PARTE 2: ESTA VEZ, ME ELEGÍ A MÍ

—No estoy bromeando.

Adrian se quedó inmóvil.

Lily también.

Por primera vez en tres años, no intenté tranquilizarlos.

—Te quiero, Lily —dije—. Eres mi mejor amiga. Pero esto no tiene nada que ver contigo.

Luego miré a Adrian.

—Estoy terminando contigo.

Su expresión se endureció.

—¿Por unos regalos?

—No. Por tres años sintiéndome invitada en mi propia relación.

Lily negó rápidamente.

—Clara, yo nunca quise quitarte nada.

—Lo sé.

Y era verdad.

Ese era precisamente el problema.

Lily nunca había tenido que pedir.

Adrian se lo entregaba todo antes.

Cada detalle.

Cada celebración.

Cada momento que debía pertenecernos.

Adrian soltó una risa incrédula.

—¿Estás celosa de mi hermana enferma?

Aquella frase habría conseguido hacerme sentir culpable unas horas antes.

Ahora no.

—No estoy pidiéndote que dejes de quererla. Estoy aceptando que tú y yo entendemos una relación de manera diferente.

Saqué del bolso la pequeña caja de la joyería.

Se la devolví.

—Dale también este anillo.

—Clara.

—Así tendrán el par completo.

Me marché.


Adrian pensó que regresaría.

Al día siguiente llamó diecisiete veces.

Después llegaron los mensajes.

“Estás exagerando.”

“Lily no deja de llorar.”

“¿De verdad vas a destruir tres años por esto?”

No respondí.

Una semana después confirmé mi incorporación en Chicago.

Cuando Lily descubrió que me marchaba, apareció en mi apartamento.

Tenía los ojos hinchados.

—¿También vas a abandonarme a mí?

La pregunta me dolió.

La hice pasar.

—Nunca fuiste el problema, Lily.

—Entonces ¿por qué te vas?

La miré durante unos segundos.

—Porque quiero descubrir quién soy cuando dejo de organizar mi vida alrededor de tu hermano.

Lily bajó la cabeza.

Entonces dijo algo inesperado.

—Creo que Adrian siempre pensó que tú aguantarías todo porque me querías.

Aquello me confirmó que había tomado la decisión correcta.


Dos meses después estaba en Chicago.

Volví a enseñar.

Volví a investigar.

Volví a tener conversaciones que no giraban alrededor de Adrian Walker.

Una tarde, después de terminar una clase, encontré un mensaje de Lily.

Era una fotografía.

Sobre una mesa estaban los dos anillos de nuestro aniversario.

Debajo escribió:

“Le devolví el mío. Le dije que dejara de usarme como excusa para no aprender a ser pareja de alguien.”

Sonreí.

Respondí solamente:

“Gracias.”

Aquella noche Adrian llamó.

Esta vez contesté.

—Clara, lo entendí.

Su voz parecía diferente.

—Siempre pensé que cuidar a Lily demostraba que era un buen hombre. Nunca entendí que estaba utilizando eso para justificar cada vez que te hacía sentir segunda.

Guardé silencio.

—Puedo cambiar —continuó—. Vuelve.

Miré por la ventana de mi apartamento.

Chicago brillaba abajo.

Mi nueva vida apenas empezaba.

—Espero que cambies, Adrian.

Él respiró aliviado.

Hasta que terminé:

—Pero no para recuperarme.

Hubo silencio.

—Entonces… ¿se acabó?

—Se acabó aquella noche.

Colgué.

Durante tres años creí que amar significaba esperar pacientemente hasta que alguien aprendiera a elegirme.

Estaba equivocada.

A veces el verdadero final feliz no consiste en que finalmente te elijan.

Consiste en dejar de esperar…

y elegirte tú primero.

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