PARTE 2: EL VUELO QUE ÉL NUNCA PUDO ALCANZAR

Santiago tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué acabas de decir?

Andrea mantuvo el teléfono junto al oído.

—Sí, ingeniero. Confirmo mi aceptación. Estoy lista para incorporarme a la T028 cuando ustedes lo indiquen.

Del otro lado, Don Roberto sonrió.

—Perfecto. Recursos Humanos recibirá tu cambio esta misma noche.

—Gracias.

Andrea colgó.

La casa quedó en silencio.

Santiago dio un paso hacia ella.

—Estás exagerando.

Ella levantó la carpeta azul.

—No.

—¿Vas a cambiar toda tu carrera por un malentendido?

Andrea lo miró con una serenidad que él nunca le había visto.

—No estoy cambiando mi carrera.

Estoy dejando de vivir la tuya.

Aquella respuesta lo desarmó.

Durante cinco años, Andrea había organizado horarios para coincidir con él.

Había rechazado ascensos.

Había pedido rutas compatibles.

Había cubierto vuelos cuando Santiago quería descansar.

Y ahora, por primera vez, elegía pensando en sí misma.

Santiago intentó acercarse.

—Andrea, escucha…

Ella levantó una mano.

—No.

Ahora me escuchas tú.

Abrió lentamente el cajón del aparador.

Sacó una carpeta transparente.

Dentro había hojas impresas.

Fechas.

Horarios.

Solicitudes de cambio de vuelo.

—¿Sabes cuántas promociones rechacé?

Él guardó silencio.

—Cuatro.

Pasó la primera hoja.

—¿Sabes cuántas veces pedí quedarme en la misma ruta porque tú decías que nos convenía?

Otra hoja.

—Veintisiete.

La tercera.

—¿Sabes cuántas veces me presentaste como “tu mejor copilota” mientras yo regresaba sola a casa?

Santiago bajó la mirada.

Andrea cerró la carpeta.

—Yo sí las conté.

Él respiró profundamente.

—Nunca quise hacerte daño.

Andrea sonrió con tristeza.

—Lo peor es que te creo.

Porque nunca pensaste en mí lo suficiente como para darte cuenta de que lo estabas haciendo.

El teléfono de Santiago volvió a vibrar.

Esta vez no intentó ocultarlo.

Andrea tampoco necesitó verlo.

Ya no importaba.

Se dirigió al dormitorio.

Sacó una maleta mediana del clóset.

Comenzó a guardar únicamente su uniforme, algunos libros y fotografías de sus padres.

Nada más.

Santiago apareció en la puerta.

—¿Te vas?

—Sí.

—Esta también es tu casa.

Andrea dobló cuidadosamente una camisa.

—No.

Es la casa donde aprendí a esconderme.

Cerró la maleta.

Antes de salir del cuarto dejó una pequeña caja sobre la cama.

Santiago la abrió.

Dentro estaba la pulsera de oro blanco.

Y un papel escrito con la letra de Andrea.

“No quiero una copia de lo que ya le regalaste a otra.”

Sintió un nudo en el estómago.

—Andrea…

Ella ya caminaba hacia la puerta principal.

Antes de salir, giró apenas la cabeza.

—¿Recuerdas cuando decías que un buen piloto sabe cuándo abortar un aterrizaje?

Él asintió lentamente.

—Pues eso estoy haciendo.

Abrió la puerta.

—Antes de estrellarme.

La puerta se cerró con un sonido suave.

No hubo gritos.

No hubo insultos.

Solo silencio.


Dos semanas después, el tablón de operaciones de Aerocielo México amaneció con los nuevos nombramientos.

Capitana Andrea Salazar.

Ruta T028 – Pacífico Norte.

Comandante de aeronave.

Los pilotos comenzaron a felicitarla.

Los sobrecargos hacían fila para saludarla.

Era el ascenso más importante de su carrera.

Mientras tanto, Santiago llegó a la sala de briefing esperando verla, como cada mañana durante los últimos cinco años.

Pero su asiento estaba vacío.

En su lugar había un cartel con la nueva asignación de tripulaciones.

Leyó el nombre de Andrea.

Después leyó la palabra que nunca imaginó encontrar.

Capitana.

Y entendió, demasiado tarde, que la mujer a la que siempre creyó que podía dejar esperando… acababa de despegar hacia una vida donde él ya no tenía asiento.

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