Santiago sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
Sacó lentamente las hojas del sobre.
La primera era una solicitud de divorcio.
Llevaba la firma de Mariana.
O, al menos, una firma idéntica.
La segunda era una carta.
“Renuncio voluntariamente a cualquier derecho sobre la empresa Herrera, la residencia familiar y las inversiones pertenecientes a Santiago Herrera.”
Abajo aparecía nuevamente aquella firma.
Después había fotografías.
Mariana entrando a un restaurante con un hombre desconocido.
Mariana entregándole un sobre.
Mariana abrazándolo al despedirse.
Todo parecía condenarla.
Arturo sonrió satisfecho.
—Ya ves por qué la echamos.
—Tu mujer llevaba meses preparándose para dejarte.
Doña Rebeca cruzó los brazos.
—Nosotros solo protegimos lo que era de la familia.
Santiago no levantó la voz.
Observó cada documento con una calma inquietante.
Había aprendido durante dieciocho meses que la primera víctima de una emboscada era quien reaccionaba antes de pensar.
Tomó una fotografía.
—¿Quién tomó esto?
Arturo vaciló apenas un segundo.
—Eso no importa.
—Importa mucho.
Le dio la vuelta a la imagen.
En la esquina aparecía una fecha.
Veintidós de agosto.
Santiago frunció el ceño.
El veintidós de agosto…
Mariana estaba hospitalizada.
Recordaba perfectamente aquel día porque había hablado con ella desde la base militar cuando acababa de salir de urgencias por una infección posparto.
Sacó el teléfono.
Buscó un correo guardado.
El hospital había enviado el alta médica con fecha y hora.
Exactamente la misma tarde en que, según aquellas fotografías, Mariana caminaba tranquilamente por un restaurante.
Levantó la vista.
—Estas fotos son falsas.
Rebeca perdió la sonrisa.
—¿Qué dices?
—Ese día Mariana no podía ni caminar.
Arturo dio un paso adelante.
—Seguro recuerdas mal.
—Jamás olvido una fecha en la que casi pierdo a mi esposa.
El silencio cayó sobre la sala.
Santiago siguió revisando.
La supuesta firma de Mariana tenía otro detalle.
La “M” final terminaba hacia arriba.
Mariana siempre cerraba su firma hacia abajo.
Era un gesto que había repetido desde la preparatoria.
Nadie lo conocía.
Excepto él.
—También falsificaron esto.
Arturo comenzó a inquietarse.
—No eres perito.
—No.
Pero sí soy el hombre que la vio firmar miles de veces.
Metió nuevamente los documentos en el sobre.
—¿Quién preparó todo esto?
Ninguno respondió.
En ese instante sonó el teléfono de Santiago.
Era el comandante regional.
—Herrera.
Acabo de enterarme de lo ocurrido con tu familia.
—Sí, mi comandante.
—No te muevas de esa casa.
Dentro de veinte minutos llegará personal jurídico del Ejército.
Santiago guardó silencio.
—¿Jurídico?
—También viene la Unidad de Inteligencia Financiera Militar.
Encontraron movimientos muy extraños mientras revisábamos la cuenta donde depositábamos tu salario durante la misión.
Arturo palideció.
Rebeca dejó caer lentamente la copa de vino.
El cristal estalló sobre el mármol.
El comandante continuó:
—Durante dieciocho meses alguien retiró prácticamente todo tu sueldo usando poderes notariales que tú nunca firmaste.
Santiago giró despacio hacia sus padres.
—¿Cuánto dinero desapareció?
—Más de nueve millones de pesos.
La respiración de Arturo se volvió irregular.
Rebeca dio un paso hacia atrás.
—Eso… eso debe ser un error.
El comandante respondió antes de que Santiago pudiera hacerlo.
—No es un error.
Y lo más grave…
La persona autorizada para administrar esas cuentas aparece como representante de la empresa Herrera.
Santiago miró directamente a su padre.
—¿Quién figura como representante?
Hubo unos segundos de silencio.
Luego llegó la respuesta.
—Tu padre, Arturo Herrera.
La llamada terminó.
Nadie habló.
Arturo comprendió que el problema ya no era una discusión familiar.
Era una investigación federal.

Pero aún ignoraba algo mucho peor.
Mientras Santiago estaba en el extranjero, no solo había protegido a su país.
También había autorizado, en secreto, que toda su información financiera fuera auditada automáticamente si alguien tocaba una sola cuenta sin su consentimiento.
Y esa auditoría acababa de activarse.