Alejandro sintió que las piernas dejaban de responderle.
Su hija, la misma joven que durante meses apenas contestaba sus llamadas con monosílabos, estaba arrodillada junto a la cama. A su alrededor había dos maletas abiertas, ropa doblada a toda prisa y un pasaporte escondido bajo un suéter.
Victoria apretaba una carta contra el pecho mientras lloraba en silencio.
—Papá… perdóname… —susurró entre sollozos, sin saber que él estaba a unos metros de distancia.
Alejandro dio un paso instintivo.
—¡Déjela! —susurró María, sujetándolo del brazo con una fuerza que él jamás habría imaginado en aquella mujer de aspecto frágil—. Si entra ahorita, todo se echa a perder.
—¿Qué está pasando con mi hija?
María respiró hondo.
—Ella no está huyendo de usted, patrón… Está huyendo de alguien que vive en esta casa.
Aquellas palabras le atravesaron el pecho.
—¿De quién?
La empleada bajó la mirada.
—De la señora Valeria.
Alejandro sintió un golpe seco en el estómago.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
Desde el salón principal llegó otra oleada de aplausos. La música aumentó de volumen mientras los invitados celebraban algo que él todavía no comprendía.
María miró su reloj.
—En cinco minutos van a anunciar una noticia delante de todos. Si usted entra antes, nunca sabrá la verdad completa.
—Explíquese.
La mujer abrió lentamente el cajón del escritorio de Victoria y sacó una pequeña memoria USB envuelta en un pañuelo.
—La señorita me pidió que la escondiera esta mañana.
Alejandro la observó confundido.
—¿Qué tiene ahí?
—Videos… conversaciones… documentos.
—¿De qué?
María tragó saliva.
—De todo lo que ha pasado mientras usted estaba fuera.
Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, dentro del dormitorio sonó el teléfono de Victoria.
La joven respondió con la voz temblorosa.
—¿Sí?
Una voz masculina salió por el altavoz.
—¿Ya estás lista? Estoy esperando a dos calles. Si no sales en diez minutos, será demasiado tarde.
Alejandro frunció el ceño.
¿Quién era ese hombre?
Victoria respiró profundamente.
—Sí… ya voy.
Colgó.
Después tomó la carta, besó una fotografía familiar donde aparecía junto a sus padres cuando era niña y la dejó cuidadosamente sobre la almohada.
Alejandro sintió que el corazón se le rompía.
Aquella fotografía había sido tomada el único verano en que realmente estuvieron juntos como familia.
Victoria acarició el marco con los dedos.
—Ojalá hubieras vuelto antes, papá…
La frase cayó como un cuchillo.
Alejandro dio otro paso hacia la puerta, incapaz de contenerse.
Pero María volvió a detenerlo.
—Todavía no.
—¡Es mi hija!
—Y precisamente por eso tiene que esperar.
La mujer señaló discretamente hacia el pasillo.
Se escuchaban tacones acercándose.
Ambos se ocultaron detrás de una pared segundos antes de que Valeria apareciera.
Vestía un elegante vestido color esmeralda, joyas de diamantes y una sonrisa impecable para los invitados.
En cuanto cerró la puerta del dormitorio tras ella, aquella sonrisa desapareció.
Su rostro se volvió frío.
Muy distinto al que aparecía en las revistas.
—¿Ya terminaste de hacer tu drama? —preguntó con indiferencia.
Victoria escondió rápidamente las lágrimas.
—No quiero bajar.
—No te pregunté si querías.
—Mamá…
—Escúchame bien.
Valeria se acercó lentamente.
—Dentro de unos minutos vas a sonreír delante de todos.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No pienso hacerlo.
Valeria la sujetó con fuerza del brazo.
—Lo vas a hacer porque ya está todo preparado.
Victoria hizo una mueca de dolor.
—Me estás lastimando.
—Acostúmbrate.
Alejandro apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en sus palmas.
Jamás había visto a su esposa comportarse de aquella manera.
Valeria continuó hablando con una tranquilidad escalofriante.
—Después del anuncio, firmarás los documentos delante de los invitados.
—No.
—Sí.
—Nunca.
—No tienes alternativa.
Victoria levantó la mirada con una valentía inesperada.
—Papá jamás permitiría esto.
Valeria soltó una risa breve.
Una risa sin una pizca de cariño.
—Tu padre está en Madrid.
Muy ocupado ganando dinero.
Ni siquiera sabe en qué escuela estudias este año.
Alejandro sintió que aquellas palabras eran una condena.
Porque eran ciertas.
No recordaba el nombre del nuevo colegio de Victoria.
No sabía cuál era su materia favorita.
Ni siquiera conocía a sus amigas.
Había sido un proveedor impecable.
Y un padre completamente ausente.
Dentro del dormitorio, Victoria habló casi en un susurro.
—Él va a regresar.
—¿Hoy?
Valeria sonrió con absoluta seguridad.
—Imposible.
Todavía le quedan tres semanas de reuniones.
Todo está bajo control.
María miró fijamente a Alejandro.
El empresario tenía el rostro completamente blanco.
Entonces la empleada acercó lentamente la memoria USB a su mano.
—Aquí está la prueba de todo, patrón.
Alejandro la tomó sin apartar la vista de la puerta.
—¿Qué documentos quiere que firme Victoria?
María respondió con la voz quebrada.
—Los papeles para renunciar a toda la herencia que usted dejó a nombre de su hija.

El silencio fue absoluto.
Y apenas unos segundos después, desde el jardín, una voz anunció por los altavoces:
—Señoras y señores… ha llegado el momento del gran anuncio de esta noche.