PARTE 2 — DEMASIADO TARDE

—¡Noah!

Me lancé hacia él.

Pero Victoria fue más rápida.

La mujer que jamás había cargado a su nieto lo levantó del escritorio con manos temblorosas.

—¡Llamen a una ambulancia!

La sala de juntas estalló en movimiento.

El director legal llamó a emergencias.

Dos ejecutivos apartaron las sillas.

Oliver permaneció junto a la puerta, blanco como el papel.

Yo apoyé una mano sobre la frente de Noah.

Estaba ardiendo.

—Cariño, abre los ojos.

Nada.

—Noah, mamá está aquí.

Sus pestañas apenas se movieron.

Victoria me miró.

Toda la frialdad que había visto en ella durante años había desaparecido.

—¿Desde cuándo tiene esta fiebre?

—Desde esta mañana.

—¿Y Sebastian lo sabía?

La pregunta me hizo reír amargamente.

—Tendría que contestar su teléfono para saberlo.

Victoria cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía asustada.

Parecía furiosa.

—Encuentren a mi hijo.

Su secretario personal reaccionó inmediatamente.

—Presidenta…

—No quiero excusas.

Apretó a Noah contra su pecho.

—Quiero saber dónde está Sebastian Whitmore.

La ambulancia llegó nueve minutos después.

En el hospital, los médicos consiguieron estabilizar a Noah.

La fiebre había provocado una deshidratación severa, pero reaccionó al tratamiento.

Cuando finalmente abrió los ojos, yo estaba sentada junto a su cama.

—Mamá…

Le besé la mano.

—Estoy aquí.

Entonces señaló detrás de mí.

—¿Quién es esa señora?

Me volví.

Victoria estaba de pie junto a la ventana.

Había permanecido allí durante casi tres horas.

—Es…

No supe qué decir.

Victoria se acercó lentamente.

—Soy tu abuela.

Noah frunció el ceño.

—¿Tengo abuela?

Aquella pregunta golpeó a Victoria más fuerte que cualquier acusación.

—Sí.

Su voz se quebró.

—Y debería haberte conocido hace mucho tiempo.

Noah la observó.

Después levantó los brazos.

—¿Me cargas?

Victoria quedó petrificada.

Yo también.

Finalmente lo tomó.

Torpe.

Con cuidado.

Como si sostuviera algo demasiado precioso para sus manos.

Noah apoyó la cabeza contra su hombro.

Victoria cerró los ojos.

Y lloró.

Sin hacer ruido.

Por primera vez comprendí algo.

Sebastian no solo me había mantenido escondida a mí.

También le había ocultado a Noah a toda su familia.

Mi teléfono vibró.

Era Laura, mi mejor amiga.

Había investigado el número que llamó durante la reunión.

—Valeria, encontré a la mujer.

—¿Quién es?

—Camille Hart.

Reconocí inmediatamente el apellido.

Hija del presidente de Hartwell Capital.

Una de las familias financieras más poderosas del país.

—Hay más —continuó Laura—. Esta noche Hartwell Capital celebra una gala privada.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Sebastian?

—Está en la lista de invitados.

Cerré los ojos.

Treinta y dos días desaparecido.

Mientras su hijo enfermaba.

Mientras yo intentaba mantener nuestro matrimonio respirando sola.

Él estaba asistiendo a fiestas con otra mujer.

Victoria había escuchado.

—Dame la dirección.

La miré.

—¿Para qué?

—Vamos a buscar a mi hijo.

—Yo no voy.

Ella pareció sorprendida.

—Valeria…

—Pasé cinco años persiguiendo un matrimonio que solo existía cuando Sebastian necesitaba volver a casa.

Miré a Noah.

—Se acabó.

Saqué el teléfono.

Llamé a mi abogado.

—Prepare el divorcio.

Victoria quedó inmóvil.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Aquella noche, sin embargo, terminé yendo a la gala.

No para recuperar a Sebastian.

Para entregarle personalmente los papeles.

Victoria se quedó con Noah.

Yo llegué al Hotel Grand Meridian poco después de las nueve.

El salón estaba lleno de empresarios, políticos corporativos y herederos.

Y allí estaba él.

Sebastian.

Traje negro.

Copa de champán.

Perfectamente tranquilo.

Camille Hart estaba a su lado.

Su mano descansaba sobre el brazo de mi marido.

Sentí algo extraño.

No dolor.

No celos.

Solo vacío.

Caminé hacia ellos.

Sebastian me vio.

Su expresión cambió.

—Valeria.

Camille sonrió.

—Así que finalmente viniste.

Reconocí aquella voz.

Era la mujer del teléfono.

Saqué el sobre.

—Sebastian, firma.

Él miró los documentos.

—¿Qué es esto?

—Nuestro divorcio.

Su rostro se endureció.

—No hagas una escena.

Me reí.

Cinco años escondida.

Treinta y dos días abandonada.

Y todavía le preocupaba una escena.

—Nuestro hijo estuvo inconsciente hoy.

La copa se detuvo junto a sus labios.

—¿Qué?

—Fiebre de 39,8.

Sebastian palideció.

—¿Dónde está Noah?

—Con su abuela.

—¿Mi madre sabe?

—Ahora sabe todo.

Camille soltó lentamente su brazo.

Sebastian dio un paso hacia mí.

—Valeria, escucha. Lo de Camille no es lo que parece.

—No me importa.

Aquello lo detuvo.

—¿Qué?

—Puedes acostarte con quien quieras después de firmar.

—¡No estoy acostándome con ella!

Camille frunció el ceño.

—Sebastian.

Él la ignoró.

—He estado fuera porque estaba cerrando una operación.

—Durante treinta y dos días.

—Era confidencial.

—¿Tan confidencial que no podías preguntarme por tu hijo?

No respondió.

Le puse una pluma encima del sobre.

—Firma.

Sebastian miró los papeles.

Luego me miró a mí.

—No.

—Entonces nos veremos en tribunales.

Me di la vuelta.

Él me agarró de la muñeca.

—Valeria, espera.

Una voz masculina sonó detrás de nosotros.

—Suéltala.

Sebastian se quedó inmóvil.

Yo reconocí aquella voz.

Me giré.

Un hombre alto, de cabello oscuro, avanzaba entre los invitados.

Alexander Moore.

Mi hermano mayor.

El hombre que llevaba seis años trabajando en Europa.

Sebastian soltó inmediatamente mi muñeca.

—Alexander.

Mi hermano ni siquiera lo saludó.

Se acercó a mí.

—Llegué en cuanto Laura llamó.

Después miró a Sebastian.

—Así que tú eres el imbécil que escondió a mi hermana durante cinco años.

Varios invitados comenzaron a observarnos.

Sebastian apretó la mandíbula.

—Esto es un asunto matrimonial.

—Ya no.

Alexander sacó su teléfono.

—Hace dos horas Valeria renunció oficialmente a Whitmore Group.

Me giré hacia él.

—¿Qué?

Sonrió.

—Laura presentó la documentación que dejaste preparada.

Sebastian palideció.

—Valeria no puede irse ahora.

Lo miré.

—¿Por qué no?

—Porque diriges el proyecto Aurora.

—Lo dirigía.

—Ese contrato vale ochocientos millones.

—Lo sé.

—Sin ti podemos perderlo.

Por primera vez aquella noche sonreí.

—Entonces quizá debiste pensarlo antes de suspender a la mujer que diseñó todo el proyecto.

—Yo no ordené tu suspensión.

—Pero construiste una empresa donde podían llamar bastardo a tu hijo sin que nadie supiera quién era.

Sebastian no encontró respuesta.

Entonces escuchamos aplausos cerca del escenario.

El presidente de Hartwell Capital tomó el micrófono.

—Antes de anunciar nuestra nueva inversión, quisiera agradecer especialmente al señor Sebastian Whitmore.

Camille volvió a sonreír.

Comprendí.

Aquella era la operación secreta.

El presidente continuó.

—Durante el último mes hemos negociado una inversión estratégica en Whitmore Group.

Sebastian me miró.

Como si aquello demostrara que tenía razón.

Pero el hombre añadió:

—Sin embargo, esta tarde recibimos información preocupante sobre la dirección de la compañía.

Sebastian frunció el ceño.

—¿Qué información?

Las puertas del salón se abrieron.

Victoria Whitmore entró.

Sola.

Con el rostro helado.

Todos se apartaron.

Sebastian quedó blanco.

—Madre.

Victoria caminó hasta nosotros.

—He pasado las últimas cinco horas descubriendo cosas muy interesantes sobre mi propia empresa.

Miró a Camille.

Después a Sebastian.

—Y sobre mi hijo.

—Madre, puedo explicarlo.

—Tu hijo de tres años estaba inconsciente en un hospital mientras tú bebías champán.

—No sabía que estaba enfermo.

—Exactamente.

Victoria le dio una bofetada.

El sonido atravesó el salón.

Sebastian quedó inmóvil.

Camille retrocedió.

Victoria se volvió hacia mí.

—Valeria, encontré algo más.

Me entregó una carpeta.

—¿Qué es?

—Los documentos de constitución originales de Whitmore Group.

No entendía.

Ella señaló una página.

—Lee la cláusula doce.

Lo hice.

Mi corazón se detuvo.

Había una disposición relacionada con las acciones que pertenecieron al difunto esposo de Victoria.

Si Sebastian tenía un descendiente legítimo reconocido legalmente, una parte importante de aquellas acciones pasaba a un fideicomiso hereditario.

Beneficiario:

Noah Whitmore Moore.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Cuánto?

Victoria respondió:

—El dieciocho por ciento de Whitmore Group.

Sebastian perdió el color.

Pero eso no era todo.

Victoria sacó otro documento.

—Y esta mañana, después de saber cómo trataron a mi nieto, añadí mis propias acciones al fideicomiso.

Sebastian dejó de respirar.

—Madre…

—A partir de hoy, Noah será el mayor beneficiario individual de esta familia.

La sala quedó en silencio.

Victoria me miró.

—Y hasta que cumpla veintiún años, alguien deberá administrar esos derechos de voto.

Ya sabía la respuesta.

Aun así pregunté:

—¿Quién?

Victoria sonrió por primera vez.

—Su madre.

Sebastian dio un paso atrás.

Yo había entrado aquella mañana en Whitmore Group como una empleada suspendida.

Había llevado a mi hijo enfermo porque no tenía a nadie más.

Me habían llamado poco profesional.

Habían llamado ilegítimo a Noah.

Y menos de doce horas después…

Yo controlaba, en nombre de mi hijo, suficientes acciones para decidir el futuro de la empresa.

Pero cuando abrí la última página de la carpeta, encontré algo que Victoria todavía no había mencionado.

Una transferencia.

Treinta millones de dólares.

Autorizada tres semanas antes.

Firmada por Sebastian.

Destinatario:

Oliver Grant.

El mismo secretario que me había suspendido.

Levanté la vista.

—Victoria…

Ella miró el documento.

Su expresión cambió.

Sebastian intentó arrebatármelo.

Alexander lo detuvo.

—Ni lo intentes.

Miré nuevamente la transferencia.

Entonces comprendí algo aterrador.

Oliver no había conseguido su puesto por casualidad.

Y mi suspensión tampoco había sido una decisión impulsiva.

Alguien había pagado treinta millones para colocarlo cerca de Victoria.

Y por alguna razón…

Sebastian había sido quien autorizó el dinero.

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