Alejandro sintió cómo el pulso le golpeaba las sienes.
No podía apartar la vista de la pantalla.
Su madre sostenía el pequeño frasco con absoluta naturalidad, como si aquello formara parte de una rutina repetida demasiadas veces.
Sacó dos pastillas.
Las dejó caer dentro del vaso de agua que estaba junto a la mecedora.
Esperó unos segundos hasta que comenzaron a disolverse.
Después tomó una cuchara de madera y removió el líquido lentamente.
Valeria observaba cada movimiento sin decir una palabra.
No parecía sorprendida.
Parecía resignada.
Ese detalle destrozó a Alejandro mucho más que cualquier grito.
Porque significaba que aquella escena no era la primera.
—Tómatela —ordenó Teresa, acercándole el vaso.
Valeria negó con la cabeza.
—No quiero…
—¿Otra vez vas a empezar?
—El médico dijo que dejara esas pastillas porque me hacían sentir peor.
Teresa sonrió con una frialdad que Alejandro jamás le había conocido.
—Los médicos dicen muchas tonterías.
Volvió a acercar el vaso.
—Bébelo.
Valeria abrazó con más fuerza a Emiliano.
—Primero quiero revisar si sigue con fiebre.
La respuesta de Teresa fue inmediata.
Le arrebató el termómetro de las manos y lo lanzó contra la pared.
El plástico se hizo pedazos.
Emiliano comenzó a llorar con más fuerza.
—Siempre encuentras una excusa.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Recordó todas las veces que su madre le había dicho por teléfono:
—Tu esposa volvió a quedarse dormida mientras el niño lloraba.
—Se la pasa confundida.
—No recuerda dónde deja las cosas.
—Cada día está peor.
Él incluso había pensado en buscar un psiquiatra para Valeria.
Ahora empezaba a preguntarse si aquellas “crisis” aparecían únicamente después de beber aquella agua.
Tomó otro teléfono.
Marcó a su jefe de seguridad.
—Martín.
La voz respondió casi de inmediato.
—¿Ingeniero?
—Necesito que vayas a mi casa ahora mismo.
—¿Ocurrió algo?
Alejandro mantuvo la mirada fija en la transmisión.
—No entres todavía.
Solo vigila todas las salidas.
Y no permitas que nadie abandone la propiedad.
Martín percibió la gravedad en su voz.
—Entendido.
Colgó.
Alejandro llamó inmediatamente al pediatra de Emiliano.
Luego a un abogado.
Y finalmente al número de emergencias.
No levantó la voz en ninguna de las tres llamadas.
Cada palabra fue precisa.
Cada dato, claro.
Mientras tanto, en la pantalla, Teresa seguía insistiendo.
—Bebe.
Valeria respiró hondo.
—No.
Teresa perdió completamente el control.
Tomó el vaso e intentó obligarla sujetándole la mandíbula.
Parte del líquido cayó sobre el camisón de Valeria.
Otra parte terminó en el piso.
En ese instante, un pequeño detalle cambió todo.
Max, el viejo labrador de la familia, entró al cuarto atraído por el olor.
Antes de que Teresa pudiera reaccionar, el perro comenzó a lamer el líquido derramado sobre el mármol.
Segundos después, levantó la cabeza.
Caminó apenas unos pasos.
Y se desplomó profundamente dormido sobre el suelo.
No fue un sueño normal.
Fue inmediato.
Teresa abrió los ojos con sorpresa.
Valeria también.
Alejandro dejó de respirar.
Ninguna pastilla para “descansar” provocaba aquello en cuestión de segundos.
Su madre recogió apresuradamente el vaso.
Miró alrededor con nerviosismo.
Después arrastró al perro hacia un rincón para que no apareciera en la imagen principal de la cámara.
Fue entonces cuando Alejandro comprendió que ya no estaba viendo únicamente maltrato.
Estaba viendo a una mujer intentando ocultar pruebas.
Tomó las llaves de su automóvil.
Salió corriendo de la oficina.
Mientras el elevador descendía desde el piso veintisiete, seguía observando la transmisión.
Cada segundo parecía eterno.
Cuando las puertas del estacionamiento se abrieron, su teléfono volvió a sonar.
Era Martín.
—Ingeniero…
—¿Qué pasa?
—Acaba de llegar otra camioneta.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Quién viene?
Martín guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Su madre no está sola.
Trajo a un médico particular que trabaja con ella desde hace años.
Y viene cargando un maletín.

Alejandro apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Porque entendió que aquella noche no improvisaban nada.
Todo parecía formar parte de un plan que llevaba mucho tiempo ejecutándose.
Y él estaba a punto de descubrir cuál era el verdadero objetivo de su propia madre.