PARTE 2: ÉL TAMBIÉN ESPERABA

A las seis y veintisiete de la tarde, Ethan ya estaba frente a la casa de Clara.

No llegó tarde.

Tampoco demasiado temprano.

Exactamente tres minutos antes.

Clara llevaba veinte minutos mirando por la ventana como una adolescente y otros diez fingiendo ante sí misma que no lo hacía.

Cuando bajó, Ethan estaba junto al automóvil.

No llevaba bata.

No llevaba uniforme quirúrgico.

Ni siquiera llevaba la expresión distante que utilizaba dentro del hospital.

Solo una camisa oscura, un abrigo gris y una pequeña caja en las manos.

—Buenas noches, doctora Hayes.

Clara intentó sonreír.

—Pensé que hoy no hablaríamos de medicina.

Ethan inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces tendré que acostumbrarme a llamarte Clara.

Le entregó la caja.

Dentro había un pequeño pastel de limón.

Clara lo reconoció inmediatamente.

—¿Cómo sabías que me gusta?

—Lo mencionaste durante una guardia.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro años.

Clara levantó lentamente la mirada.

Ethan abrió la puerta del automóvil.

—Tengo buena memoria.

Pero aquello no era buena memoria.

Era otra cosa.

Y Clara comenzaba a comprenderlo.


Durante la cena, Ethan hizo algo que jamás había hecho en seis años.

Habló de sí mismo.

De su infancia.

De su miedo a perder pacientes.

De por qué había elegido Neurocirugía.

Incluso confesó que odiaba las citas a ciegas.

Clara dejó los cubiertos.

—Entonces ¿por qué aceptaste esta?

Ethan la miró directamente.

—Porque eras tú.

Su corazón volvió a acelerarse.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Desde antes de que Bennett me invitara.

—No entiendo.

Ethan permaneció en silencio unos segundos.

Después sacó el teléfono.

Abrió una fotografía.

Era antigua.

Una conferencia médica de hacía cinco años.

Clara aparecía al fondo, inclinada sobre una mesa, revisando documentos.

—¿Por qué tienes esto?

—Porque ese día iba a invitarte a cenar.

Clara se quedó inmóvil.

—Nunca lo hiciste.

—Te escuché hablando con Hannah.

Ella intentó recordar.

Entonces lo hizo.

Aquella tarde Hannah se había burlado de sus sentimientos por Ethan.

Clara, aterrorizada de que alguien pudiera descubrirlos, había respondido:

“Jamás saldría con Ethan Walker. Prefiero conservar mi dignidad.”

Había mentido.

Ethan había escuchado únicamente esa frase.

—Pensé que no te interesaba —dijo él.

Clara se tapó los ojos.

—Seis años.

Ethan sonrió por primera vez.

—Cinco para mí.

—¿Perdimos cinco años por una frase?

—Parece que sí.

Clara empezó a reír.

Después él también.

Toda aquella tensión, todas aquellas miradas evitadas y todos aquellos años desaparecieron durante unos segundos.

Hasta que Ethan dijo:

—Pero eso no es todo.

Su expresión cambió.

—Hace dos años descubrí que estabas enamorada de alguien.

Clara dejó de sonreír.

—¿Quién te dijo eso?

—Tu padre.

—¿Mi padre?

—Me encontró en una conferencia y me dijo que su hija llevaba años esperando a un idiota incapaz de darse cuenta.

Clara quería desaparecer debajo de la mesa.

—Voy a matarlo.

—Yo también quería encontrar al idiota.

Ethan hizo una pausa.

—Hasta que Bennett me dijo ayer que era yo.

Clara lo miró.

—¿Bennett sabía?

—Todo el hospital parecía saberlo excepto nosotros.

Entonces comprendió por qué Ethan había aceptado inmediatamente.

No había sido una cita improvisada.

Había sido la primera oportunidad que ambos se habían permitido.

Ethan extendió la mano sobre la mesa, pero se detuvo antes de tocar la suya.

—Clara, no quiero que esta noche termine siendo una compensación por los años perdidos.

Ella levantó los ojos.

—Entonces ¿qué quieres?

—Empezar desde hoy.

Esta vez Clara fue quien cerró la distancia y tomó su mano.

—Me parece justo.


A la mañana siguiente entraron al hospital por separado.

Al menos lo intentaron.

Bennett estaba esperando junto al ascensor.

Miró a Ethan.

Miró a Clara.

Después vio el pastel de limón que ella llevaba en la mano.

Sonrió.

—Interesante.

—No diga nada —advirtió Clara.

—No he dicho nada.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Dentro había seis enfermeras.

Todas dejaron de hablar.

Clara entró.

Ethan detrás.

Bennett fue el último.

Justo antes de cerrarse las puertas, murmuró:

—Por cierto, tengo libres dos noches la próxima semana.

Clara frunció el ceño.

—¿Y?

—Por si necesitan una segunda cita.

Las seis enfermeras bajaron la cabeza intentando ocultar sus sonrisas.

Clara cerró los ojos.

Ethan, en cambio, respondió tranquilamente:

—Ya está organizada.

Clara giró hacia él.

—¿Qué?

—Sábado. Siete y media.

—¿Cuándo decidiste eso?

—Hace cinco años.

Las puertas se abrieron.

Ethan salió como si no acabara de decir nada extraordinario.

Clara permaneció inmóvil.

Bennett le dio una pequeña palmada en el hombro.

—Doctora Hayes.

—¿Sí?

—Creo que finalmente encontraste a alguien más terco que tú.

Clara observó a Ethan alejándose por el pasillo.

Durante seis años había pensado que amaba sola.

Que cada mirada significaba demasiado únicamente para ella.

Que cada pequeño gesto de Ethan era simple amabilidad.

Ahora conocía la verdad.

Ella había pasado años esperando que él diera un paso.

Y Ethan había pasado esos mismos años esperando una señal de que tenía derecho a darlo.

No habían sido dos personas destinadas a no encontrarse.

Solo habían sido dos médicos extraordinariamente inteligentes…

y absolutamente inútiles cuando se trataba de reconocer que estaban enamorados.

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