PARTE 2: ESPECTRO VOLVIÓ A LEVANTARSE

El hombre retrocedió un paso.

Su fusil comenzó a temblar entre las manos.

—No… no puede ser…

Los otros cinco mercenarios lo miraron confundidos.

—¿Qué demonios dices?

Él no apartaba la vista de mi rostro.

Aunque llevaba cinco años alejada del servicio, aunque mi cabello era más largo y vestía ropa civil debajo del chaleco táctico, había algo imposible de olvidar.

Mi mirada.

—Es ella… —repitió con la voz quebrada—. La comandante Espectro.

El líder del grupo soltó una carcajada.

—¿Esa ama de casa ensangrentada?

Se acercó unos pasos.

—Cinco mil millones son por Adrian Cole, no por una mujer…

No terminó la frase.

Con la mano izquierda tomé un pequeño fragmento de concreto del suelo y lo lancé.

No iba dirigido a él.

Golpeó el interruptor principal del generador.

Toda la planta quedó completamente a oscuras.

—¡Visión nocturna! —gritó alguien.

Demasiado tarde.

La oscuridad siempre había sido mi territorio.


Cinco años antes, durante una operación en la frontera norte, mi unidad había permanecido cuarenta y ocho horas moviéndose únicamente entre sombras.

Fue entonces cuando comenzaron a llamarme Espectro.

Porque los enemigos solo encontraban cuerpos.

Nunca a quien los había derrotado.


El primer mercenario cayó sin emitir un sonido.

Su arma golpeó el suelo.

El segundo intentó disparar.

Le sujeté la muñeca, desvié el cañón y su propia bala atravesó la linterna táctica de su compañero.

La explosión de cristales cegó al resto.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

En menos de veinte segundos, el pasillo volvió a quedar en silencio.

Solo permanecía de pie el hombre que me había reconocido.

Estaba completamente pálido.

—Comandante…

Lentamente dejó su fusil en el suelo.

—No sabíamos que estaba aquí.

Mi pierna seguía sangrando.

Cada respiración dolía.

Pero mi voz permaneció firme.

—¿Quién los contrató?

Él dudó.

—Si hablo…

—Morirás.

Asintió lentamente.

—Si no hablo…

Lo miré fijamente.

—También.

Cerró los ojos unos segundos.

Después habló.

—Nos contrató una organización llamada Eclipse.

Ese nombre hizo que mi expresión cambiara por primera vez.

Eclipse.

No eran simples mercenarios.

Eran una red internacional responsable de decenas de asesinatos de oficiales militares.

Hacía seis años yo había destruido tres de sus bases.

Creía que habían desaparecido.

Estaba equivocada.

—¿Quién dirige la operación? —pregunté.

—No lo sabemos.

—¿Quién conoce al objetivo?

—Solo recibimos fotografías de Adrian Cole y los planos del complejo.

Fruncí el ceño.

Los planos.

Eso significaba que alguien desde dentro había filtrado información militar.

Mi radio, que llevaba años guardada en el fondo de una mochila de emergencia, seguía escondida bajo una viga caída.

La recuperé.

La batería marcaba apenas un cinco por ciento.

Suficiente.

Pulsé la frecuencia que no utilizaba desde hacía cinco años.

Durante unos segundos solo hubo estática.

Entonces una voz apareció.

—…Central Filo Negro.

Respiré profundamente.

—Aquí Espectro.

Silencio absoluto.

Luego se escuchó un ruido metálico.

Alguien había dejado caer una taza.

Después otra voz, mucho más alterada.

—¡Confirmen identidad!

—Código Sierra-Ocho-Cuatro.

—Clave secundaria.

—”Las sombras nunca abandonan a los suyos.”

Pasaron dos segundos.

Toda la central explotó en actividad.

—¡Es ella!

—¡La comandante volvió!

—¡Localicen su señal inmediatamente!

Una voz grave interrumpió todas las demás.

Era el general Marcus Reed.

El hombre que había ocupado el mando supremo tras mi retirada.

—Espectro.

—General.

—Llevamos cinco años esperando escuchar esa voz.

Miré mi pierna atravesada por la bala.

—Tengo contacto con Eclipse.

Del otro lado nadie volvió a respirar.

—Repita.

—Eclipse sigue activo.

—Imposible.

—Tengo prisioneros.

Hice una pausa.

—Y creo que hay un infiltrado dentro del Distrito Militar del Este.

El general respondió sin dudar.

—¿Necesita extracción?

Giré la cabeza hacia la ventana rota.

A lo lejos todavía podía verse el humo.

En algún lugar de aquel complejo, Adrian seguía evacuando a Claire, completamente convencido de que yo era solo una civil atrapada.

Ignoraba que la mujer a la que había despreciado durante cinco años era la única persona capaz de detener la operación que acababa de comenzar.

—Negativo.

Mi voz volvió a sonar igual que en los viejos tiempos.

Fría.

Precisa.

Implacable.

—Solicito reactivación inmediata de autoridad operativa.

El general no necesitó consultarlo con nadie.

—Autorizada.

Las siguientes palabras hicieron que incluso los mercenarios esposados levantaran la cabeza.

—Desde este instante queda restituido su rango.

—Bienvenida de nuevo, comandante Espectro.

Apreté con fuerza la radio.

Cinco años atrás había abandonado aquel nombre por amor.

Hoy lo recuperaba entre humo, sangre y disparos.

Y esta vez no pensaba volver a dejarlo atrás.

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