Mi hermano sostuvo la fotografía con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
El ruido de los coches, las sirenas a lo lejos y las voces de los curiosos parecían haberse desvanecido.
Solo existía aquella imagen envejecida, con los bordes desgastados y una fecha escrita a mano en la esquina inferior.
—No puede ser… —susurró.
Le arrebaté la fotografía con cuidado.
En ella aparecían dos hombres y una mujer sonriendo frente a una casa antigua. La mujer sostenía en brazos a un niño de apenas tres años.
Al lado del pequeño estaba otro niño un poco mayor.
Tardé apenas unos segundos en reconocerlos.
Éramos nosotros.
Pero las personas que nos abrazaban no eran nuestros padres.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Quiénes son ellos?
Mi hermano respiró profundamente antes de responder.
—Nuestros verdaderos padres.
Sentí un golpe mucho más fuerte que el accidente.
—¿Qué acabas de decir?
Él cerró los ojos.
—Hace años encontré documentos escondidos entre las cosas del abuelo. Pensé que eran falsos. Decían que mamá y papá nos adoptaron después de un incendio.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque ellos juraron que todo era una mentira. Me hicieron prometer que jamás volvería a mencionar ese asunto.
Miré nuevamente la fotografía.
Detrás aparecía escrita una dirección y una fecha.
La misma fecha de la desaparición que mi hermano acababa de mencionar.
Entonces escuchamos el ruido de un motor.
Un automóvil negro frenó bruscamente frente a nosotros.
Tres hombres vestidos de oscuro descendieron sin decir una sola palabra.
El que parecía ser el líder mostró una credencial.
—Entréguennos el sobre.
Mi hermano dio un paso atrás.
—¿Quiénes son ustedes?
—No tienen derecho a hacer preguntas.
Uno de los hombres intentó arrebatárselo.
Y antes de que pudiera reaccionar, una figura apareció desde un callejón.
Era Yun Chao.
Tenía el brazo vendado y la camisa manchada de sangre, como si hubiera escapado de una pelea.
—¡No les den nada! —gritó.
Los desconocidos giraron al mismo tiempo.
Uno sacó una pistola con silenciador.
—Elimínenlo.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Yun Chao empujó a mi hermano contra el suelo mientras el primer disparo rompía el cristal del coche estacionado detrás de nosotros.
Los vecinos comenzaron a correr despavoridos.
Los hombres aprovecharon el caos para acercarse.
Yun Chao nos obligó a entrar en un callejón estrecho.
Corrimos sin mirar atrás.
Cuando por fin dejamos de escuchar pasos, nos refugiamos dentro de un viejo almacén abandonado.
Él cerró la puerta con una barra de hierro y respiró con dificultad.
Solo entonces abrió el sobre.
Dentro no había dinero ni documentos oficiales.
Había una memoria USB, un certificado de nacimiento parcialmente quemado y una carta escrita a mano.
Yun Chao leyó las primeras líneas.
Su rostro perdió todo el color.
—Ahora lo entiendo…
—¿Qué dice? —pregunté con desesperación.

Él levantó lentamente la vista.
—La persona que intentó mataros hoy no es quien dirige todo esto.
Mi hermano tragó saliva.
—Entonces… ¿quién?
Yun Chao sostuvo la carta unos segundos antes de responder con una voz casi quebrada.
—Vuestra madre… también lleva años huyendo.
Un silencio insoportable llenó el almacén.
Pero aún faltaba la última página.
Cuando la giré, descubrí una fotografía reciente.
Nuestra madre aparecía arrodillada frente a un hombre de cabello completamente blanco.
Él sostenía una carpeta marcada con una palabra escrita en letras rojas.
“PROYECTO HEREDEROS”.
Y, en la esquina inferior de la fotografía, alguien había añadido una nota con tinta negra:
“El próximo objetivo ya ha sido elegido: tu hermano.”