PARTE 2: EL ÚLTIMO LATIDO

Durante un segundo, nadie respiró.

La sala permaneció inmóvil.

Después, Karla fue la primera en reaccionar.

—¡Está delirando! —gritó con una voz demasiado aguda—. La señora no acepta la muerte de su hijo.

Doña Remedios no apartó la mano del pecho de Julián.

Había pasado cuarenta años reconociendo el ritmo de aquella respiración.

Cuando era un bebé y la despertaba de madrugada.

Cuando tenía fiebre y ella pasaba noches enteras sentada junto a su cama.

Cuando lloró en silencio el día que lo dejaron fuera de la universidad que tanto deseaba.

Una madre conocía ese pecho mejor que cualquier monitor.

Y aquel pecho acababa de moverse otra vez.

Muy despacio.

Pero se había movido.

—¡Está respirando! —rugió—. ¡Llamen una ambulancia!

Uno de los empleados dio un paso hacia delante.

El abogado lo detuvo con un gesto.

Miró a Karla.

Esperaba una orden.

Ella tardó dos segundos en responder.

Dos segundos de más.

—No hagan caso… el certificado de defunción está firmado.

Remedios levantó la cabeza lentamente.

—¿Qué acabas de decir?

—Los médicos confirmaron el fallecimiento.

—Entonces… ¿por qué tienes miedo de que llegue una ambulancia?

Nadie respondió.

Uno de los amigos de Julián, un ingeniero llamado Sergio, se acercó al ataúd.

—Permítame.

Colocó dos dedos sobre el cuello de Julián.

Frunció el ceño.

Volvió a intentarlo.

Su rostro perdió completamente el color.

—Hay pulso.

Aquellas dos palabras hicieron estallar la funeraria.

—¿Qué?

—¡Eso es imposible!

—¡Llamen al 911!

Los asistentes comenzaron a sacar sus teléfonos.

Karla reaccionó desesperadamente.

—¡Nadie llame!

Su grito retumbó en toda la sala.

Demasiado tarde.

Tres personas ya estaban hablando con emergencias.

Remedios tomó la mano de su hijo.

Estaba fría.

Pero no rígida.

La apretó con todas sus fuerzas.

—Julián…

Una lágrima cayó sobre los dedos de él.

Entonces ocurrió.

El dedo índice se contrajo apenas unos milímetros.

Sergio dio un salto hacia atrás.

—¡Se movió!

Los dos empleados de la funeraria dejaron escapar un grito.

El abogado comenzó a sudar.

Solo Karla permanecía completamente inmóvil.

Como si acabara de ver derrumbarse un plan cuidadosamente preparado.

Remedios levantó la voz.

—¡Traigan un desfibrilador! ¡Oxígeno! ¡Lo que tengan!

Uno de los trabajadores salió corriendo.

Otro comenzó a retirar las flores que rodeaban el féretro.

Mientras tanto, Karla dio un paso lento hacia la salida.

Después otro.

Creía que nadie la observaba.

Pero Remedios sí.

—¿A dónde vas?

Karla se sobresaltó.

—Voy a esperar a la ambulancia.

—No.

La anciana señaló la puerta.

—Tú querías enterrarlo hace veinte minutos.

Ahora no te mueves de aquí.

En ese instante sonó un teléfono.

No era el de Remedios.

Era el de Karla.

La pantalla se iluminó sobre el suelo.

DR. ESTEBAN MORA

Karla intentó apagarlo inmediatamente.

Pero Sergio fue más rápido.

Recogió el teléfono.

—Devuélvemelo.

Él observó la pantalla.

La llamada terminó.

Un segundo después llegó un mensaje.

Todos pudieron leer las primeras líneas.

“¿Ya terminó el entierro? Destruye este celular apenas…”

Karla se lanzó para arrebatárselo.

Sergio levantó el brazo.

—¿Qué significa esto?

—¡Dámelo!

Forcejearon unos segundos.

El teléfono cayó al suelo.

La pantalla quedó hacia arriba.

Otro mensaje apareció automáticamente.

“Si despierta antes de enterrarlo, estamos perdidos.”

La funeraria quedó completamente muda.

Remedios sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

No era una pesadilla.

No era un error médico.

Alguien había esperado que Julián fuera enterrado vivo.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

Cada vez más cerca.

Cada vez más fuertes.

Karla comprendió que ya no podía escapar.

Pero justo cuando dos paramédicos cruzaban la puerta principal, Julián abrió lentamente los ojos… y, antes de perder nuevamente el conocimiento, levantó la mano temblorosa para señalar directamente a su propia esposa.

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