PARTE 2: EL ÚLTIMO REGALO

Permanecí dentro del coche hasta que el limpiaparabrisas dejó de mover la lluvia.

No lloraba.

Las lágrimas se habían quedado junto a la tumba de Emiliano.

Cuando encendí el motor, mi teléfono volvió a vibrar.

No era mi madre.

Era un número desconocido.

Contesté por inercia.

—¿Señora Catalina Torres?

—Sí.

—Habla Ignacio Beltrán, notario del despacho Beltrán y Asociados.

Fruncí el ceño.

—¿Ocurre algo?

Hubo una breve pausa.

—El señor Emiliano Torres dejó instrucciones muy específicas para este momento.

Sentí que el corazón dejaba de latir durante un instante.

—¿Qué instrucciones?

—Me pidió que la contactara exactamente después del funeral.

Miré nuevamente hacia el cementerio.

Como si Emiliano siguiera allí.

Esperándome.

—¿Puede venir mañana a las nueve de la mañana?

—Sí.

—Traiga únicamente una identificación.

Dudó unos segundos antes de añadir:

—Y, por favor…

Su esposo insistió en que viniera sola.


A las nueve en punto del día siguiente entré en el despacho.

Ignacio Beltrán me esperaba con una carpeta azul oscuro.

No habló enseguida.

Primero deslizó hacia mí una memoria USB.

—Esto es para usted.

La sostuve entre los dedos.

—¿Qué contiene?

—Un video.

Mi respiración se aceleró.

Él señaló una pequeña pantalla instalada sobre la pared.

—Su esposo pidió que lo viera aquí.

Asentí.

La pantalla se iluminó.

Y entonces apareció Emiliano.

Llevaba la camisa azul que usaba los domingos.

Sonreía.

Como si no estuviera grabando una despedida.

—Hola, Cat.

Sentí que todo mi cuerpo temblaba.

—Si estás viendo esto…

Respiró hondo.

—Significa que perdí la pelea.

Tuve que taparme la boca para no romper a llorar.

Él seguía sonriendo.

—No quiero que pases este momento rodeada de personas que nunca supieron quererte.

Hizo una pausa.

—Y sé perfectamente quiénes son.

Abrí mucho los ojos.

—Sé que tu mamá volverá a pedirte dinero.

Sentí un escalofrío.

—Sé que Renata hablará de sí misma incluso el día de mi funeral.

Otra pausa.

—Y sé que tú intentarás justificar a todos.

Bajó la cabeza unos segundos.

Cuando volvió a mirarme…

Ya no sonreía.

—No lo hagas más.

Las lágrimas comenzaron finalmente a caer.

—Catalina…

Nunca olvides esto.

Tú no naciste para sostener personas que jamás sostuvieron tu mano.

El video terminó.

La pantalla quedó negra.

Durante varios minutos fui incapaz de moverme.

Ignacio Beltrán me ofreció un vaso de agua.

Después abrió la carpeta.

—Ahora debemos revisar el testamento.

Respiré profundamente.

—Pensé que Emiliano no tenía mucho.

El notario levantó la vista.

—Eso depende de lo que considere “mucho”.

Sacó varios documentos.

—Su esposo era propietario del treinta y ocho por ciento de Torres Ingeniería.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Nunca se lo dijo.

—Pero…

—También era socio silencioso de tres desarrollos industriales.

Mi mente dejó de procesar las cifras.

Ignacio siguió hablando.

—El patrimonio total supera los ciento veinte millones de pesos.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Durante diez años habíamos vivido con absoluta sencillez.

Conducíamos el mismo coche desde hacía siete años.

Vacacionábamos una vez al año.

Él jamás había presumido nada.

Nunca.

El notario sonrió con tristeza.

—Su esposo decía que quería estar seguro de que las personas lo querían por él.

Bajó la mirada.

—Creo que usted fue la única que lo hizo.


Aquella misma tarde sonó nuevamente mi teléfono.

Esta vez era el número de mi padre.

No estaba bloqueado.

Contesté.

—Catalina…

Su voz sonaba extrañamente nerviosa.

—¿Cómo estás?

Era la primera vez que me hacía esa pregunta en años.

—¿Qué necesitas?

Guardó silencio.

Después habló muy despacio.

—Tu mamá…

Suspiró.

—Descubrió lo del testamento.

Cerré los ojos.

Por supuesto.

No habían pasado ni veinticuatro horas.

—¿Y?

—Quiere hablar contigo.

Solté una risa amarga.

—¿Sobre mi duelo?

Él no respondió.

—¿Sobre Emiliano?

Silencio otra vez.

Entonces entendí.

—Es por el dinero.

Mi padre bajó la voz.

—Dice que Emiliano siempre consideró a la familia como parte de su vida.

—No.

Lo interrumpí.

—Consideró a una familia.

La nuestra.

No la de ustedes.

Colgué.

Cinco minutos después comenzaron los mensajes.

Primero mi madre.

“Nunca debiste ocultarnos que Emiliano tenía tanto dinero.”

Después Renata.

“Solo queremos hablar como familia.”

Después mis tías.

“Tu mamá está muy afectada.”

Ninguno preguntó cómo estaba yo.

Ninguno mencionó a Emiliano.

Todos hablaban del dinero.

Entonces Ignacio Beltrán volvió a llamarme.

—Hay una última cláusula que olvidé mencionar.

—¿Cuál?

—Su esposo creó un fideicomiso.

Fruncí el ceño.

—¿Para qué?

El notario respiró profundamente.

—Las condiciones de ese fideicomiso impiden que cualquier persona que haya reclamado dinero relacionado con su fallecimiento pueda recibir absolutamente nada de su patrimonio.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabía…?

Ignacio sonrió con tristeza.

—Porque hace seis meses, cuando ya conocía su diagnóstico…

Su esposo me dijo una frase que anoté textualmente.

Abrió una libreta.

Leyó despacio.

“El día que yo falte, no se acercarán a abrazarla. Se acercarán a contar billetes. Y quiero que, por primera vez en su vida, Catalina no tenga que pagar el precio de llamarlos familia.”

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