PARTE 2: El sheriff no sabía quién más estaba escuchando

Jessi cerró los ojos, agotada.

—La cámara —susurró—. Está escondida.

—¿Dónde?

—No aquí.

Una enfermera entró antes de que pudiera decir más.

Detrás de ella apareció un hombre de traje oscuro que mostró discretamente una credencial.

Agente federal Daniel Reeves.

Lo reconocí.

Meses antes, Jessi me había contado que colaboraba con investigadores en un asunto relacionado con terrenos protegidos, pero jamás me había revelado nombres.

Reeves cerró la puerta.

—Sargento Vance, necesito que escuche antes de hacer cualquier cosa.

—Flynn atacó a mi esposa.

—Lo sabemos.

Sentí que la sangre me hervía.

—Entonces arréstenlo.

—Todavía necesitamos demostrar quién ordenó qué.

Reeves explicó que la empresa de Flynn llevaba meses intentando adquirir terrenos públicos mediante documentos aparentemente manipulados y sociedades interpuestas.

Jessi había encontrado inconsistencias mientras revisaba archivos administrativos.

Después comenzó a guardar copias.

—Ayer consiguió algo mucho más importante —dijo Reeves—. Una conversación.

Miré a Jessi.

Ella abrió lentamente los ojos.

—Flynn estaba hablando con su padre.

Entonces comprendí por qué el sheriff había querido verme antes incluso de que pudiera llegar al hospital.

No intentaba proteger solamente a su hijo.

Intentaba descubrir cuánto sabíamos.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Contesté.

—Vance.

La voz de Flynn apareció inmediatamente.

—¿Cómo está la heroína?

Reeves levantó una mano indicándome que mantuviera la calma.

—Viva.

Flynn soltó una pequeña risa.

—Entonces dile que recuerde cómo se cayó.

—Se lo diré.

Hubo silencio.

No era la reacción que esperaba.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—Eso es todo.

Colgué.

Reeves me observó.

—Bien.

—¿Bien?

—Quiere provocarlo. Si usted pierde el control, cambia la historia.

Miré a mi esposa.

Tenía razón.

Flynn quería un soldado furioso.

Yo no pensaba regalárselo.

Dos horas después, Reeves recibió una llamada.

Su expresión cambió.

—Encontraron la cámara.

Jessi abrió los ojos.

—¿Dónde?

—Exactamente donde dijiste.

Pero había un problema.

La memoria interna estaba vacía.

Sentí que el estómago se me hundía.

Entonces Jessi sonrió débilmente.

—Porque nunca grabé ahí.

Reeves se acercó.

—¿Qué hiciste?

—Transmisión automática.

La grabación había sido enviada en tiempo real a un servidor externo.

Flynn había destruido una cámara vacía.

No la evidencia.

Reeves recibió el archivo minutos después.

Escuchamos apenas una parte.

La voz de Flynn era clara.

Después apareció otra.

Arthur Sterling.

El sheriff.

Pero una tercera voz hizo que Reeves detuviera inmediatamente la reproducción.

—¿Quién es? —pregunté.

No respondió.

Reprodujo nuevamente cinco segundos.

Jessi me miró.

Yo conocía aquella voz.

La había escuchado horas antes de abordar mi vuelo de emergencia.

Pertenecía a alguien de mi propia cadena de mando.

Reeves cerró la computadora.

—Sargento Vance, desde este momento no contacte a su unidad.

—¿Por qué?

Su respuesta convirtió aquel caso local en algo completamente distinto.

—Porque alguien sabía que usted estaba a ocho mil kilómetros de distancia antes de que atacaran a Jessi.

Miré a mi esposa.

Reeves continuó:

—Y creemos que su despliegue no fue una coincidencia.

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