—Dame el teléfono —repitió Sebastián.
Claudia retrocedió.
—No tienes derecho.
Aquella respuesta bastó.
Un superior que había escuchado parte del altercado pidió que resolvieran el asunto fuera del área de trabajo. Claudia, acorralada, terminó desbloqueando la pantalla delante de Sebastián.
No había una simple grabación.
Había capturas de mis mensajes.
Fotografías de cartas que yo había enviado al cuartel.
Incluso conversaciones con su madre.
Sebastián comenzó a leer.
“Valeria volvió a llamar.”
“No se lo digas.”
“Si sigue sintiéndose ignorada, acabará marchándose sola.”
Luego apareció un mensaje de Claudia:
“Cuando se divorcie, todos entenderán que nunca fue adecuada para él.”
Sebastián levantó lentamente la cabeza.
—¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto?
Claudia empezó a llorar.
—Tu madre solo quería protegerte.
—¿De mi esposa?
No respondió.
Entonces Sebastián encontró algo que terminó de romperlo.
La noche en que yo había estado enferma y sola en urgencias, Claudia le había dicho que había hablado conmigo.
“Valeria está perfectamente. Dice que descanses.”
Yo jamás había dicho aquello.
Sebastián se sentó.
Por primera vez, aquel capitán que siempre parecía controlar cualquier situación no sabía qué hacer.
—Yo creía que no querías verme —susurró.
Lo miré.
—Y yo creía que no querías venir.
Claudia intentó acercarse.
—Sebastián, escúchame…
—Vete.
Esta vez no hubo dulzura.
Ella se marchó.
Sebastián volvió a mirar los papeles del divorcio.
—Ahora entiendo muchas cosas.
—Yo también.
Le acerqué un bolígrafo.
—Pero entenderlas tarde no recupera dos años.
Sus ojos encontraron los míos.
—¿Aunque parte de todo esto haya sido provocado por ellas?
Negué.
—Tu madre y Claudia manipularon cosas. Pero ellas no hicieron que pasaras semanas sin llamarme. No hicieron que olvidaras nuestros aniversarios. No hicieron que dejaras nuestro matrimonio en manos de terceros.
Aquello fue lo que finalmente comprendió.
Podía culparlas por las mentiras.
No por su ausencia.
Tomó el bolígrafo.
Y firmó.
Meses después, Sebastián me pidió verme.
Había establecido límites definitivos con su madre y Claudia ya no formaba parte de su vida cotidiana.
—Estoy intentando cambiar —dijo.
—Me alegro.
—¿Eso significa que todavía tenemos alguna posibilidad?
Sonreí con tristeza.
—Significa que quizá tu próxima relación no tendrá que sufrir lo que sufrió la nuestra.
No discutió.
—Entiendo.
Y esta vez le creí.
Me marché sin odio.
Sebastián no había perdido su matrimonio porque Claudia llevara comida al cuartel ni porque su madre me despreciara.
Lo perdió porque durante dos años permitió que otras personas ocuparan el espacio donde debería haber existido comunicación entre nosotros.
Fui al cuartel esperando conseguir su firma.
Salí con algo mucho más importante: la certeza de que ya no necesitaba esperar otros setecientos treinta días para que mi esposo aprendiera a elegirme.