Julian tragó saliva.
Por primera vez desde que aquella audiencia había comenzado, dejó de parecer el abogado brillante que controlaba cada situación.
Parecía simplemente un hombre atrapado.
Elias abrió el segundo paquete con absoluta calma.
—Con autorización del tribunal, presentaremos las pruebas marcadas como Exhibición B.
El juez Mercer hizo un gesto afirmativo.
—Proceda.
Elias levantó el primer documento.
—Transferencias bancarias realizadas durante los últimos dieciocho meses desde tres cuentas que el señor Julian Foster declaró no poseer.
El abogado de Julian se puso de pie de inmediato.
—¡Objeción!
—¿Fundamento? —preguntó la jueza.
El hombre dudó apenas un segundo.
—No… no sabemos de dónde provienen esos registros.
Elias sonrió apenas.
—Directamente del banco, mediante una orden judicial firmada hace doce días.
La objeción murió antes de terminar de formularse.
Julian cerró los ojos un instante.
Sabía exactamente lo que venía.
Elias continuó.
—Estas cuentas recibieron más de cuatro millones de dólares que nunca fueron declarados durante este proceso de divorcio.
Un murmullo recorrió la sala.
Pero aquello era solo el principio.
Sacó una fotografía.
En la pantalla del tribunal apareció Julian entrando en un edificio financiero junto a un hombre conocido por crear empresas fantasma.
Después apareció otra imagen.
Y otra.
Finalmente, Elias colocó un organigrama sobre la pantalla.
Líneas rojas conectaban seis compañías diferentes.
Todas terminaban en el mismo beneficiario final.
Julian Foster.
La jueza observó el esquema durante varios segundos.
—¿Quiere decirme que el demandante ocultó deliberadamente estos activos mientras exigía la mitad del patrimonio de la demandada?
—Exactamente, su señoría.
El silencio volvió a apoderarse de la sala.
Entonces Elias levantó otro documento.
—Y ahora llegamos a la parte más interesante.
Mi madre comenzó a moverse incómoda.
Jasmine dejó de sonreír.
Trent bajó la mirada.
—Estas transferencias no terminaron únicamente en cuentas del señor Foster.
Elias señaló tres nombres resaltados en amarillo.
Brenda Collins.
Jasmine Collins.
Trent Walker.
Mi madre se puso de pie de golpe.
—¡Eso no significa nada!
—Siéntese, señora Collins —ordenó la jueza sin levantar la voz.
Ella obedeció inmediatamente.
Elias continuó.
—Durante los últimos dos años, el señor Foster transfirió más de ochocientos mil dólares a miembros de la familia de la demandada utilizando contratos ficticios de consultoría.
Jasmine palideció.
—Eso… eso eran regalos…
—Curioso concepto de regalo —respondió Elias mientras levantaba otro documento—. Especialmente cuando cada transferencia iba acompañada de una factura falsa y de declaraciones fiscales alteradas.
El abogado de Julian ya no decía una sola palabra.
Estaba revisando frenéticamente los documentos.
Cada página empeoraba la anterior.
La jueza Mercer cerró lentamente la carpeta.
Luego miró directamente a Julian.
—Hace veinte minutos usted pidió la mitad del patrimonio de su esposa alegando transparencia absoluta.
Hizo una pausa.
—Ahora tengo frente a mí indicios de fraude financiero, ocultación de activos, posible evasión fiscal y conspiración entre varios participantes.
Nadie respiraba.
Julian intentó hablar.
—Su señoría… puedo explicar…
Ella lo interrumpió.
—Estoy segura de que tendrá oportunidad de hacerlo.

Tomó el mazo.
—Pero no hoy.
Golpeó una vez.
—Suspendo inmediatamente esta audiencia y ordeno remitir toda la documentación a la Fiscalía y al Colegio de Abogados del Estado de Georgia para una investigación formal.
El sonido del mazo todavía resonaba cuando dos investigadores judiciales, que habían permanecido sentados discretamente al fondo de la sala, comenzaron a caminar directamente hacia la mesa de Julian.
Y comprendí que el verdadero juicio de mi exmarido acababa de empezar.