PARTE 2: ALEXANDER HIZO MAL LAS CUENTAS.

Alexander tardó varios segundos en acercarse.

No me miraba a mí.

Miraba a Luna.

—¿Cuántos años tiene?

Su voz sonó extrañamente tensa.

—Tres.

Calculó inmediatamente.

Cuatro años separados.

Una última noche juntos.

Una niña de tres años.

Su rostro perdió el poco color que le quedaba.

—Song Elena.

Hacía años que nadie pronunciaba mi nombre con aquella mezcla de rabia y miedo.

—¿Es mía?

Daniel Zhang, que seguía cerca, abrió mucho los ojos.

Cerré los míos un instante.

Claro.

Alexander siempre había sido excelente tomando una pequeña cantidad de información y construyendo sobre ella una verdad completa.

—No.

—No me mientas.

Luna se escondió detrás de mí.

Eso terminó con mi paciencia.

Me puse de pie.

—Baja la voz.

Alexander miró a la niña y finalmente comprendió que estaba asustándola.

Retrocedió.

—Necesito hablar contigo.

—Después.

Llevé a Luna a nuestra villa y la dejé con mi madre, que había llegado aquella tarde.

Cuando regresé, Alexander estaba esperando afuera.

—Explícamelo.

—Luna es hija de mi hermana.

El silencio fue absoluto.

Le conté lo necesario.

El accidente.

La tutela.

Los años criándola.

Nada más.

Alexander bajó lentamente la mirada.

—Entonces no es…

—Tu hija, no.

Pareció sentir alivio durante apenas un segundo.

Después apareció otra emoción.

—¿Por qué desapareciste?

Solté una pequeña risa.

—¿Seguimos con eso cuatro años después?

—Me dijiste que nunca fuimos del mismo mundo y desapareciste al día siguiente.

Lo miré.

—Tenías prometida.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No hace falta fingir.

—Elena, ¿qué prometida?

Saqué el teléfono.

Increíblemente, todavía conservaba una de aquellas capturas.

Se la mostré.

Alexander observó la fotografía.

Después soltó una maldición.

—¿Terminaste conmigo por esto?

—¿Te parece poco?

—Esa era una propuesta de nuestras familias.

—Exactamente.

—Que rechacé.

Esta vez fui yo quien quedó callada.

Alexander sacó su teléfono y buscó durante varios segundos.

Me mostró un correo fechado cuatro años atrás.

Una negativa formal.

Anterior a nuestra ruptura.

—Nunca acepté ese matrimonio.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Nunca me lo dijiste.

—¡Porque tú nunca me preguntaste!

—¡Porque tú nunca me contaste que existía!

Los dos quedamos en silencio.

Ahí estaba la verdad.

No había un gran villano escondido.

Éramos dos jóvenes orgullosos que habían esperado que el otro adivinara lo que nunca se atrevieron a decir.

Alexander respiró profundamente.

—¿Y aquella noche?

Aparté la mirada.

—Fue una despedida.

—Para ti.

Aquello dolió.

Pero cuatro años cambian a una persona.

Yo ya no era la chica que abandonaría una universidad, una ciudad o una oportunidad por seguirlo.

—Alexander, conocer la verdad no devuelve cuatro años.

—Lo sé.

—Y tampoco significa que vayamos a volver.

Esta vez no discutió.

Asintió.

—También lo sé.

Desde la villa llegó la voz de Luna.

—¡Tía!

Alexander levantó la cabeza.

Luna apareció de la mano de mi madre.

Al verme, corrigió inmediatamente:

—¡Mami!

Alexander soltó una risa breve.

Por primera vez aquella noche, no había rabia en ella.

Solo comprensión.

Me miró.

—Ahora entiendo por qué Daniel Zhang salió de aquí como si hubiera recibido una sentencia.

Casi sonreí.

—Luna es muy eficiente.

No volvimos aquella noche.

Ni la siguiente.

Alexander tuvo que conocer a la mujer en la que me había convertido, y yo tuve que descubrir quién era él sin los recuerdos de los veinte años interfiriendo entre nosotros.

Si alguna vez existía otra oportunidad, sería una historia nueva.

Porque la anterior había terminado cuatro años atrás.

ALEXANDER CREYÓ QUE LE HABÍA OCULTADO UNA HIJA; EN REALIDAD, LOS DOS HABÍAMOS PERDIDO CUATRO AÑOS POR OCULTARNOS LAS PALABRAS QUE MÁS IMPORTABAN.

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