A la mañana siguiente llegué al despacho de Martin Wells con los papeles del divorcio todavía sin firmar.
El edificio estaba a pocas cuadras del centro de Boston.
Elegante.
Silencioso.
Muy parecido a Beatrice.
La recepcionista apenas escuchó mi nombre cuando se puso de pie.
—La estábamos esperando, señora Merritt.
Cinco minutos después entré al despacho principal.
Martin Wells era un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido, con una carpeta gruesa abierta sobre el escritorio.
Me invitó a sentarme.
No perdió tiempo.
—Antes de hablar de la herencia, necesito hacerle una pregunta.
Asentí.
—¿Su esposo le pidió abandonar la casa antes de que terminara el proceso sucesorio?
—Sí.
Le mostré la nota.
“Firma esto. Llévate lo que te pertenece. Tienes dos horas.”
Martin apenas la leyó.
Luego sonrió con una mezcla de ironía y cansancio.
—Exactamente lo que la señora Beatrice predijo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
Abrió lentamente otra carpeta.
Sacó una hoja firmada varios meses antes de la muerte de Beatrice.
—Su suegra vino a verme ocho meses antes de fallecer.
Empujó el documento hacia mí.
Era una carta escrita por ella.
Reconocí inmediatamente su caligrafía elegante.
“Martin, si algún día Owen intenta deshacerse de Clara antes de la lectura del testamento, quiero que sepas que no será por casualidad. Mi nieto ha aprendido a valorar demasiado el dinero y demasiado poco a las personas.”
Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.
Martin continuó.
—Ella cambió su testamento tres veces durante el último año.
—¿Tres?
Asintió.
—Las dos primeras versiones favorecían principalmente a Owen.
Hizo una pausa.
—La tercera ya no.
Sentí que el corazón empezaba a acelerarse.
—¿Por qué?
El abogado me miró fijamente.
—Porque descubrió algo.
—¿Qué descubrió?
Sacó una fotografía.
Era Owen.
Entrando en un restaurante.
Tomado de la mano de Lindsay.
La fecha aparecía claramente en la esquina.
Nueve meses antes de la muerte de Beatrice.
Mucho antes de que él dijera que todo había empezado.
—La señora Beatrice contrató discretamente a un investigador privado.
No porque desconfiara de usted.
Sino de su nieto.
Respiré profundamente.
—Ella… lo sabía.
—Todo.
El embarazo.
La relación.
Y también sabía que Owen esperaba recibir la herencia para divorciarse inmediatamente después.
Me quedé completamente inmóvil.
Martin abrió finalmente la carpeta principal.
Dentro había una copia certificada del testamento definitivo.
Señaló una cláusula resaltada.
—Lea este párrafo.
Tomé el documento.
Las manos me temblaban.
“A mi nieto Owen Merritt le dejo los bienes personales que la ley permita, siempre que continúe casado y conviviendo con Clara Bennett hasta seis meses después de la lectura oficial del presente testamento.”
Levanté la vista.
Martin asintió.
—Siga leyendo.
Bajé nuevamente los ojos.
“Si Owen solicita el divorcio, abandona voluntariamente el matrimonio o mantiene una relación extramarital demostrable antes de cumplirse ese plazo…”
Mi respiración se detuvo.
“Todos los bienes originalmente destinados a él pasarán íntegramente a Clara Bennett Merritt, por haber demostrado durante años la lealtad, la paciencia y la dignidad que mi propio nieto perdió hace tiempo.”
Las palabras comenzaron a nublarse por las lágrimas.
—No…
Susurré.
—Esto no puede ser.
Martin deslizó otra carpeta.
—Hay más.
La abrió.
—El patrimonio incluye la residencia familiar.
Las inversiones.
Las acciones de Merritt Holdings.
Y el rancho de Vermont.
Sentí que el mundo daba vueltas.
—¿Todo?
—Valor aproximado…
Consultó la última hoja.
—Ciento ochenta y siete millones de dólares.
No pude decir una sola palabra.
En ese mismo instante sonó el teléfono de Martin.
Contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Después activó el altavoz.
Era la secretaria del juzgado testamentario.
—Señor Wells, acaba de presentarse el señor Owen Merritt.
Dice que viene a firmar los documentos para acelerar la transferencia completa de la herencia.
Martin me miró en silencio.
Luego respondió con absoluta calma.

—Perfecto.
Dígale que espere diez minutos.
Todavía no sabe que la principal beneficiaria del testamento… ya llegó.