PARTE 2: ESTA VEZ, ETHAN SERÍA MÍO

Alexander permaneció inmóvil.

Sus manos seguían sobre mis hombros.

—¿Una última vez?

Asentí.

No podía explicarle que no estaba intentando retenerlo.

Ni recuperar su amor.

Ni competir con Sophia.

Solo quería volver a escuchar una voz que llevaba siete años persiguiéndome incluso después de despertar en el pasado.

“Mamá.”

Alexander me estudió durante varios segundos.

—Mañana no quiero lágrimas ni arrepentimientos.

—No los habrá.

Y cumplí mi palabra.

A la mañana siguiente desperté sola.

Su lado de la cama estaba frío.

Sobre la mesa había dejado su anillo matrimonial.

Lo observé.

Después guardé el mío en un cajón.

Aquello había terminado.

Ahora solo faltaba saber si Ethan había regresado conmigo.

Alexander se marchó a la base.

Sophia también desapareció de mi vida.

Chloe creyó que yo estaba destrozada.

—Mi hermano ni siquiera regresará antes de que salga el divorcio.

Sonreí.

—Mejor.

—¿No vas a intentar detenerlo?

—No.

Su expresión cambió.

La antigua Isabella habría llorado.

Habría preparado comida para Alexander.

Habría buscado cualquier excusa para visitar la base.

Esta vez vendí algunas joyas, alquilé un pequeño apartamento en otra ciudad y abrí una cuenta únicamente a mi nombre.

No tenía intención de depender de los Hale después del divorcio.

Veintidós días después desperté con náuseas.

Me quedé sentada al borde de la cama.

El corazón comenzó a golpearme.

No quise ilusionarme.

Compré una prueba.

Esperé.

Dos líneas.

Mis rodillas cedieron.

Me senté en el suelo del baño y cubrí mi boca con ambas manos.

Lloré.

Pero por primera vez desde que había vuelto al pasado, eran lágrimas de felicidad.

—Ethan…

Apoyé una mano sobre mi vientre.

—Volviste con mamá.

Aquella tarde fui a una clínica lejos de la residencia militar.

El médico confirmó el embarazo.

Cinco semanas.

Todo coincidía.

Guardé el informe dentro del bolso.

No se lo conté a nadie.

Especialmente a Alexander.

En mi primera vida había cometido el error de creer que un hijo podía convertirnos en familia.

Esta vez sabía que Ethan y yo ya éramos una familia.

No necesitábamos un tercer miembro que nos tratara como una obligación.

Ocho días después llegó la aprobación.

DIVORCIO CONCEDIDO.

Firmé inmediatamente.

Empaqué dos maletas.

Dejé las joyas de Eleanor Hale que pertenecían a la familia.

Dejé las tarjetas.

Las llaves.

Los regalos de Alexander.

Sobre la mesa coloqué únicamente una nota:

“Gracias por cumplir la última promesa que hiciste a tu madre. Desde hoy eres libre.”

Y me marché.

A las diez de la mañana siguiente, Alexander regresó inesperadamente de la base.

—¿Dónde está Isabella?

El ayudante evitó su mirada.

—General, la solicitud de divorcio fue aprobada esta mañana.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Ella armó algún escándalo?

—No, señor.

El ayudante tragó saliva.

—La señora Hale está embarazada. Empacó sus cosas y abandonó la residencia.

La carpeta cayó de las manos de Alexander.

—¿Qué dijiste?

—Está embarazada.

Por primera vez, aquel hombre que podía recibir noticias de combate sin cambiar de expresión perdió completamente el color.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos.

Alexander sacó el teléfono.

Me llamó.

Una vez.

Cinco.

Doce.

Yo estaba dentro de un tren cuando finalmente respondí.

—Isabella.

Su voz sonaba diferente.

—¿Estás embarazada?

Miré por la ventana.

—Sí.

Silencio.

—Regresa.

—No.

—Ese hijo también es mío.

Cerré los ojos.

En mi primera vida habría dado cualquier cosa por escucharlo reclamar a Ethan como suyo.

Ahora recordaba demasiadas cosas.

Un niño esperando junto a una ventana.

Un pastel de cumpleaños intacto.

Un dibujo arrugado entre pequeñas manos.

Y finalmente una carretera.

—Biológicamente, sí.

Mi voz tembló.

—Pero tú nunca quisiste una familia conmigo.

—No decidas por mí.

Aquello me hizo reír tristemente.

—Alexander, ya viví demasiado tiempo esperando que decidieras.

Colgué.

Cambiar de ciudad no hizo que desapareciera.

Dos semanas después apareció frente a mi apartamento.

No llevaba uniforme.

No llevaba ayudantes.

Solo sostenía una bolsa con vitaminas prenatales.

—¿Cómo me encontraste?

—Soy militar, Isabella.

Miró mi vientre.

Todavía no se notaba.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿El bebé?

—También.

Intentó entrar.

Bloqueé la puerta.

—No.

Alexander me miró.

—Quiero acompañarte a las revisiones.

Sentí rabia.

No por aquella vida.

Por la anterior.

—¿Por qué?

—Porque soy su padre.

—También lo eras antes.

Se quedó inmóvil.

Había hablado demasiado.

—¿Antes?

Mi corazón se detuvo.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Llevas semanas hablando como si ya supieras exactamente qué clase de padre voy a ser.

No respondí.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Qué ocurrió contigo?

Apreté la puerta.

—Aprendí.

—¿De qué?

Pensé en Ethan muriendo entre mis brazos.

No podía contárselo.

—De esperar demasiado.

Cerré la puerta.

Pero Alexander no regresó inmediatamente a la base.

Comenzó a aparecer cada semana.

Nunca entraba sin permiso.

Dejaba fruta.

Medicamentos.

Dinero que yo devolvía.

Una vez encontró la bolsa nuevamente frente a la residencia militar con una nota:

“No necesito que mantengas a mi hijo por obligación.”

A partir de entonces dejó de enviar dinero.

Empezó a escribir cartas.

No de amor.

Preguntaba por el bebé.

Yo tampoco respondía.

Hasta que una tarde, durante una revisión, escuché por primera vez los latidos.

Me quedé completamente inmóvil.

El sonido llenó la habitación.

Rápido.

Fuerte.

Vivo.

Me cubrí la boca.

—Ethan…

El médico levantó la mirada.

—¿Ya eligió nombre?

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Sí.

—Ethan.

Aquella noche encontré a Alexander esperando frente al edificio.

Me vio llorar.

Se levantó inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

Negué.

—Nada malo.

Entonces hice algo que después lamenté.

Le entregué la fotografía de la ecografía.

Alexander la sostuvo como si fuera algo demasiado frágil para sus manos.

—¿Es…?

—Tu hijo.

Sus ojos se humedecieron.

Yo jamás había visto llorar a Alexander Hale.

Ni siquiera durante el funeral de su madre.

—¿Cómo se llamará?

Debí mentir.

Pero no pude.

—Ethan.

Alexander dejó de respirar.

—¿Ethan?

Levantó la mirada lentamente.

—Ese era el nombre que mi madre quería ponerle a su primer nieto.

Lo había olvidado.

En mi primera vida Alexander había elegido aquel nombre.

Yo siempre pensé que había sido casualidad.

No lo era.

Por primera vez comprendí algo inquietante.

Quizá yo no era la única que estaba repitiendo ciertos pasos.

Entonces Alexander susurró:

—No sé por qué…

Apretó la ecografía.

—Pero cuando dijiste ese nombre sentí que ya había perdido a este niño una vez.

Mi sangre se volvió fría.

Lo miré.

Alexander parecía tan desconcertado como yo.

Y por primera vez desde que había renacido comprendí que mi segunda oportunidad quizá escondía algo que jamás había considerado.

Tal vez yo no era la única que conservaba fragmentos de aquella vida.

Pero ya no importaba si Alexander llegaba a recordar.

Esta vez Ethan no crecería esperando que su padre lo eligiera.

Y si Alexander quería formar parte de su vida, tendría que aprender algo que nunca aprendió en la anterior:

ser padre no era un derecho que pudiera reclamar.

Era un amor que tendría que demostrar.

Related Posts

PARTE 2: LA CAJA ROJA NO ERA UN REGALO… ERA LA RAZÓN POR LA QUE GENE PODÍA PERDERLO TODO

Gene abrió la caja. Primero frunció el ceño. Después gritó. —¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! Dentro no había joyas. Había una pequeña llave plateada y una tarjeta doblada….

PARTE 2: EL LOBBY ERA EL PEOR LUGAR PARA ESCONDERME

Daniel Cole no recogió la carpeta que había caído al suelo. Seguía mirándome. Luego miró mi uniforme. La placa sobre mi pecho decía: OLIVIA HAYES — RECEPCIÓN…

PARTE 2: LA PULSERA NO ERA DE CLARA

—Detén el coche. Adrián me miró por el retrovisor. —Está lloviendo. —He dicho que pares. El automóvil se detuvo junto a la acera. Antes de bajar, respiré…

PARTE 2: CUANDO DESPERTÉ, ALEXANDER YA NO ERA EL PRESIDENTE

A las siete y doce de la mañana encendí el teléfono. Ciento diecinueve llamadas perdidas. Alexander había llamado cuarenta y tres veces. Su padre, diecisiete. Vanessa, nueve….

PARTE 2: LA POLICÍA NO HABÍA VENIDO POR MI DÓLAR

Daniel apartó ligeramente la cortina. —Claire… son policías. Sentí un vuelco en el estómago. Dos agentes esperaban frente a nuestra puerta. Abrí. —¿Claire Morgan? —Sí. —Necesitamos hacerle…

PARTE 2: EL HOMBRE DEL MAYBACH NO ERA SU NOVIO

Valeria salió lentamente del coche. —Señor Bennett… Mi padre arqueó una ceja. —¿Nos conocemos? Aquella pregunta me dejó helada. Valeria también. —Papá —dije—, ella lleva cuatro años…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *