Adrián avanzó hacia mí.
—Elena, baja el teléfono.
No lo hice.
—La boda queda cancelada.
Valeria se quitó por fin el collar.
Camila intentó entregármelo.
No extendí la mano.
—Déjalo sobre la mesa.
Adrián apretó la mandíbula.
—Estás exagerando por unas fotografías.
Lo miré.
—Te casaste con otra mujer.
Silencio.
—Usaste mi anillo, mi vestido y el collar de mi madre.
Di un paso atrás.
—Y todavía crees que el problema es que yo estoy exagerando.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Elena, Adrián me ama desde los dieciocho. Tú siempre supiste que yo fui importante para él.
—Perfecto.
La miré.
—Entonces quédatelo.
Adrián perdió el control.
—¡Basta!
Todos se quedaron quietos.
Él me agarró de la muñeca.
—No vas a tirar siete años por esto.
Me solté.
—Tú ya los tiraste.
En ese momento entró el gerente de la tienda acompañado por seguridad.
Habían recibido mi llamada.
El collar quedó registrado como propiedad mía.
También el vestido.
Camila empezó a llorar.
—Elena, por favor. No presentes cargos.
—Entraste a mi casa usando un código privado.
No respondió.
—Ese código también acaba de ser cancelado.
Adrián me siguió hasta la salida.
—¿A dónde vas?
—A mi casa.
—Nuestra casa.
Negué.
—Está a mi nombre.
Su rostro cambió.
Durante años había asumido que después de la boda todo sería compartido.
Pero el apartamento lo había comprado yo antes de conocerlo.
—Recogeré mis cosas —dijo.
—Ya están empaquetadas.
Se quedó helado.
Yo había preparado todo la noche anterior.
Sus trajes.
Sus relojes.
Sus documentos.
Incluso aquella fotografía antigua de Valeria que guardaba escondida entre libros y que yo había fingido no ver durante años.
—No puedes hacerme esto.
—Ya lo hice.
Dos semanas después, el hotel devolvió la parte de los depósitos que yo había pagado.
El resto quedó como pérdida.
La familia de Adrián estaba furiosa.
No conmigo.
Con él.
Porque casi todos los grandes gastos habían sido cubiertos con mi dinero.
Y sin mí, aquella boda lujosa simplemente no existía.
Entonces llegó algo inesperado.
Una llamada del Registro Civil.
—Señorita Elena, necesitamos confirmar una información relacionada con el señor Adrián Montenegro.
—Ya no tengo relación con él.
—Precisamente por eso llamamos.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Qué ocurrió?
La funcionaria dudó.
—El matrimonio del señor Montenegro con Valeria Salas no puede anularse como ellos esperaban.
Me quedé en silencio.
—¿Por qué?
—Porque presentaron voluntariamente documentación completa, firmaron y registraron el matrimonio legalmente.
—Eso ya lo sabía.
—Hay algo más.
Escuché papeles al otro lado.
—La señora Salas declaró un embarazo.
Cerré los ojos.
Así que aquella “promesa de un mes” acababa de complicarse.
Pero la funcionaria todavía no había terminado.
—Y ha solicitado medidas patrimoniales como esposa legal.
Casi sonreí.
Adrián había querido jugar a tener dos mujeres.
Ahora una de ellas tenía su apellido.
Y la otra ya no estaba allí para salvarlo.
Esa misma tarde recibí un mensaje suyo.
【Elena, necesito verte. Valeria me engañó.】
Después otro.
【El bebé no es mío.】
Y finalmente:
【Por favor. Eres la única persona en quien todavía confío.】

Miré la pantalla.
Lo bloqueé.
Porque por primera vez en siete años, el problema de Adrián Montenegro ya no era mío.