PARTE 2: ELEGIRNOS SIN MIEDO

Miré el anillo.

Después miré a Daniel.

Y dije algo que hizo desaparecer todas las sonrisas de la cafetería.

—Levántate.

Daniel obedeció lentamente.

—No voy a casarme contigo hoy.

Su madre abrió la boca.

Mi padre dejó el vaso sobre la mesa.

—Lucía…

Levanté una mano.

—Y tampoco voy a tomar una decisión sobre los bebés porque todos ustedes ya estén buscando apartamento, comprando pulseras y planeando habitaciones.

Mi madre palideció.

—Solo queremos ayudarte.

—Lo sé. Pero necesito poder respirar.

Daniel cerró la caja del anillo.

Por un instante pensé que lo había herido.

Entonces asintió.

—Tiene razón.

Su padre frunció el ceño.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Daniel se colocó a mi lado.

No delante de mí.

A mi lado.

—Primero vamos a terminar la universidad.

Me miró.

—Después buscaremos trabajo.

—¿Y los bebés? —preguntó su madre.

Daniel respiró profundamente.

—Esa decisión es de Lucía. Yo puedo decirle que quiero estar con ella, pero no puedo decidir por ella.

Aquellas palabras fueron más importantes para mí que el anillo.

Durante las siguientes semanas no hubo boda improvisada.

Ni apartamento comprado a nuestras espaldas.

Ni decisiones tomadas por nuestros padres.

Hubo conversaciones.

Muchas.

Algunas terminaron en lágrimas.

Otras en miedo.

Daniel comenzó a trabajar turnos adicionales, hasta que lo obligué a detenerse.

—No necesito que te destruyas para demostrar que serás buen padre.

—Necesitamos dinero.

—También necesito que termines la carrera.

Así que hicimos un plan.

Nuestros padres ayudarían, pero con límites.

Nosotros seguiríamos estudiando.

Daniel conservaría sus ahorros.

Yo solicitaría una plaza de prácticas que permitiera ajustar mis horarios.

Y después de pensarlo, hablarlo y recibir orientación médica, tomé mi decisión.

Continuaría con el embarazo.

No porque nuestras madres estuvieran emocionadas.

No porque Daniel tuviera un anillo.

No porque nuestros padres estuvieran dispuestos a sacrificarse.

Sino porque era lo que yo quería.

Cuando se lo dije a Daniel, se quedó callado.

—¿No vas a decir nada?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tengo miedo de decir algo incorrecto y que cambies de opinión sobre mí.

Me reí.

—Idiota.

Entonces me abrazó.

—Vamos a hacerlo bien.

—No sabemos hacerlo bien.

—Entonces aprenderemos.

Cuatro meses después, nos graduamos.

Yo llevaba una toga enorme sobre un vientre todavía más enorme.

Daniel recibió su diploma, bajó del escenario y corrió directamente hacia mí.

Nuestros padres gritaban como si hubiéramos ganado una final mundial.

Aquella noche, Daniel volvió a sacar la caja azul.

Esta vez no se arrodilló.

Simplemente me la entregó.

—Ahora sí te pregunto sin bebés, padres ni miedo hablando por nosotros.

Lo miré.

—¿Quieres casarte conmigo algún día?

Sonreí.

—Algún día.

—¿Eso es un sí?

—Es un “termina de conseguir trabajo primero”.

Se echó a reír.

Dos meses después nacieron Mateo y Valentina.

Y fue entonces cuando entendimos que nuestros padres habían mentido en una cosa.

Decían que cuidar gemelos sería difícil.

No.

Era una guerra.

Dormíamos por turnos.

Comíamos de pie.

Daniel llegó una mañana a la cocina con una zapatilla puesta y otra desaparecida.

—Creo que Mateo se la llevó.

—Tiene dos meses.

—Entonces explícame dónde está.

Por primera vez desde aquella ecografía, el miedo comenzó a convertirse en algo distinto.

Vida.

Caótica, agotadora, imperfecta.

Pero nuestra.

Un año después, pasamos frente a aquella misma cafetería.

Daniel llevaba a Mateo.

Yo cargaba a Valentina.

Nuestras madres caminaban detrás discutiendo sobre cuál de los dos bebés había dicho primero “mamá”.

Daniel se detuvo.

Sacó la vieja caja azul.

—¿Ahora?

Lo miré.

Ya no éramos dos universitarios aterrorizados.

Seguíamos sin tener todas las respuestas.

Pero habíamos aprendido algo mejor.

No necesitábamos tenerlas.

Solo necesitábamos elegirlas juntos.

Extendí la mano.

—Ahora sí.

Y esta vez, cuando Daniel colocó el anillo en mi dedo, nuestros padres no decidieron nada.

Nosotros sí.

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