Olivia no recordó cómo llegó al hospital.
Solo recordaba el sonido.
Un pitido largo.
Las voces apagadas.
Y el peso insoportable de una mano apoyándose sobre su hombro.
—Señora Reed…
Era Alexander.
Había llegado desde Washington en cuanto recibió la llamada.
Ella levantó lentamente la cabeza.
Los ojos estaban secos.
Demasiado secos.
—Llegué tarde.
Alexander no respondió.
Porque ninguna mentira podía aliviar aquello.
Daniel Morgan ya no estaba.
El director de la prisión permanecía frente a ellos con la cabeza inclinada.
—Lo sentimos profundamente.
—El señor Morgan sufrió un colapso durante la madrugada.
Olivia dio un paso hacia él.
—No.
Su voz era tranquila.
Extrañamente tranquila.
—Mi hermano tenía treinta y cinco años.
—Hacía ejercicio todos los días.
—Nunca padeció problemas cardíacos.
Miró directamente al director.
—¿Qué ocurrió realmente?
El hombre dudó.
Apretó la carpeta que llevaba entre las manos.
—La investigación continúa.
Alexander observó aquel gesto.
Había visto demasiadas veces ese tipo de silencio.
Era el silencio de alguien que sabía más de lo que podía decir.
Tomó la mano de Olivia.
—Vamos.
Ella no se movió.
—Quiero verlo.
Minutos después, una sábana blanca cubría el cuerpo de Daniel.
Olivia levantó lentamente una esquina.
Su hermano parecía dormir.
Pero algo llamó inmediatamente su atención.
Los nudillos.
Estaban llenos de heridas recientes.
También había un hematoma oscuro junto a la clavícula.
Y un corte cicatrizado detrás de la oreja.
Olivia miró al médico forense.
—¿Eso también lo provocó un infarto?
El hombre guardó silencio.
Alexander dio un paso adelante.
Mostró discretamente su credencial oficial.
El forense respiró hondo.
—No puedo hablar aquí.
—Pero puedo entregar el informe completo cuando exista una orden federal.
Olivia volvió a cubrir el rostro de Daniel.
No lloró.
Simplemente acomodó con cuidado la sábana.
Como cuando eran niños y él le arropaba antes de dormir.
Al salir de la morgue, Alexander recibió una llamada.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Estás seguro?
Colgó lentamente.
Olivia lo miró.
—¿Qué ocurre?
Él tardó unos segundos en responder.
—Acaban de revisar las cámaras del pabellón donde estaba Daniel.
—¿Y?
Alexander respiró profundamente.
—Las grabaciones entre las once de la noche y las cuatro de la madrugada…
Hizo una pausa.
—Desaparecieron.
El silencio fue absoluto.
Olivia comprendió al instante.
Su hermano no había muerto simplemente.
Alguien necesitaba que nunca pudiera hablar.
En ese mismo momento, a miles de kilómetros de allí, Ethan Parker levantaba una copa de champaña durante la fiesta de cumpleaños de Chloe.
Todos aplaudían.
Él sonreía.
Convencido de que Olivia seguía destruida en algún rincón del mundo.
Su teléfono vibró.
Era su abogado.
Contestó sin dejar de sonreír.
Cinco segundos después, la copa cayó al suelo y estalló en cientos de fragmentos.
—¿Qué dijiste?
Todos lo miraron.
El abogado habló con voz temblorosa.
—Señor Parker…
—La orden para liberar a Daniel Morgan fue emitida hace tres días.
—Y quien la firmó…
Hizo una pausa.
—Es el general Alexander Reed.
Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Porque conocía perfectamente ese nombre.

No era solo un alto oficial.
Era el hombre con más influencia en la misión internacional donde él había enviado a Olivia creyendo que nunca regresaría.
Y acababa de descubrir que la mujer que había intentado destruir… ya no estaba sola.