PARTE 2: EL ÚLTIMO FAVOR

Ethan permaneció inmóvil en la entrada.

Miró el pequeño apartamento.

La cama sin hacer.

La taza de café sobre el escritorio.

Las cajas de cartón apiladas junto a la pared.

—¿Te vas a mudar? —preguntó con la voz quebrada.

Asentí.

—Sí.

Él frunció el ceño.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Sonreí con tristeza.

—¿Cuándo pensabas contarme que ya habías comprado los boletos para la nieve?

Bajó la mirada.

No respondió.

Se hizo un silencio largo.

De esos que solo aparecen cuando ya no queda ninguna mentira útil.

Respiró profundamente.

—Laura… reconozco que cometí errores.

—Muchos.

—Pero nunca te fui infiel.

Lo miré con calma.

—Quizá no.

Él levantó la cabeza de inmediato.

—Entonces…

Lo interrumpí.

—Pero llevas mucho tiempo siendo emocionalmente infiel.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué significa eso?

Me acerqué al escritorio.

Abrí una carpeta azul.

Saqué varias hojas impresas.

Las puse sobre la mesa.

—Mira.

Era nuestro historial de mensajes.

No necesitaba contratar a ningún detective.

Solo necesitaba leer nuestra propia conversación.

Señalé una página.

—Hace dos años estuve hospitalizada por una neumonía.

Leí en voz alta.

—”No puedo ir. Tengo una reunión.”

Pasé otra hoja.

—El cumpleaños de mi madre.

“Discúlpame, sigo en el laboratorio.”

Otra más.

—Nuestro tercer aniversario.

“Lo celebramos otro día.”

Después tomé mi teléfono.

Abrí las publicaciones de Chloe.

Las coloqué frente a él.

—Cena juntos.

—Excursión del laboratorio.

—Café antes del trabajo.

—Entradas para la nieve.

Levanté lentamente la vista.

—Para ella siempre encontraste tiempo.

Ethan apretó los labios.

—Todo eso tiene explicación.

—Lo sé.

Asintió con rapidez.

—Entonces escúchame.

Negué con la cabeza.

—No.

Me senté frente a él.

—Llevo tres años y medio escuchándote.

Ahora me toca hablar a mí.

Guardó silencio.

—¿Recuerdas cuando murió mi abuelo?

Él tardó unos segundos.

Luego asintió.

—Sí.

—Me escribiste un mensaje.

Busqué entre los archivos.

Lo encontré.

—”Lo siento mucho. Estoy ocupado.”

Cerré el teléfono.

—Eso fue todo.

Él comenzó a ponerse pálido.

—Dos días después…

Continué.

—Chloe publicó fotografías de ustedes en una feria científica.

No respondió.

Porque era verdad.

Todo estaba fechado.

Todo estaba ahí.

Nunca había necesitado espiarlo.

Solo comparar el lugar que ocupábamos cada una en su vida.

Respiró profundamente.

—Laura…

Nunca quise hacerte sentir así.

Sonreí.

—Precisamente ese es el problema.

Nunca quisiste hacer nada.

Ni hacerme feliz.

Ni hacerme daño.

Simplemente dejaste de pensar en mí.

Las palabras parecieron golpearlo más que cualquier grito.

Se dejó caer lentamente en la silla.

—No me di cuenta.

—Yo sí.

Me levanté.

Abrí el armario.

Saqué una pequeña caja de madera.

La coloqué frente a él.

—¿Sabes qué hay aquí?

Negó lentamente.

La abrí.

Dentro estaban todos los recuerdos de nuestra relación.

Las entradas del cine.

La primera fotografía juntos.

El pañuelo que me regaló.

Las postales.

Las cartas.

Y un sobre blanco.

Lo tomó con cuidado.

Lo abrió.

Dentro había una reserva turística.

Destino:

Cancún.

Fecha:

Tres años atrás.

Él frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Los boletos al mar.

Su respiración se detuvo.

—¿Qué?

Asentí.

—Los compré yo.

Hace exactamente tres años.

Hotel reservado.

Vuelo pagado.

Todo organizado.

Solo esperaba que me dijeras qué fin de semana podías viajar.

Lo miré fijamente.

—Nunca encontraste tiempo.

Ethan comenzó a leer la reserva una y otra vez.

La fecha.

El importe.

La confirmación.

Todo seguía allí.

—No… nunca me lo dijiste.

Solté una risa muy suave.

—Porque quería que por una vez fueras tú quien cumpliera una promesa.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Laura…

Lo siento.

De verdad lo siento.

Negué lentamente.

—Lo sé.

Y precisamente porque ahora sí lo sientes…

Ya es demasiado tarde.

Empujé la caja hacia él.

—Puedes quedarte con todo.

Él levantó la vista.

—¿Y tú?

Tomé únicamente una pequeña concha marina de porcelana que él me había regalado el primer verano, prometiéndome que algún día la cambiaríamos por una de verdad frente al océano.

La guardé en el bolsillo del abrigo.

—Yo ya no necesito recuerdos.

Solo necesito empezar otra vez.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era una llamada del departamento de Recursos Humanos de la empresa internacional a la que llevaba meses enviando solicitudes.

Contesté.

Escuché durante unos segundos.

Después sonreí por primera vez en muchos días.

—Sí.

Acepto el puesto.

Muchas gracias.

Colgué.

Ethan me miró confundido.

—¿Qué pasó?

Tomé la carta de contratación que estaba sobre el escritorio.

Se la entregué.

Sus ojos recorrieron el documento.

El destino aparecía claramente en la primera página.

Oficina Regional de Sídney, Australia.

Contrato por cinco años.

Fecha de incorporación:

Dos semanas después.

Levantó lentamente la cabeza.

—Australia…

Asentí.

—Hay mar.

Mucho mar.

Y esta vez…

No voy a esperar a que nadie me lleve.

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