

—Te expliqué lo de Wen Qiao.

—Sí.

—Vive sola y necesitaba ayuda.

—Lo sé.

Mi tranquilidad pareció incomodarlo más que una discusión.

Shen Yan se sentó frente a mí.

—¿Entonces estás enfadada porque ayudé a una amiga?

Dejé la taza.

—No.

Lo miré directamente.

—Estoy cansada de que siempre sea yo quien tenga que esperar.

Él abrió la boca.

—Solo fueron algunas veces.

—Nueve.

Se quedó callado.

Yo las recordaba todas.

Las nueve.

Dónde estaba.

Cuánto esperé.

Qué excusa escuché.

Y cuántas veces terminé diciéndome que no debía ser tan sensible.

Shen Yan bajó la voz.

—No sabía que las estabas contando.

—Yo tampoco quería contarlas.

La habitación quedó en silencio.

Después de un momento, se acercó y trató de tomar mi mano.

La retiré para recoger la taza.

Su mano quedó suspendida en el aire.

—Suìsuì…

—Estoy cansada. Voy a dormir.

Aquella noche fue la primera vez en tres años que me acosté sin preguntarle a qué hora volvería al día siguiente.

Y algo empezó a cambiar.

Cada mañana conducía mi pequeña moto hasta el trabajo.

Al principio iba lentamente.

Después aprendí dónde había baches.

Qué calles se congestionaban.

Dónde podía comprar desayuno.

Incluso descubrí una pequeña cafetería que nunca había visto desde el coche de Shen Yan.

Una semana después, una compañera me preguntó:

—¿Tu novio ya no viene a recogerte?

Me puse el casco.

—No hace falta.

Solo cuatro palabras.

Pero cuando las dije, comprendí cuánto habían cambiado las cosas.

Ya no miraba el teléfono cinco minutos antes de salir.

Ya no esperaba un mensaje diciendo:

【Estoy abajo.】

Ya no dependía de la agenda de nadie para volver a casa.

Shen Yan también lo notó.

Empezó a llegar temprano.

Compraba mis postres favoritos.

Me preguntaba cuándo terminaba de trabajar.

Una tarde incluso apareció frente a mi empresa.

Su coche estaba estacionado exactamente donde solía esperarme.

Bajó la ventanilla.

—Suìsuì, sube.

Yo acababa de ponerme el casco.

—He venido en moto.

—Déjala aquí. Mañana la recogemos.

Negué con la cabeza.

—No hace falta.

Arranqué.

Por el espejo retrovisor vi que Shen Yan seguía allí.

Inmóvil.

Por primera vez, era él quien se quedaba esperando.

Pero aquella noche ocurrió algo que terminó de abrirme los ojos.

Al llegar a casa encontré a Wen Qiao sentada en nuestro sofá.

Sobre la mesa había fruta y dos tazas de té.

Ella sonrió inmediatamente.

—Hermana Suìsuì, has vuelto.

No respondí.

Miré a Shen Yan.

—¿Qué hace aquí?

—Su gato está enfermo. La clínica veterinaria queda cerca y pensé que podía esperar aquí mientras…

Me eché a reír.

Shen Yan se detuvo.

Wen Qiao bajó los ojos.

—Hermana Suìsuì, no malinterpretes nuestra relación.

Me quité lentamente el casco.

—No la malinterpreto.

Caminé hacia el dormitorio.

Shen Yan vino detrás.

—Suìsuì, ¿qué estás haciendo?

Saqué una maleta del armario.

Esta vez, el miedo apareció claramente en sus ojos.

—¿Adónde vas?

Doblé mi ropa con calma.

—A mi antiguo apartamento.

—¿Por esto?

Me detuve.

—No.

Lo miré.

—Por las nueve veces que me dejaste esperando.

—Por todas las veces que sus necesidades fueron urgentes y las mías podían esperar.

—Y porque tardé demasiado en comprender que no quiero pasar mi vida compitiendo por la atención de mi propio novio.

Shen Yan palideció.

—Puedo cambiar.

Cerré la maleta.

—Tal vez.

—Entonces dame una oportunidad.

Lo miré durante unos segundos.

—Ya te di nueve.

Arrastré la maleta hacia la puerta.

Wen Qiao se había levantado del sofá.

Su expresión era incómoda.

Pasé junto a ella sin detenerme.

Cuando mi mano tocó el picaporte, Shen Yan me sujetó suavemente de la muñeca.

—Suìsuì.

Su voz temblaba.

—¿Vas a terminar conmigo?

Bajé la mirada hacia su mano.

Después hacia él.

Pensé en aquella primera noche bajo la lluvia.

En su bicicleta.

En su chaqueta sobre el asiento.

En aquel hombre que una vez me prometió:

“Déjame recogerte.”

Quizá aquella versión de nosotros había sido real.

Pero algunas promesas no desaparecen de golpe.

Se desgastan.

Una espera cada vez.

Aparté su mano.

—No, Shen Yan.

Abrí la puerta.

—Solo he dejado de esperarte.

Bajé en el ascensor, guardé la maleta y encendí mi pequeña moto blanca.

Esta vez la lluvia había terminado.

Y mientras avanzaba sola por aquella calle iluminada, no miré una sola vez hacia atrás.

No sabía entonces que, tres días después, Shen Yan aparecería frente a mi empresa bajo una lluvia torrencial.

Sin coche.

Sin paraguas.

Y llevando en la mano algo que yo jamás imaginé volver a ver.

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