PARTE 2: ÉL SÍ ME RECORDABA

La pregunta del niño me rompió el corazón.

—¿Entonces tú sí existías?

Me arrodillé lentamente.

—Sí.

El pequeño miró a Ethan.

—Papá dijo que te habías ido muy lejos.

Levanté la mirada de golpe.

—¿Papá?

Ethan permaneció impasible.

—Se llama Noah.

Cinco años.

Mi hijo tenía cinco años y por fin sabía su nombre.

—¿Por qué viniste? —pregunté.

—Porque Noah empezó a preguntar por su madre.

Me puse de pie.

—¿Y decidiste aparecer sin avisar?

—Si te hubiera avisado, habrías huido.

Aquello me enfureció.

—Tú fingiste no conocerme esta mañana.

Por primera vez, algo cambió en sus ojos.

—Porque había treinta personas alrededor.

Noah tiró suavemente de mi manga.

—¿Puedo entrar?

Mi enojo desapareció por un segundo.

Me aparté.

Noah recorrió mi pequeño apartamento como si buscara pruebas de que yo era real.

Entonces vio una caja sobre una estantería.

Dentro estaba la única fotografía que conservaba de mi embarazo.

Ethan también la vio.

—¿La guardaste?

—No soy de piedra.

Su mandíbula se tensó.

—Nunca pensé que lo fueras.

Solté una risa amarga.

—Tu familia me pagó para desaparecer.

Ethan quedó inmóvil.

—¿Qué?

Ahora fui yo quien lo miró confundida.

—Después del parto. Tu madre me entregó el dinero y dijo que jamás debía intentar acercarme a ustedes.

El rostro de Ethan cambió.

—Mi madre me dijo que tú exigiste el pago completo y te marchaste antes de que despertara.

Sentí frío.

—¿Despertaras?

Ethan guardó silencio unos segundos.

—Estuve en coma tres semanas después del nacimiento de Noah.

Todo empezó a encajar.

Por eso nunca volvió.

Por eso jamás me buscó.

—Cuando desperté —continuó—, me dijeron que no querías conocer al niño.

—Eso es mentira.

—Lo sé ahora.

Sacó un sobre del interior de su abrigo.

Dentro había copias de transferencias y mensajes.

—Mi madre murió hace dos meses. Revisando sus archivos encontré esto.

Tomé una hoja.

Era una instrucción dirigida al abogado familiar:

“Asegúrense de que Laura crea que Ethan no quiere volver a verla.”

La siguiente frase me dejó sin respiración:

“Ethan tampoco debe saber que ella pidió quedarse con el niño.”

Mis manos comenzaron a temblar.

Yo sí lo había pedido.

Después del parto había rogado poder criar a mi hijo.

Me dijeron que Ethan se había negado.

—Nos separaron —susurré.

—Sí.

Noah apareció entonces sosteniendo aquella fotografía.

—¿Yo estaba ahí?

Señaló mi vientre.

Me arrodillé frente a él.

—Sí.

—¿Y me querías?

Esta vez no pude contener las lágrimas.

—Muchísimo.

Noah me abrazó.

Ethan apartó la mirada.

Pero antes de que pudiera decir nada, alguien golpeó violentamente la puerta.

Ethan se tensó.

Abrí.

Un hombre mayor esperaba afuera.

Lo reconocí inmediatamente.

Era el abogado que cinco años atrás me había entregado el contrato.

Al verme junto a Noah, palideció.

—Señor Graves… tenemos un problema.

Ethan se acercó.

—¿Qué ocurre?

El abogado miró al niño.

—Encontré el contrato original.

—¿Y?

El hombre tragó saliva.

—La señora Graves modificó una cláusula después de que Laura firmara.

Sentí que Ethan se quedaba inmóvil.

—¿Qué cláusula?

El abogado me miró directamente.

—La custodia.

Abrió la carpeta.

—Según el contrato original, Laura nunca renunció a su hijo.

Hizo una pausa.

—Legalmente, ustedes debían criarlo juntos.

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