—Ahí estoy —susurró Carmen.
No dijo nada más durante varios segundos.
Solo se miró.
Después abrió su bolso y sacó la cartera.
—¿Cuánto le debo?
Negué con la cabeza.
—Hoy nada.
—No quiero caridad.
—Y yo no se la estoy ofreciendo.
Acomodé ligeramente la horquilla.
—Considérelo mi regalo para la abuela de la novia.
Carmen apretó los labios para contener las lágrimas.
Antes de marcharse me pidió algo más.
—¿Podría tomarme una fotografía?
Se colocó junto a la ventana.
La luz de la mañana cayó sobre sus ondas blancas y las pequeñas perlas.
Tomé varias.
Cuando se las enseñé, eligió una.
—Envíemela a este número.
Me dictó el teléfono de Laura.
—Pero después de la boda.
—¿Por qué?
Carmen sonrió.
—Porque quiero que hoy me vea llegar, no que me espere llorando.
A las cinco de la tarde estaba barriendo el salón cuando alguien golpeó desesperadamente el cristal.
Era una joven vestida de novia.
Detrás esperaba un automóvil con las luces encendidas.
Abrí la puerta.
—¿Usted peinó a Carmen Ruiz?
Comprendí inmediatamente.
—¿Laura?
La joven asintió.
Y empezó a llorar.
Por un instante temí lo peor.
Pero entonces me abrazó.
—Mi abuela me contó lo que hizo.
Laura sacó el teléfono.
En la pantalla había una fotografía tomada frente al ayuntamiento.
Carmen estaba junto a ella.
Sonriendo.
—Cuando la vi bajar del coche —dijo Laura—, por un segundo olvidé que estaba enferma.
Se secó las lágrimas.
—Solo vi a mi abuela.
Exactamente lo que Carmen había querido.
Laura me contó que durante la ceremonia su abuela permaneció en primera fila.
Cuando llegó el momento de las fotografías, incluso bromeó con el fotógrafo.
Y antes de marcharse, Carmen entregó a Laura la fotografía de su propia boda.
Detrás había escrito:
“Cuando algún día me extrañes, no recuerdes cómo me fui. Recuerda cuánto nos quisimos mientras estuve aquí.”
Sentí un nudo en la garganta.
Entonces Laura puso algo sobre mi mostrador.
La horquilla de perlas.
—Mi abuela dice que no puede quedársela porque pertenece a su salón.
La empujé hacia ella.
—No.
Cerré sus dedos alrededor de la horquilla.
—Ahora pertenece a su familia.
Carmen murió unas semanas después.
Laura volvió al salón tiempo más tarde.
Esta vez llevaba una pequeña caja.
Dentro estaba la fotografía que yo había tomado aquella mañana.
La habían impreso.
Carmen aparecía junto a la ventana, con sus ondas blancas y la horquilla de perlas.
En la parte posterior había una nota escrita con letra temblorosa:
“Gracias por devolverme mi cara para un día que mi nieta recordará toda su vida.”
Colgué aquella fotografía junto a mi espejo.
Sigue ahí.
Porque Carmen me enseñó algo que nunca aprendí en ninguna escuela de peluquería.

A veces una persona no entra en un salón porque quiera verse más joven.
Ni más hermosa.
Ni diferente.
A veces solo necesita mirarse al espejo una última vez y poder decir:
“Ahí estoy.”