PARTE 2: ELLA NO ERA SU AMANTE

Maso intercambió una mirada con Leah.

Ninguno de los dos habló durante unos segundos.

Finalmente, Maso dejó el café sobre la mesa.

—Porque si esperamos unas horas más, ya no habrá nada que salvar.

Solté una risa amarga.

—¿Mi matrimonio?

—No.

Negó lentamente.

—Tu vida.

La habitación quedó en silencio.

Leah abrió su maletín y comenzó a sacar un tensiómetro como si aquella conversación fuera la más normal del mundo.

—Siéntate.

—No necesito…

—No era una sugerencia.

La conocía desde hacía años.

Sabía que discutir con una cirujana acostumbrada a decidir quién vivía y quién moría era completamente inútil.

Me senté.

Mientras me tomaba la presión, Maso caminó hasta la ventana.

Miró la calle antes de bajar aún más la voz.

—Anoche no viste toda la historia.

Levanté la cabeza.

—Vi exactamente lo necesario.

—No.

Giró hacia mí.

—Viste a Alessandro entrar con una mujer.

No viste por qué.

Sentí el estómago encogerse.

—No pienso escuchar excusas.

—No son excusas.

Son hechos.

Sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo.

Lo dejó sobre el banco de trabajo.

—Ábrelo.

No me moví.

Él lo abrió por mí.

Dentro había varias fotografías.

La primera mostraba a Camila entrando en un estacionamiento subterráneo.

La segunda…

Me hizo contener la respiración.

Dos hombres la sujetaban por los brazos.

Uno de ellos apuntaba discretamente una pistola contra sus costillas.

En la tercera aparecía Alessandro.

No abrazándola.

No besándola.

Estaba hablando con aquellos hombres mientras mantenía las manos completamente visibles, como alguien que intenta evitar que disparen.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es esto?

Maso respondió con calma.

—Hace cuatro días secuestraron al hermano menor de Camila.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—La obligaron a acercarse al jefe.

—¿Quiénes?

Maso guardó silencio.

Leah terminó de quitarme el brazalete de presión.

—Los DeLuca.

Mi sangre pareció helarse.

Los DeLuca.

La única familia que llevaba más de veinte años intentando destruir a los Romano.

Maso continuó.

—Le ordenaron seducir a Alessandro durante el viaje a Chicago.

—Eso no explica por qué apareció en mi cumpleaños.

—Porque anoche era el único lugar donde Alessandro podía mantenerla con vida.

Lo miré sin comprender.

Él respiró profundamente.

—Los hombres que secuestraron a su hermano estaban entre los invitados.

Tardé varios segundos en procesarlo.

—¿Estás diciendo que…?

—Si Alessandro rechazaba públicamente a Camila…

Maso hizo una pausa.

—Su hermano aparecía muerto antes del amanecer.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Yo recordé entonces algo que había pasado completamente desapercibido entre mi rabia.

Camila no sonreía.

Temblaba.

Y tenía un moretón en la muñeca.

Leah habló por primera vez desde hacía varios minutos.

—Cuando le entregaste el anillo…

Se quedó callada un instante.

—Camila empezó a llorar.

Cerré los ojos.

No lo había visto.

Solo había visto mi propio dolor.

—Entonces… ¿por qué Alessandro no me dijo nada?

Maso soltó una risa sin humor.

—Porque es Alessandro Romano.

—Eso no responde.

—Sí responde.

Se pasó una mano por la barba.

—Prefiere que lo odies antes que darte información que pueda ponerte en peligro.

Aquella frase me golpeó con fuerza.

Porque era exactamente el tipo de estupidez heroica que Alessandro era capaz de hacer.

Sacudí la cabeza.

—No.

Eso no cambia lo que hizo.

Podía haberme mirado.

Podía haber dicho una palabra.

Una sola.

Maso asintió lentamente.

—Estoy de acuerdo.

El jefe tomó la peor decisión posible.

Pensó como un hombre que lleva treinta años sobreviviendo a emboscadas.

Olvidó pensar como un esposo.

Antes de que pudiera responder, sonó el teléfono de Maso.

Contestó de inmediato.

No habló.

Solo escuchó.

Su expresión cambió por completo.

—¿Estás seguro?

—¿Dónde?

—No permitan que entre nadie.

Colgó lentamente.

Leah se puso de pie antes incluso de preguntar.

—¿Qué pasó?

Maso me miró directamente.

—La mansión.

Sentí que el corazón se aceleraba.

—¿Qué ocurre con la mansión?

Él tragó saliva.

—Hace veinte minutos encontraron muerto a Ruggero Romano en su despacho.

El aire desapareció de mis pulmones.

—¿Qué…?

—Y alguien escribió una sola frase con sangre sobre el escritorio.

Noté que Maso dudaba.

Como si no quisiera repetir aquellas palabras.

—¿Qué decía?

Me sostuvo la mirada.

—”La próxima será la esposa”.

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