Rodrigo no salió del hospital.
Solo cambió de pasillo.
Mientras los Lobo seguían reunidos frente a la UCI, él entró al área donde trabajaban los investigadores ministeriales.
Un detective de cabello canoso levantó la vista.
—¿Señor Salgado?
Rodrigo colocó sobre el escritorio el informe médico.
—Quiero el expediente completo.
El detective dudó unos segundos.
Luego cerró la puerta de la oficina.
—Oficialmente no puedo entregárselo.
—¿Y extraoficialmente?
El hombre respiró hondo.
—Extraoficialmente… hay demasiadas cosas que no cuadran.
Sacó una carpeta gris.
La abrió lentamente.
—La escena del crimen estaba limpia.
—Lo noté.
—Demasiado limpia.
Rodrigo frunció el ceño.
—Usaron cloro industrial. Borraron huellas, sangre y hasta fibras textiles.
El detective pasó otra hoja.
—Pero olvidaron un detalle.
Colocó una fotografía sobre la mesa.
Era la cocina.
Debajo de la barra había una pequeña mancha rojiza.
—¿Sangre?
—No.
Vino tinto.
Rodrigo levantó la mirada.
—Camila no bebe vino.
—Exactamente.
Y, sin embargo, encontramos cuatro copas servidas.
Cuatro.
Rodrigo hizo el cálculo de inmediato.
Camila.
Y tres personas más.
—¿Quiénes?
El detective negó con la cabeza.
—No tenemos huellas.
Solo una botella abierta.
Y alguien la limpió cuidadosamente.
Rodrigo permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Los vecinos escucharon algo?
El detective sacó otra declaración.
—Una mujer escuchó una discusión alrededor de las nueve de la noche.
¿Lo extraño?
Solo reconoció una voz masculina.
No varias.
Rodrigo sintió un peso en el pecho.
Si siete hermanos hubieran atacado a Camila, habría sido imposible ocultarlo.
Aquello apuntaba a otra dirección.
—¿Hay cámaras?
El detective guardó silencio unos segundos.
Después abrió un sobre amarillo.
Dentro había una memoria USB.
—Esto nunca debió desaparecer del expediente.
Rodrigo levantó la vista.
—¿Qué contiene?
—Una cámara de seguridad de la calle.
Solo funciona unos segundos.
Luego alguien cortó la electricidad del sector.
Rodrigo conectó la memoria al portátil que había sobre la mesa.
La grabación comenzó.
20:56.
La calle aparecía tranquila.
A las 20:58 un automóvil negro se detuvo frente a la casa.
No tenía placas delanteras.
Del asiento del conductor descendió un hombre.
Llevaba gorra.
Sudadera oscura.
Y caminaba como si conociera perfectamente la propiedad.
No forzó la puerta.
Simplemente entró.
Tres minutos después…
La cámara perdió la señal.
Rodrigo retrocedió el video varias veces.
Algo llamó su atención.
Amplió la imagen.
El hombre llevaba un reloj metálico muy particular.
Con una correa de titanio.
Y una esfera azul.
Rodrigo conocía ese reloj.
No porque fuera famoso.
Sino porque solo había visto uno igual.
Lo llevaba siempre Bruno Lobo.
El hijo mayor.
El detective observó su reacción.
—¿Lo reconoció?
Rodrigo no respondió inmediatamente.
Seguía mirando la pantalla.
Entonces ocurrió algo inesperado.
En el último segundo antes de apagarse la cámara…
Otra persona apareció corriendo hacia la casa.
Era mucho más baja.
Delgada.
Con el cabello largo.
No parecía perseguir al primer hombre.
Parecía intentar alcanzarlo.
La imagen se congeló.
—¿Quién es ella?
El detective negó con la cabeza.
—No logramos identificarla.
Rodrigo acercó aún más la imagen.
El rostro era imposible de distinguir.
Pero el bolso…
Ese bolso color vino…
Lo había visto muchas veces.
Pertenecía a Valeria.
La esposa de Bruno.
Una mujer que siempre había tratado a Camila con un cariño casi de hermana.
Rodrigo sintió que todo empezaba a romper la lógica.
Si Bruno estaba entrando…
¿Por qué su propia esposa corría detrás de él?
En ese instante sonó el teléfono del detective.
Escuchó unos segundos.

Su expresión cambió por completo.
Colgó lentamente.
—Señor Salgado…
—¿Qué pasó?
—Su esposa recuperó la conciencia hace menos de un minuto.
Rodrigo ya iba hacia la puerta cuando el detective añadió una última frase:
—Solo alcanzó a decir tres palabras antes de volver a desmayarse.
Rodrigo se detuvo.
—¿Qué dijo?
El detective tragó saliva.
—”No fue Bruno.”