PARTE 2: EL ÚLTIMO MENSAJE DE JULIAN

Todas las miradas se dirigieron hacia las enormes puertas de la catedral.

Un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido con un traje negro, avanzó por el pasillo central sosteniendo un maletín metálico.

Detrás de él caminaban dos asistentes.

Lo reconocí de inmediato.

Era Richard Thornecroft, el abogado personal de Julian durante más de quince años.

El mismo nombre que mi esposo había pronunciado la última noche que lo vi con vida.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Richard no saludó a nadie.

Caminó directamente hasta el altar y dejó el maletín sobre una mesa.

Genevieve frunció el ceño.

—¿Qué significa esta interrupción?

Richard abrió lentamente el maletín.

Dentro había un pequeño proyector, un ordenador portátil y un sobre lacrado con el sello personal de Julian.

—Significa que voy a cumplir la última voluntad del señor Julian Ashford.

La iglesia quedó completamente en silencio.

Richard levantó el sobre para que todos pudieran verlo.

—Estas instrucciones fueron firmadas hace tres meses ante notario.

Genevieve sonrió con desprecio.

—Sea lo que sea, después lo veremos. Ahora continúe el funeral.

Richard negó con la cabeza.

—No.

Su voz fue tranquila.

Pero tan firme que incluso los portadores del féretro retrocedieron.

—El señor Ashford dejó una cláusula muy específica.

Abrió el documento y comenzó a leer.

“Si alguien intenta expulsar a mi esposa, cuestionar la paternidad de nuestro hijo o disputar sus derechos antes de mi entierro, esta grabación deberá reproducirse inmediatamente delante de todos los presentes.”

Las sonrisas desaparecieron.

Jade miró a su madre.

Genevieve cruzó los brazos.

—Ridículo.

Richard ya había conectado el proyector.

La pantalla blanca descendió lentamente detrás del altar.

Las luces de la catedral se atenuaron.

Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido del proyector.

Entonces apareció Julian.

Vestía una camisa azul claro y estaba sentado en el despacho de nuestra casa.

Miró directamente a la cámara.

Como si pudiera verme.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—Hola, Isabelle.

Mi respiración se detuvo.

Era su voz.

La misma voz que llevaba cuatro días intentando recordar sin romperme.

Julian sonrió con tristeza.

—Si están viendo este video… significa que yo ya no estoy.

Hizo una pausa.

Después miró fijamente a la cámara.

—Y también significa que mi madre probablemente está intentando destruir a mi esposa.

Un murmullo recorrió toda la iglesia.

Genevieve perdió el color del rostro.

—Eso es absurdo…

Pero Julian continuó.

—Mamá… si realmente respetaras mi memoria, ahora mismo estarías abrazando a Isabelle.

No humillándola.

El silencio se volvió insoportable.

Julian respiró hondo.

—Quiero dejar algo absolutamente claro delante de todos.

Sacó una carpeta.

La abrió frente a la cámara.

—Hace siete meses repetimos voluntariamente una prueba de ADN prenatal.

No porque dudara de Isabelle.

Sino porque un médico confundió unos resultados y quiso descartar cualquier error clínico.

Levantó el documento hacia la cámara.

El sello del laboratorio era perfectamente visible.

Probabilidad de paternidad: 99,9999 %.

—Ese niño es mi hijo.

Mi único hijo.

Y cualquier documento que diga lo contrario es falso.

Las miradas comenzaron a dirigirse lentamente hacia Genevieve.

Julian aún no había terminado.

—También dejé otra instrucción.

Si alguien presenta una prueba falsa para perjudicar a mi esposa…

Richard ya sabe exactamente qué debe hacer.

Richard cerró el portátil unos segundos.

Después abrió una segunda carpeta.

—Cumpliendo las instrucciones del señor Ashford…

Sacó un informe pericial.

—Hace cuarenta y ocho horas envié el supuesto ADN presentado por la señora Genevieve Ashford a un laboratorio independiente.

Respiró profundamente.

—El resultado confirma que este documento fue manipulado digitalmente.

Un murmullo de indignación recorrió toda la catedral.

Richard levantó la vista.

—Y hay algo más.

Se volvió hacia Genevieve.

—El laboratorio también identificó quién pagó la falsificación.

Toda la iglesia contuvo la respiración.

Richard pronunció un solo nombre.

Jade Ashford.

El informe cayó de las manos de Genevieve.

Sus piernas cedieron.

Y, por primera vez desde que había comenzado aquella humillación pública, fue ella quien terminó desplomándose sobre el suelo de la iglesia delante de todos.

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