El mensaje de mi madre hizo que el aire dejara de entrarme en los pulmones.
Levanté la vista.
Laura seguía frente a mí, inmóvil, con el rostro completamente pálido.
—¿Quién era? —preguntó, intentando sonar tranquila.
Guardé el teléfono en el bolsillo.
—Mi madre.
Noté cómo tragaba saliva.
—¿Y qué quería?
No respondí.
Tomé las llaves del coche de la mesa.
Ella dio un paso hacia mí.
—¿A dónde vas?
—A verla.
—No hace falta. Seguro solo quiere hablar contigo.
La observé fijamente.
Hasta hacía unos minutos creía que discutíamos por quinientos euros.
Ahora tenía frente a mí a una mujer que conocía detalles de movimientos bancarios que yo jamás había autorizado, que había enviado dinero a mi mejor amigo usando un nombre falso… y que acababa de visitar a mi madre sin decirme una sola palabra.
Nada de eso podía ser una coincidencia.
—¿Qué dejaste en su habitación? —pregunté.
Laura sonrió con rigidez.
—No sé de qué hablas.
Le enseñé el mensaje.
Por primera vez desde que la conocía, vi auténtico miedo en sus ojos.
Duró apenas un segundo.
Después volvió a componerse.
—Debe estar confundida.
No contesté.
Salí de la casa.
Ella me siguió hasta la puerta.
—¡Escúchame! ¡No puedes sacar conclusiones por un mensaje!
Arranqué el coche sin volver la cabeza.
Mi madre vivía a veinte minutos.
Durante el trayecto no dejé de pensar en Daniel.
Mi mejor amigo desde la universidad.
El hombre que había sido testigo de nuestra boda.
El primero en cargar a mi hijo cuando nació.
El que cenaba con nosotros casi todos los domingos.
No podía creer que su nombre apareciera como destinatario de aquellas transferencias.
Necesitaba una explicación.
O necesitaba aceptar que llevaba años sin conocer realmente a las dos personas en las que más confiaba.
Cuando llegué, mi madre ya me esperaba en la puerta.
Tenía el abrigo puesto, aunque hacía calor.
Eso solo ocurría cuando estaba nerviosa.
En cuanto me vio, me abrazó.
—Gracias por venir tan rápido.
—¿Qué pasó?
Miró hacia la calle antes de responder.
—Entra.
Cerró la puerta con llave.
Nunca hacía eso.
Caminó directamente hasta su dormitorio.
Se arrodilló junto a la cama y señaló el espacio entre el colchón y el cabecero.
—Lo encontré mientras cambiaba las sábanas.
Metí la mano.
Mis dedos tocaron un sobre grueso.
Sin nombre.
Sin remitente.
Lo abrí lentamente.
Dentro había varias hojas impresas.
Y una memoria USB.
La primera hoja me dejó helado.
Era una copia de los movimientos de mi cuenta bancaria.
No solo aparecían las transferencias que acababa de descubrir.
Había muchas más.
Algunas de hacía casi un año.
Todas dirigidas al mismo beneficiario.
Daniel Romero.
Mi mejor amigo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Quién dejó esto? —pregunté.
—Laura.
La miré sorprendido.
—¿La viste?
Mi madre asintió.
—Vino hace una hora.
Según dijo, quería traerme unos dulces.
Pero estaba muy inquieta.
Entró varias veces a mi habitación diciendo que buscaba el baño.
Cuando se fue, sentí que algo no estaba bien.
Revisé todo… y encontré ese sobre.
Fruncí el ceño.
—¿Crees que lo escondió por accidente?
Mi madre negó lentamente.
—No.
Hizo una pausa.
—Creo que volvió para recuperarlo… pero tú llegaste antes de que pudiera hacerlo.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Conecté la memoria USB al portátil de mi madre.

Esperé unos segundos.
Apareció una única carpeta.
“Respaldo.”
Dentro había capturas de pantalla.
Conversaciones.
Comprobantes.
Fotografías.
Abrí la primera imagen.
Era un chat entre Laura y Daniel.
No había mensajes románticos.
Hablaban únicamente de dinero.
—”Hoy solo pudo salir una transferencia de 501.”
—”No importa. La siguiente semana hacemos otra.”
—”Él todavía no revisa los movimientos.”
Sentí que las manos empezaban a temblarme.
Pasé a la siguiente captura.
—”Cambia otra vez el nombre del destinatario.”
—”Pon ‘Gastos de casa’.”
—”Así nunca sospechará.”
Mi madre permanecía en silencio detrás de mí.
No decía una sola palabra.
Sabía que yo necesitaba leerlo todo.
Seguí avanzando.
Cada conversación destruía un recuerdo distinto.
Los viajes.
Las reuniones familiares.
Los cumpleaños.
Mientras yo pensaba que Daniel era mi hermano de la vida, llevaba meses coordinándose con mi esposa para sacar dinero de mis cuentas poco a poco.
Sin levantar sospechas.
Hasta que apareció una fotografía.
No era una conversación.
Era una imagen tomada desde el interior de un coche.
Laura y Daniel estaban frente a una notaría.
Ella sostenía una carpeta azul.
Él sonreía.
La foto tenía fecha de hacía apenas cinco días.
Debajo había una nota escrita a mano.
“Si él descubre algo antes de firmar, usamos el plan B.”
Me quedé inmóvil.
—¿Firmar qué…? —murmuré.
En ese instante sonó el timbre de la casa.
Los dos nos sobresaltamos.
Mi madre miró por la mirilla.
Su rostro perdió el color.
—Es Laura.
No estaba sola.
Daniel estaba junto a ella.