PARTE 2: El secreto enterrado bajo la finca

—Come.

Álvaro sostuvo el tazón frente a Beatriz.

La terraza quedó en silencio.

Su madre lo miró como si acabara de aparecer un muerto.

—Álvaro…

—Has considerado esto suficiente para mi esposa embarazada. Así que come.

Beatriz palideció.

Clara dejó lentamente su copa sobre la mesa.

Inés seguía sentada sobre la paca de paja, incapaz de reaccionar.

—Pensábamos que regresabas el martes —murmuró Beatriz.

—Yo también.

Álvaro se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Inés.

Entonces vio sus manos.

Agrietadas.

Enrojecidas.

Después sus tobillos hinchados.

—¿Cuánto tiempo?

Inés bajó los ojos.

—Álvaro…

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando así?

Ella no respondió.

Maribel apareció junto a la puerta.

—Casi tres meses, señor.

Beatriz giró furiosa.

—¡Nadie te ha preguntado!

—Yo sí.

Álvaro miró a Maribel.

—Cuéntamelo todo.

Y Maribel lo hizo.

Las tareas.

Las tarjetas bloqueadas.

La enfermera despedida.

Las comidas restringidas.

Las amenazas.

Los documentos que Beatriz intentaba obligar a Inés a firmar.

Cada palabra borraba un poco más la expresión del rostro de Álvaro.

—Llama al doctor Serrano —ordenó—. Que venga inmediatamente.

Luego miró a los invitados.

—La recepción ha terminado.

Nadie discutió.

En menos de diez minutos, los coches comenzaron a abandonar la finca.

Beatriz esperó hasta que quedaron solos.

—Estás exagerando.

Álvaro sacó el teléfono.

—Mi abogado no piensa lo mismo.

Clara se puso rígida.

—¿Tu abogado?

—He revisado el fondo.

Por primera vez, Beatriz pareció realmente asustada.

—No sabes lo que estás mirando.

—Entonces explícamelo.

Álvaro mostró la pantalla.

FONDO PATRIMONIAL SANTA EULALIA.

Constituido treinta y dos años atrás.

Beneficiario fundador:

Mateo Ortega.

El padre de Inés.

Ella se levantó lentamente.

—Eso es imposible.

—¿Tu padre alguna vez habló de los Salvatierra?

—Nunca.

Beatriz intervino.

—Porque no tiene nada que ver con nosotros.

Álvaro la miró.

—Curioso. Porque el fondo posee el dieciocho por ciento de Salvatierra Gourmet.

Silencio.

Clara dejó caer la copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

Inés se llevó una mano al vientre.

—¿Mi padre posee parte de vuestra empresa?

—No exactamente —respondió Álvaro—. El fondo está inactivo desde hace veintinueve años.

Su teléfono vibró.

Era su abogado.

—Álvaro, he encontrado el documento original.

—Habla.

—Tu abuelo creó el fondo después de un accidente en la antigua planta de procesamiento.

Beatriz cerró los ojos.

Álvaro lo notó.

—¿Qué accidente?

—Oficialmente, una explosión industrial. Murieron dos trabajadores.

—¿Y Mateo Ortega?

—Fue el tercero.

Inés negó inmediatamente.

—Mi padre está vivo.

—Precisamente.

El abogado continuó.

—Mateo sobrevivió. Y según estos documentos, fue él quien evitó que la explosión alcanzara los depósitos principales.

Álvaro miró a Inés.

—Salvó la empresa.

—Más que eso —respondió el abogado—. Tu abuelo le prometió una participación permanente como compensación. Pero meses después, alguien modificó los estatutos y congeló el fondo.

—¿Quién?

Hubo una pausa.

—Beatriz Salvatierra.

Inés miró a su suegra.

—¿Tú conocías a mi padre?

Beatriz permaneció callada.

—Respóndele —ordenó Álvaro.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que tú nacieras.

Inés dio un paso atrás.

—Entonces sabías perfectamente quién era yo cuando Álvaro me presentó.

Beatriz apretó los labios.

—Sí.

Álvaro comprendió de pronto.

Las humillaciones.

Los documentos.

El nuevo fondo.

Nunca había sido solamente desprecio de clase.

Era miedo.

—Querías que Inés transfiriera sus derechos antes de descubrir que podía reclamar el fondo.

Beatriz no respondió.

No hacía falta.

Entonces llegó el doctor.

Álvaro acompañó personalmente a Inés dentro de la casa.

La exploración duró casi cuarenta minutos.

El bebé estaba bien.

Pero el médico fue tajante.

—Reposo. Nada de esfuerzos físicos. Y quiero verla nuevamente en cuarenta y ocho horas.

Álvaro tomó la mano de su esposa.

—No volverás a levantar ni un plato en esta casa.

Cuando regresó al despacho, su abogado ya había enviado más documentos.

Había algo peor.

Durante cuatro meses se habían realizado transferencias desde varias sociedades de Salvatierra Gourmet.

Todas terminaban en una empresa llamada Bellavista Holdings.

—¿Quién controla Bellavista? —preguntó Álvaro.

—Estamos averiguándolo.

Beatriz intentó abandonar la habitación.

—Tú no vas a ninguna parte.

—No tienes derecho a retenerme.

—Entonces vete.

Álvaro señaló la puerta.

—Pero mañana presentaré cada documento ante la fiscalía.

Beatriz se detuvo.

Clara comenzó a llorar.

—Tía, díselo.

Beatriz se volvió hacia ella.

—Cállate.

—¿Decirme qué? —preguntó Álvaro.

Clara temblaba.

—El fondo no era solamente una compensación.

Beatriz avanzó hacia ella.

—¡He dicho que calles!

—¡Ya basta!

La voz de Inés resonó desde la entrada.

Todos se giraron.

Ella sostenía un viejo sobre.

—Maribel encontró esto detrás de un cajón del despacho.

En el frente aparecía el nombre de Mateo Ortega.

Dentro había una fotografía antigua.

Un joven Mateo estaba frente a la finca.

A su lado aparecía el padre de Álvaro.

Y entre ambos estaba Beatriz.

Embarazada.

Álvaro sintió que algo se quebraba dentro de él.

—¿Qué significa esto?

Beatriz se sentó lentamente.

—Tu padre nunca debía conservar esa fotografía.

Inés encontró detrás una fecha.

Era de ocho meses antes del nacimiento de Álvaro.

El teléfono volvió a sonar.

Su abogado.

—Álvaro, ya tengo al propietario real de Bellavista Holdings.

—Dímelo.

—Mateo Ortega.

Inés perdió el color.

—Mi padre es mecánico jubilado. No tiene ninguna sociedad.

—Eso significa que alguien está utilizando su identidad —dijo Álvaro.

—No —respondió el abogado—. Acabo de hablar personalmente con él.

Inés se quedó inmóvil.

—¿Con mi padre?

—Sí. Y cuando mencioné el Fondo Santa Eulalia, me pidió que te transmitiera un mensaje, Álvaro.

—¿Cuál?

El abogado respiró profundamente.

—Dijo: “Pregúntale a Beatriz por qué llevaba mi anillo el día que nació su hijo”.

Álvaro bajó lentamente el teléfono.

Miró la fotografía.

Luego a su madre.

Beatriz tenía lágrimas en los ojos.

—Mamá…

Ella negó con la cabeza.

Pero Álvaro ya había comprendido que aquel fondo podía esconder algo mucho más grande que dinero.

—¿Quién era Mateo Ortega para ti?

Beatriz cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, miró directamente a Inés.

—Antes de ser tu padre —susurró—, estuvo a punto de convertirse en el mío.

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