No me moví durante casi un minuto.
Seguí observando las radiografías iluminadas mientras el cirujano abandonaba la habitación en silencio.
Seis fracturas.
Ningún padre debería aprender a reconocer el rostro de su hija por una placa de rayos X.
Volví junto a su cama.
Lily respiraba despacio, sedada.
Tomé su mano con cuidado para no mover las vías intravenosas.
Entonces sentí una ligera presión en mis dedos.
Ella intentaba decirme algo.
Sus labios apenas se movieron.
Ningún sonido salió de su boca.
La mandíbula inmovilizada lo hacía imposible.
—No hables —susurré—. Estoy aquí.
Una nueva lágrima descendió por su mejilla.
La limpié antes de que llegara hasta la almohada.
En ese momento llamaron a la puerta.
Entró una oficial de la policía del campus acompañada por un detective de la policía de Peoria.
El detective rondaba los cincuenta años.
Traía un cuaderno bajo el brazo y una expresión demasiado cansada para un caso que apenas tenía unas horas.
—¿Señor Mercer?
Asentí.
—Soy el detective Collins.
Nos estrechamos la mano.
La suya estaba fría.
—Necesitamos hacerle algunas preguntas.
Miré a Lily.
—Hablemos fuera.
En el pasillo, Collins abrió una carpeta.
—Su hija fue encontrada a las 22:56 detrás del edificio de Ciencias Naturales.
—¿Quién la encontró?
—Un guardia de seguridad.
—¿Estaba sola?
El detective dudó.
—Cuando llegó el guardia… sí.
Aquella pausa llamó mi atención de inmediato.
—¿Y antes?
Collins cerró lentamente la carpeta.
—Todavía estamos verificándolo.
Había escuchado esa respuesta demasiadas veces durante mi carrera militar.
Significaba que ocultaban información o que aún no confiaban en mí.
—Muéstreme sus pertenencias.
El detective hizo una señal.
Un agente apareció con una caja de pruebas.
Dentro estaban la mochila de Lily, su billetera, un cuaderno universitario y su teléfono celular.
La pantalla estaba completamente destrozada.
No por una caída.
Parecía haber recibido varios golpes directos.
—¿Intentaron encenderlo?
—El laboratorio digital trabajará en eso mañana.
Tomé el aparato entre las manos.
El cristal estaba pulverizado.
Pero algo llamó mi atención.
La carcasa tenía tierra húmeda solamente en uno de los bordes.
El resto estaba limpio.
Fruncí el ceño.
—Este teléfono no cayó donde encontraron a mi hija.
Collins levantó la vista.
—¿Cómo lo sabe?
Señalé la suciedad.
—Si ambos hubieran permanecido bajo la lluvia durante media hora, toda la superficie estaría cubierta de barro.
Giré el teléfono.
Solo un extremo tenía tierra.
—Alguien lo dejó allí después.
El detective permaneció varios segundos en silencio.
Luego llamó a uno de sus agentes.
—Quiero fotografías de la escena otra vez.
Ahora mismo.
Cuando el policía se alejó, Collins volvió hacia mí.
—¿A qué se dedicaba en el ejército, señor Mercer?
Era la primera pregunta realmente inteligente de toda la noche.
Sonreí apenas.
—Logística.
No era mentira.
Solo era una verdad muy incompleta.
Collins pareció notar que ocultaba algo, pero no insistió.
En ese instante, una enfermera salió corriendo de la habitación de Lily.
—¡Detective!
Los dos entramos de inmediato.
Lily tenía los ojos abiertos.
Con enorme esfuerzo levantaba la mano derecha.
Buscaba desesperadamente un bolígrafo.
La enfermera colocó una pequeña libreta sobre la cama.
Su mano temblaba tanto que apenas podía sostener el marcador.
Tardó casi un minuto en escribir una sola palabra.
Cuando terminó, el marcador cayó al suelo.
Me acerqué.
La palabra estaba deformada por el dolor.
Pero podía leerse perfectamente.

“Decano.”
El detective Collins palideció.
Porque acababa de comprender que aquello ya no parecía una simple agresión entre estudiantes.
Y alguien con mucho poder estaba involucrado.