PARTE 2: EL VIDEO QUE CAMBIÓ TODA LA INVESTIGACIÓN

El detective no apartó la vista de la pantalla.

El video tenía fecha, hora y sello digital.

2:17 a. m.

La calle estaba completamente vacía.

Marcus Hale apareció caminando deprisa hacia la puerta principal con una bolsa deportiva roja colgada del hombro.

No parecía un hombre que acabara de sobrevivir a un ataque.

Parecía alguien que no quería ser visto.

—Páuselo ahí —ordenó el detective.

Nina hizo zoom.

La imagen no era perfecta, pero sí lo bastante clara para distinguir el rostro de Marcus y el reloj plateado que siempre llevaba en la muñeca.

El mismo reloj que le regalé cuando cumplimos cinco años de casados.

El detective miró a la madre de Marcus.

—Usted dijo que su hijo pasó toda la noche en casa de un amigo después de escapar de un intento de agresión.

Ella tragó saliva.

—Eso… eso fue lo que él me contó.

—¿Y cómo explica esto?

No respondió.

El detective siguió viendo la grabación.

Marcus abrió la puerta con su propia llave.

Entró.

La puerta volvió a cerrarse.

Durante dieciocho minutos no salió nadie.

Después apareció otra figura.

Un hombre con gorra, guantes negros y una caja metálica de herramientas.

Entró sin llamar.

Como si supiera exactamente dónde estaba cada cosa de la casa.

El detective frunció el ceño.

—¿Quién es ese?

Yo negué lentamente.

—Nunca lo había visto.

Daniel intervino.

—Podemos solicitar reconocimiento facial, pero primero mire esto.

Nina adelantó el video.

2:41 a. m.

El hombre salió primero.

Ya no llevaba la caja de herramientas.

Después salió Marcus.

Esta vez sostenía una bolsa transparente.

Dentro se distinguía claramente un cuchillo de cocina.

Exactamente del mismo tamaño que el que la policía acababa de encontrar en nuestro dormitorio.

El detective permaneció inmóvil.

—Regréselo quince segundos.

La imagen volvió atrás.

Marcus abrió la bolsa.

Sacó el cuchillo.

Se puso unos guantes nuevos.

Volvió a entrar en la casa.

Nadie habló.

El único sonido era el llanto suave de Eliza dentro del automóvil.

Cinco minutos más tarde, Marcus volvió a salir.

Esta vez ya no llevaba el cuchillo.

El detective cerró los ojos durante un instante.

Después levantó la vista hacia los técnicos que seguían trabajando dentro de la vivienda.

—¡Nadie toca absolutamente nada!

Todos se detuvieron.

—A partir de este momento, la escena cambia de clasificación.

Uno de los agentes preguntó:

—¿Qué significa eso, detective?

Él señaló el teléfono que Nina aún sostenía.

—Significa que ya no estamos investigando una agresión denunciada por el señor Hale.

Hizo una pausa.

—Ahora estamos investigando una posible fabricación de pruebas.

La madre de Marcus dio un paso hacia adelante.

—Eso no demuestra nada.

El detective la miró fijamente.

—Demuestra que su hijo estuvo manipulando la escena durante casi media hora mientras su esposa permanecía ingresada en el hospital recuperándose de un parto.

Ella cruzó los brazos.

—Mi hijo tiene derecho a entrar en su propia casa.

—Claro que sí.

Respondió el detective.

—Pero no suele ser buena idea hacerlo llevando un cuchillo que horas después aparece como evidencia principal contra su esposa.

Daniel abrió otra carpeta.

—Hay algo más.

Sacó un documento bancario.

—A las dos cuarenta y nueve de la madrugada, apenas ocho minutos después de abandonar la casa, el señor Marcus Hale inició desde su computadora una solicitud urgente para registrar una nueva escritura sobre esta propiedad.

El detective levantó una ceja.

—¿Desde dónde?

—Desde la oficina de una empresa creada cuarenta y ocho horas antes.

Nina colocó otro documento encima.

—La empresa no tiene empleados.

No tiene actividad comercial.

Y comparte dirección fiscal con otra compañía perteneciente a la señora Judith Hale.

Todos miraron a la madre de Marcus.

Por primera vez desde que llegué a la calle, dejó de parecer segura.

Su bolso resbaló lentamente por su brazo.

—Eso… debe ser un error administrativo.

Daniel negó con tranquilidad.

—Los errores administrativos no falsifican firmas.

Ni crean empresas fantasma.

Ni presentan solicitudes de hipoteca sobre bienes ajenos.

El detective respiró hondo.

—Necesito localizar inmediatamente al señor Marcus Hale.

Uno de los oficiales respondió por radio:

—Detective…

Acabamos de recibir información.

El teléfono del señor Hale fue apagado hace cuarenta minutos cerca del aeropuerto internacional.

El silencio cayó sobre toda la calle.

Marcus no estaba escondido.

Marcus estaba huyendo.

Y mientras todos intentaban comprender lo que acababan de descubrir, el teléfono del detective comenzó a sonar.

Escuchó durante apenas unos segundos.

Después levantó lentamente la mirada hacia mí.

—Señora Hale…

La sangre encontrada en el cuchillo…

No pertenece a su esposo.

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