PARTE 2: EL SÓTANO OCULTO

Teresa permaneció varios segundos mirando la mansión.

La lluvia seguía golpeando el parabrisas del automóvil de Mariana.

Su hija dormía ajena a todo.

—¿Qué quieres decir con un sótano oculto? —preguntó.

Gabriela pasó unas hojas al otro lado de la llamada.

—Los planos registrados hace dieciocho años no coinciden con los actuales.

—Hay una habitación subterránea de casi ciento veinte metros cuadrados.

—Después desaparece de todos los permisos de remodelación.

Teresa frunció el ceño.

Ella misma había supervisado la renovación completa de la propiedad.

Conocía cada muro.

Cada instalación.

Cada columna.

Nunca había visto ninguna entrada.

—¿Quién modificó los planos?

Gabriela tardó unos segundos en responder.

—La constructora que hizo la remodelación antes de que compraras la casa.

—¿Y quién era el arquitecto responsable?

Teresa sintió un escalofrío al escuchar el nombre.

—Eduardo Alcocer.

El padre de Bruno.

Su suegro.

El hombre que había fallecido cuatro años antes.

Mariana golpeó suavemente el volante.

—Eso ya no parece una coincidencia.

Teresa permaneció en silencio.

Recordó de pronto algo que siempre le pareció extraño.

Durante los primeros meses de matrimonio, Beatriz prohibía a cualquier empleado entrar solo en la biblioteca.

Siempre decía que allí guardaban documentos familiares.

Nunca permitió que cambiaran el enorme librero de nogal.

Ni siquiera durante la remodelación.

En aquel momento no le dio importancia.

Ahora todo empezaba a tener sentido.

Gabriela volvió a hablar.

—El comprador quiere visitar la casa mañana mismo.

—No podrá hacerlo si Bruno sigue ocupándola.

Teresa acarició la cabeza de Alma.

—Entonces tendremos que sacarlo.

—Legalmente puedes hacerlo.

—La propiedad es exclusivamente tuya.

—Pero hay un detalle.

Teresa cerró los ojos.

—¿Cuál?

—Si realmente existe ese sótano…

Conviene saber qué guarda antes de vender la casa.

La llamada terminó.

Aquella noche Teresa apenas durmió.

A las siete de la mañana siguiente, un convoy de vehículos negros se detuvo frente a la mansión.

No eran policías.

Eran un notario, dos cerrajeros certificados, un actuario judicial y cuatro agentes de seguridad privada contratados por Gabriela.

Todos descendieron al mismo tiempo.

Mariana cargó a Alma.

Teresa respiró profundamente.

—Vamos.

El cerrajero observó el teclado electrónico.

—Cinco minutos.

No necesitó más.

La puerta principal se abrió lentamente.

El recibidor seguía impecable.

Las flores.

Los cuadros.

Los muebles italianos.

Todo estaba exactamente donde ella lo había dejado tres días antes.

Pero algo llamó inmediatamente su atención.

Las fotografías de su familia habían desaparecido.

En su lugar había retratos de Bruno, Beatriz y otros miembros de los Alcocer.

Como si ella jamás hubiera vivido allí.

Mariana murmuró entre dientes:

—Qué descaro.

El notario comenzó a levantar el inventario.

Mientras tanto, Teresa caminó directamente hacia la biblioteca.

Era la habitación más antigua de toda la casa.

El enorme librero cubría completamente una pared.

Recordó las palabras de Gabriela.

“El sótano estaba debajo de la biblioteca.”

Comenzó a revisar cada estante.

Cada moldura.

Cada panel de madera.

No encontró nada.

Hasta que notó una ligera diferencia en el piso.

Uno de los tablones sonaba hueco.

Se arrodilló con dificultad.

Todavía sentía el dolor de la cesárea.

Apoyó la mano.

Y descubrió una pequeña ranura metálica escondida bajo la alfombra.

Llamó al cerrajero.

El hombre examinó el mecanismo.

—No es una cerradura moderna.

—Tiene más de veinte años.

Trabajó durante varios minutos.

Finalmente se escuchó un clic.

Todo el librero comenzó a desplazarse lentamente hacia un lado.

Detrás apareció una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.

Mariana contuvo la respiración.

—Dios mío…

El aire que subía desde abajo olía a humedad y papel antiguo.

Teresa tomó una linterna.

Descendió primero.

Los demás la siguieron.

La habitación subterránea era mucho más grande de lo que imaginaban.

Había archivadores metálicos.

Cajas fuertes.

Estanterías repletas de carpetas.

Y, en el centro, una enorme mesa de trabajo.

El notario comenzó a fotografiar todo.

Teresa abrió el primer archivador.

No encontró joyas.

Ni dinero.

Encontró escrituras.

Decenas de escrituras.

Propiedades pertenecientes a distintas personas.

Varias llevaban anotaciones hechas a mano por Eduardo Alcocer.

“Transferir después del matrimonio.”

“Convencer al propietario.”

“Preparar poder notarial.”

Teresa sintió un nudo en el estómago.

No era solo su casa.

Había muchas más.

Gabriela, que acababa de llegar, tomó una carpeta.

Su expresión cambió por completo.

—Teresa…

Ella levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Gabriela giró lentamente el documento hacia todos.

En la portada aparecía una sola frase.

“Proyecto Herederas.”

Debajo había una lista de nombres de mujeres.

Empresarias.

Médicas.

Arquitectas.

Viudas.

Todas con un gran patrimonio personal.

El último nombre de la lista tenía una marca roja.

Teresa Méndez.

Y junto a él aparecía una nota escrita por el difunto Eduardo Alcocer.

“Objetivo completado. Matrimonio exitoso. Esperar transferencia definitiva de la propiedad.”

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