Adrián se quedó mirándome como si hubiera hablado en otro idioma.
—Estás enfadada. Mañana se te pasará.
Aquella frase me hizo sonreír.
Incluso entonces seguía convencido de que mis decisiones eran emociones temporales que él podía ignorar.
—Mi matrícula ya está cancelada.
Sofía dejó las bebidas sobre una mesa.
—Valeria, estás exagerando muchísimo.
—Puede ser.
Tomé mi maleta.
—Pero es mi decisión.
Adrián me agarró del asa.
—¿Y nosotros?
Miré su mano hasta que la retiró.
—Ustedes ya empezaron su nueva etapa.
Señalé el teléfono de Sofía.
—Lo publicaron hace unas horas.
Ninguno respondió.
Regresé a casa aquella noche.
Dos días después estaba en el aeropuerto.
Mi padre había conseguido activar una oportunidad que yo misma había rechazado meses antes: una plaza internacional vinculada a mis resultados académicos.
No era magia.
Tendría entrevistas, trámites y un periodo de adaptación.
Pero por primera vez estaba intentando entrar en un lugar porque yo lo quería.
Adrián comenzó a llamarme mientras esperaba el embarque.
Primera llamada.
Segunda.
Séptima.
Después aparecieron los mensajes.
“¿Realmente estás en el aeropuerto?”
“Valeria, contesta.”
“Podemos arreglar esto.”
Finalmente:
“Sofía está llorando. Dice que estás destruyendo nuestra amistad.”
Leí aquello dos veces.
Después abrí el grupo “Los tres mosqueteros”.
Sofía había escrito:
“¿Vas a tirar dieciocho años por un tren?”
Contesté:
“No fue por un tren.”
Adrián respondió inmediatamente:
“Entonces explícanos.”
Pensé durante unos segundos.
Después escribí:
“El tren solo fue la primera vez que dejé de correr detrás de ustedes.”
Abandoné el grupo.
Seis meses después, mi vida era completamente diferente.
Las clases eran difíciles.
Mi inglés académico todavía necesitaba mejorar.
Extrañaba la comida de casa.
A veces me sentía terriblemente sola.
Pero aquella soledad era distinta.
No estaba sentada junto a dos personas preguntándome por qué siempre me dejaban fuera.
Estaba construyendo algo mío.
Entonces, una noche, Sophie —una antigua compañera común— me envió una captura.
Adrián y Sofía habían discutido.
Sin mí entre ellos, algo extraño había ocurrido.
Ya no tenían a quién dejar esperando.
Ni a quién llamar sensible.
Ni a quién utilizar como tercera persona cada vez que se cansaban el uno del otro.
Su amistad perfecta no había durado ni un semestre.
Poco después Adrián me escribió desde otro número.
“Ahora entiendo algunas cosas.”
No respondí.
Llegó otro mensaje.
“¿Cuando regreses podemos hablar?”
Miré por la ventana de mi residencia.
Abajo, varios compañeros me esperaban para cenar.
Personas que, cuando decían:
“Nos vemos a las siete”,
realmente aparecían a las siete.
Guardé el teléfono.
Tal vez algún día hablaría con Adrián.
Quizá incluso podría perdonarlos.

Pero regresar a ocupar el mismo lugar ya no era una posibilidad.
Porque finalmente había entendido algo sencillo.
Una amistad no debería obligarte a perseguir constantemente a quienes aseguran estar caminando contigo.
ADRIÁN Y SOFÍA ME DEJARON SOLA EN UNA ESTACIÓN; LO QUE NUNCA IMAGINARON FUE QUE ESE SERÍA EL ÚLTIMO DÍA EN QUE YO CORRERÍA DETRÁS DE ELLOS.