PARTE 2: EL VIDEO PROHIBIDO

El aire desapareció de mis pulmones.

—¿Qué acabas de decir?

Al otro lado de la llamada, Aaron respiraba con dificultad.

Nunca lo había oído así.

Ni siquiera cuando murió nuestra abuela.

—Hay una cámara en el garaje —repitió en voz baja—. Papá la instaló hace casi dos años.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

—¿Por qué?

Otro silencio.

—Decía que no confiaba en los empleados.

No le creí.

Mi padre nunca había confiado en nadie.

Especialmente en su propia familia.

—Aaron…

Mi voz apenas salió.

—¿Qué viste?

Escuché cómo tragaba saliva.

—Lo vi todo.

Mis dedos comenzaron a temblar.

Miré a Lily dormida.

Su pequeña mano estaba completamente envuelta en vendas.

—No fue un accidente —continuó—. No fue un impulso.

Cerré los ojos.

Ya lo sabía.

Pero escuchar que alguien más lo confirmaba hacía que todo resultara mucho más real.

—Papá fue al garaje antes de sacar a Lily de la cocina.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Ya tenía el martillo en la mano.

La habitación empezó a dar vueltas.

Eso significaba que no había perdido el control.

Había tomado una decisión.

Había buscado el arma.

Había regresado por ella.

Había tenido tiempo suficiente para detenerse.

Y no lo hizo.

Aaron siguió hablando.

—La grabación muestra que mamá lo vio tomar el martillo.

Mi respiración se cortó.

—No intentó detenerlo.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera evitarlo.

Durante toda mi vida había intentado convencerme de que mi madre solo tenía miedo de mi padre.

Ahora comprendía otra verdad.

No tenía miedo.

Estaba de acuerdo.

—Hay más…

Su voz sonó todavía peor.

—Clara… después de que saliste corriendo con Lily…

Esperó unos segundos antes de continuar.

—Papá sonrió.

Sentí náuseas.

—Le dijo a mamá que por fin aprenderías quién mandaba en esta familia.

No pude hablar.

Aaron respiró profundamente.

—Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—Mamá empezó a recoger la sangre del banco de trabajo.

No entendí.

—¿Qué quieres decir?

—Sacó un balde, lejía y varios trapos.

Cada palabra era un golpe.

—Lo limpiaron todo.

La trabajadora social Denise acababa de entrar en la habitación cuando escuchó aquella frase.

Se detuvo inmediatamente.

Me hizo un gesto para que pusiera el teléfono en altavoz.

Lo hice.

Aaron continuó.

—Después papá guardó el martillo en una caja metálica del sótano.

Denise tomó una libreta.

Escribía tan deprisa que apenas levantaba el bolígrafo.

—¿Todavía está ahí? —preguntó.

Aaron respondió sin dudar.

—Sí.

Entonces escuché una puerta cerrarse violentamente al otro lado de la llamada.

Aaron bajó la voz.

—No tengo mucho tiempo.

Miré el reloj.

Eran las siete y doce de la mañana.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¡Sal de ahí!

—No puedo.

Su respiración se aceleró.

—Papá cree que sigo de su lado.

Denise ya estaba marcando un número desde su propio teléfono.

—Aaron…

—Hay algo más importante.

Esperó apenas un instante.

—Anoche revisé otras grabaciones antiguas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué grabaciones?

—Las de los últimos meses.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque quería saber si esto había sido la primera vez.

No respondió enseguida.

Y ese silencio me aterrorizó mucho más que cualquier palabra.

—No lo fue.

Todo mi cuerpo quedó inmóvil.

—¿Qué encontraste?

Escuché un sollozo.

Mi hermano estaba llorando.

—Clara…

Respiró con dificultad.

—Encontré doce grabaciones donde papá golpeó a otros niños de la familia.

La habitación quedó completamente en silencio.

Incluso Denise dejó de escribir.

—¿Qué… niños?

—Primos.

Hijos de vecinos.

Amigos de Emma.

Niños que venían a jugar.

Mi padre los castigaba cuando creía que sus padres nunca se enterarían.

Sentí que el estómago se cerraba.

Toda mi infancia había pensado que yo era el problema.

Que solo conmigo era diferente.

No.

Él disfrutaba haciendo daño.

Y llevaba años haciéndolo.

Aaron volvió a hablar.

—Pero hay una grabación que debes ver tú misma.

—¿Cuál?

Respiró profundamente.

—La del día en que murió mamá… nuestro perro.

Me quedé inmóvil.

Aquel labrador había desaparecido cuando yo tenía nueve años.

Mis padres siempre dijeron que había escapado del jardín.

—Aaron…

Noté que mi voz ya no era la mía.

—¿Qué tiene que ver eso?

Él rompió a llorar.

—Porque el perro nunca escapó.

Sentí que el mundo entero dejaba de existir.

Y las siguientes cuatro palabras destruyeron el último recuerdo inocente que conservaba de mi infancia.

—Papá también lo grabó.

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