PARTE 2: ESTA VEZ, ME ELEGÍ A MÍ

Noah regresó del baño cuarenta minutos después.

—Tengo una reunión esta noche —dijo mientras se abotonaba la camisa.

No pregunté con quién.

Ya lo sabía.

—Está bien.

Mi tranquilidad pareció incomodarlo.

A las seis salió de casa.

A las seis y diez llamé a mi abogada.

—Quiero el divorcio.

Hubo un breve silencio.

—¿Estás segura?

Miré nuestra fotografía de boda.

—Nunca había estado tan segura.

Noah regresó después de medianoche.

Olía al mismo perfume que Sofía usaba desde la preparatoria.

—¿Sigues despierta?

Dejé una carpeta sobre la mesa.

—Te estaba esperando.

La abrió.

Su expresión cambió.

—¿Divorcio?

—Sí.

—¿Por Sofía?

Sonreí.

—No. Por mí.

Por primera vez, Noah pareció confundido.

—Ella acaba de regresar. Solo necesitaba verme.

—Y fuiste.

—Tenemos una historia.

—Exactamente.

Me quité el anillo.

—Una historia en la que yo nunca debí entrar.

Noah apretó la mandíbula.

—Estás exagerando.

Entonces puse su teléfono frente a él.

—Tu contraseña sigue siendo NoahSofía.

Se quedó completamente callado.

No necesitaba otra respuesta.


Dos semanas después me mudé.

No pedí su empresa.

No luché por su dinero.

Solo recuperé mis inversiones y aquello que había aportado al matrimonio.

Noah firmó creyendo que tarde o temprano regresaría.

No lo hice.

Y lo más extraño ocurrió tres meses después.

Sofía me llamó.

—Necesito hablar contigo.

Estuve a punto de colgar.

Entonces dijo:

—No regresé para recuperar a Noah.

Guardé silencio.

—¿Entonces para qué?

—Para decirle la verdad sobre nuestra ruptura.

Nos encontramos esa tarde.

Sofía dejó sobre la mesa una vieja carta.

—Yo no abandoné a Noah —dijo—. Su padre me obligó a desaparecer.

Le había ofrecido dinero a su familia para alejarla.

Cuando ella se negó, amenazó con destruir el pequeño negocio de sus padres.

Sofía terminó marchándose.

—¿Noah nunca lo supo?

—No.

Entonces comprendí por qué su regreso lo había sacudido tanto.

Pero aquello no cambiaba mi decisión.

—¿Todavía lo amas? —pregunté.

Sofía negó lentamente.

—Amaba al muchacho que era. No conozco al hombre en que se convirtió.

Una semana después, Noah apareció frente a mi apartamento.

Tenía los ojos rojos.

Ya sabía toda la verdad.

—Perdí años odiándola —murmuró—. Y después te castigué a ti por algo que nunca hiciste.

No respondí.

—Quiero arreglar nuestro matrimonio.

Lo miré durante unos segundos.

Durante años había esperado escuchar esas palabras.

Ahora llegaban demasiado tarde.

—Noah, Sofía no destruyó nuestro matrimonio cuando regresó.

Su rostro se tensó.

—Entonces ¿quién?

—Tú. Cada día que me hiciste sentir como la segunda opción.

Cerré la puerta.

Y esa noche entendí finalmente por qué Noah nunca me había amado como yo necesitaba.

Pero también entendí algo mucho más importante:

ya no necesitaba descubrir a quién amaba él.

Por primera vez, había empezado a elegirme a mí.

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