PARTE 2: ESTA VEZ ME ELEGÍ A MÍ

—Quiero retirar mi consentimiento.

La enfermera permaneció inmóvil un segundo.

Ricardo levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

Mariana lo miró.

—No voy a donar mi riñón.

—¡Mariana, puedo morir!

Ella sintió el golpe de aquellas palabras.

Durante dieciséis meses había vivido exactamente bajo ese miedo.

Pero esta vez no cedió.

—Y yo puedo tener complicaciones por una cirugía que ya no quiero.

Ricardo intentó levantarse.

—¡Cometí un error!

—Nueve meses no son un error.

—¡Voy a dejarla!

Mariana negó lentamente.

—No estás arrepentido de engañarme. Estás aterrorizado porque acabas de perder el riñón que creías asegurado.

El equipo de trasplantes llegó pocos minutos después.

Mariana repitió su decisión.

El médico fue claro: como donante viva, podía retirar su consentimiento.

La cirugía se canceló.

Ricardo comenzó a suplicar.

Después se enfadó.

Luego volvió a llorar.

Mariana no cambió de opinión.

Cuando le retiraron la vía, sintió algo extraño.

No felicidad.

Libertad.

Pero el verdadero golpe llegó cuarenta minutos después.

Paola apareció en el hospital.

Había corrido tanto que todavía llevaba la identificación de la clínica colgada del cuello.

Al ver a Mariana vestida con su ropa normal, se detuvo.

—¿Qué ocurrió?

Ricardo no respondió.

Mariana tomó su bolso.

—El riñón seguirá conmigo.

Paola palideció.

Y su reacción fue demasiado intensa.

—¿Cancelaste?

No preguntó si Mariana estaba bien.

No preguntó qué había pasado.

Solo:

—¿Cancelaste?

Mariana la observó.

—Parece que tú también contabas con mi órgano.

Paola abrió la boca.

Ricardo intervino:

—Mariana, vete.

Ella lo hizo.

Tres días después presentó la solicitud de divorcio.

Y entonces comenzaron a aparecer cosas que dolían incluso más que la infidelidad.

Mientras revisaba las cuentas compartidas con su abogada, Mariana encontró transferencias periódicas.

Clínica Horizonte.

Durante nueve meses, Ricardo había pagado parte del alquiler de Paola.

También había usado dinero de la cuenta donde Mariana depositaba sus ingresos de los sábados.

Dinero que ella creía destinado a medicamentos.

Pero había algo todavía peor.

Una transferencia de 86,000 pesos realizada apenas dos semanas antes.

Concepto:

“Después del trasplante.”

Mariana entregó todo a su abogada.

Ricardo llamó aquella misma noche.

—Estás destruyendo mi vida.

—No, Ricardo.

Mariana miró los documentos.

—Solo dejé de sostenerla.

Dos meses después, Ricardo continuaba en tratamiento mientras esperaba otra opción médica.

Mariana nunca celebró aquello.

Había amado a ese hombre durante doce años.

Pero comprender que alguien te ha traicionado no convierte automáticamente su sufrimiento en algo que debas disfrutar.

Simplemente dejó de sacrificar su propia vida para salvar la de él.

Paola tampoco permaneció a su lado como había prometido.

Cuando comprendió que ya no habría recuperación rápida, nueva vida ni dinero disponible, la relación comenzó a desmoronarse.

Una tarde Ricardo apareció frente a la escuela de Mariana.

Estaba más delgado.

—Paola se fue.

Mariana permaneció en silencio.

—Tenías razón.

—¿Sobre qué?

Ricardo bajó la mirada.

—Ella quería al hombre que esperaba ser después del trasplante.

Mariana respiró profundamente.

—Y tú despreciaste a la mujer que estuvo contigo mientras estabas enfermo.

Ricardo comenzó a llorar.

—¿Alguna vez podrás perdonarme?

Mariana pensó en las madrugadas de hemodiálisis.

En las cuentas.

En el teléfono vibrando treinta y cinco minutos antes de la cirugía.

Y finalmente respondió:

—Tal vez algún día.

Ricardo levantó los ojos con esperanza.

Entonces Mariana terminó:

—Pero perdonarte no significa volver contigo.

Se dio la vuelta.

Aquella noche llegó a su casa y encontró sobre la mesa los planos antiguos de la terraza que Ricardo siempre prometía construir.

Los observó unos segundos.

Después llamó a un constructor.

Tres meses más tarde, Mariana tomó café por primera vez en aquella terraza terminada.

La había pagado ella.

La había elegido ella.

Y ya no esperaba que ningún hombre cumpliera la promesa.

Treinta y cinco minutos antes de entrar a un quirófano, Mariana creyó que estaba a punto de salvar la vida de su esposo.

Con el tiempo comprendió algo distinto.

La vida que terminó salvando fue la suya.

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