Durante los siguientes catorce días, Adrian empezó a notar pequeños cambios.
No porque de repente me prestara atención.
Sino porque las cosas que yo hacía por él comenzaron a desaparecer.
Dejé de organizar sus camisas.
Dejé de recordarle sus reuniones.
Dejé de llenar el refrigerador con sus comidas favoritas.
Y, sobre todo, dejé de preguntarle a qué hora volvería.
Al quinto día me encontró guardando ropa en dos maletas.
—¿Vas a viajar?
—Sí.
—¿Por trabajo?
—Sí.
Adrian miró las maletas.
—¿Cuánto tiempo?
Lo observé.
Era la primera pregunta real que hacía sobre mi traslado.
—Mucho.
Su teléfono sonó.
Vanessa.
Adrian contestó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Escuchó durante unos segundos.
Después tomó las llaves.
—Voy para allá.
Antes de salir me dijo:
—Hablamos luego.
No lo hicimos.
Tres días antes de mi vuelo recibí la confirmación definitiva del visado.
También cancelé la cita del Registro Civil.
La empleada preguntó:
—¿Desea cambiar la fecha?
Miré el nombre de Adrian junto al mío.
—No.
—¿Entonces cancelo definitivamente?
—Sí.
Esa noche Adrian regresó casi a medianoche.
Dejó una bolsa sobre la mesa.
—Compré tu pastel favorito.
Me sorprendió.
Durante cuatro años nunca recordaba cuál era.
Abrí la caja.
Chocolate con cerezas.
Sonreí.
—Ese es el favorito de Vanessa.
Adrian se quedó inmóvil.
—Pensé que también te gustaba.
—Soy alérgica a las cerezas.
El silencio fue incómodo.
Cerré la caja.
—Dáselo mañana.
Por primera vez pareció avergonzado.
—Últimamente estás muy rara.
—Quizá simplemente dejé de esforzarme.
—¿Por qué?
Casi me reí.
Cuatro años preguntando.
Cuatro años intentando acercarme.
Y ahora que yo había dejado de hacerlo, finalmente quería saber por qué.
—No importa.
Adrian frunció el ceño.
—Claro que importa.
Lo miré directamente.
—Como quieras, Adrian.
Su expresión cambió.
Escuchar sus propias palabras pareció molestarle mucho más de lo que esperaba.
Llegó el día 15.
A las ocho de la mañana arrastré mis maletas hacia la puerta.
Adrian apareció vestido con el traje que finalmente había recogido él mismo.
—¿Adónde vas?
—Al aeropuerto.
Su rostro perdió lentamente la expresión.
—¿Hoy?
—Hoy.
—Pero hoy tenemos que ir al Registro Civil.
—No.
Saqué del bolso la confirmación de cancelación.
—Teníamos que ir.
Adrian tomó el documento.
Lo leyó dos veces.
—¿Cancelaste nuestra cita?
—Sí.
—¿Sin preguntarme?
Aquello sí me hizo sonreír.
—Te pregunté durante cuatro años.
Su mandíbula se tensó.
—¿Y el traslado?
—Lo acepté.
—Pensé que todavía estabas decidiendo.
—Decidí aquella noche.
—¿Qué noche?
—La última vez que me dijiste “como quieras”.
Adrian guardó silencio.
Entonces pareció comprender.
—¿Cuándo vuelves?
—No tengo fecha.
—¿Meses?
Negué.
—Firmé un contrato de cinco años.
Su rostro palideció.
—¿Cinco años?
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—¿Cómo pudiste tomar una decisión así sin hablar conmigo?
—Hablé contigo.
—¡No me dijiste que serían cinco años!
—Te pregunté si querías que me fuera.
Su voz bajó.
—Y yo dije…
No terminó.
No hacía falta.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Vanessa.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Adrian ni siquiera miró la pantalla.
—No puedes irte así.
—Sí puedo.
—¿Y nosotros?
Lo miré durante varios segundos.
—¿Nosotros?
Aquella palabra pareció herirlo.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
—No, Adrian. Durante cuatro años nunca lo supe.
Tomé la maleta.
Él bloqueó la puerta.
—Dime qué tengo que hacer para que te quedes.
Y entonces recordé aquella conversación que había cambiado todo.
“Mi familia quiere presentarme a otro hombre.”
“¡No vayas!”
Qué fácil había sido para él.
Cuando realmente temía perder a alguien, sabía perfectamente qué decir.
Aparté su mano de la puerta.
—Llegaste demasiado tarde.
—Puedo cambiar.
—Quizá.
Asentí.
—Pero ya no quiero quedarme para comprobarlo.
Pasé junto a él.
Adrian pronunció mi nombre.
No me giré.
Entonces dijo desesperadamente:
—¡No quiero que te vayas!
Me detuve.
Durante años había esperado esas palabras.
Y ahora no significaban nada.
Giré ligeramente la cabeza.
—¿Ves? Sí sabías decirlo.
Su rostro se quedó completamente blanco.
Salí.
Cuando el ascensor comenzó a cerrarse, Adrian seguía parado frente a la puerta.
Solo.
Su teléfono continuaba sonando.
Vanessa seguía llamándolo.
Pero esta vez él no respondió.
Y yo tampoco volví.

Porque finalmente había entendido algo:
el amor no consiste en esperar eternamente a que alguien decida elegirte.
A veces consiste en escuchar por última vez:
“Como quieras”.
Y responder con tus actos:
“Entonces quiero irme.”